Tu trato con los animales hablará de ti mejor que tus palabras -R.M.J.

lunes, 15 de septiembre de 2008

4 DE OCTUBRE
DÍA INTERNACIONAL DE LOS ANIMA
LES
La felicidad de ellos está en nuestras manos.
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¿Son felices nuestros animales de compañía?

Ellos nos espían.

Copian todo lo que hacemos.

Si somos sociables, también lo son.

Por eso meten las narices donde no deben.

Aunque se relacionan sin discriminar a nadie.


Pero, al igual que nosotros, se duermen en el momento más inoportuno.

Y también, como nosotros, ceden a la agresividad sin motivo.

No obstante, son tan inteligentes, que hacen buenas migas con sus enemigos naturales.

Incluso, descansan juntos.

Pero, a la hora de dirimir razones, afloran las malas pulgas.

Nuestras mascotas son miméticas y se vuelven chistosas como sus dueños.

Adquieren los mismos gustos y costumbres.

Imitan las mismas gracias, tocándose en ciertas partes sin el menor recato.

Se visten como nosotros.

Amanecen de farra con los amigos.

Les gusta la buena vida.

Ven la tele con el mando a mano y la cerveza cerca.

Se identifican con nuestras aficiones.

Llegan a parecerse a sus dueños, como estos perros de Ronaldinho.

Saben aprender a leer para estar informados.

Y, a veces, llevan al extremo su apego a la lectura.


Haciéndolos felices la felicidad nos alcanza.
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Los animales que amamos y nos aman, nos dicen gracias.

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Ricardo Muñoz José
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Si deseas conocer el otro lado de la moneda, visita:

http://linde5-otroenfoquenoticias.blogspot.com/2008/07/al-fin-las-vacaciones.html.

martes, 9 de septiembre de 2008

El perro de Montargis - Francia

LE CHIEN DE MONTARGIS:
une véridique histoire médiéval.
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¿Un perro ante un tribunal ejerciendo la acusación en un caso de asesinato?
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En la fortificada ciudad medieval de Montargis (conocida por la "Venecia de Gâtanais"), la historia le dio residencia a este acontecimiento, cuando la envidia -incubadora de corrosivas rivalidades-, se valió de una mente turbia para derramar el tóxico aliento de la tragedia.
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El chevalier Macaire, arquero de la guardia del Rey Carlos V de Francia, digería mal que un compañero de armas, Aubry de Montdidier, hubiese obtenido un sitio privilegiado en la confianza del monarca. Saberse desplazado a un plano secundario por culpa de aquella estima, le aceleraba el resentimiento, hiriendo hondamente su orgullo.
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Mondidier, un caballero de arraigadas costumbres, solía dar largos paseos por el bosque de Bondy, en compañía de Verbaux, su perro de ayuda.
De dicho hábito era sabedor Macaire, quien, desbordado por el acicate de la inquina, un dia se adelantó y fue a emboscarse en la espesura. En el momento que Montdidier pasó, ¡le arrojó un dardo envenenado! Montdidier se quitó el aguijón, y unos metros más adelante sintió la ponzoña del odio ajeno adueñándose de sus movimientos. Y mientras Montdidier claudicaba por el avance de la agonía, Macaire, con una red, cazó al perro y lo ató a un árbol. Pero, como el fin del rival llevaba tintes de tardanza, sucumbió a la impaciencia y al temor de ser descubierto, y en medio de los atronadores ladridos del can, le puso epílogo al acto sellando su traición a golpe de puñal. Las puñaladas hallaron asilo en las carnes desguarnecidas de Montdidier, y en cada penetración del metal afilado, el hombre se retorcía igual que si recibiera un chorro de aceite hirviendo. Después, la mirada borrosa y la garganta reseca se hermanaron en el último suspiro. Y el último suspiro le robó la vida. Aubry de Montdidier, murió haciendo vibrar la naturaleza con el látigo del espanto.

Verbaux lo vio todo.

Macaire, a manotazos y puntapiés abrió un hueco en la hojarasca. Allí depositó el cadáver. Y ergo cubrirlo con ramas, huyó, dejando el frío asesinato envuelto en el misterio. Desde la altura de la arboleda, la floresta conmocionada presenció la partida.

Con sus ladridos quejumbrosos, Verbaux procuraba arrancar a su dueño de las zarpas de la muerte. Así siendo, frente a la inutilidad de la impotencia, buscó en los diente una salida a su desesperación, y rompiendo los hilos de la red consiguió soltarse. Inmediatamente se arrojó encima de la tumba, y descargando desgarradores aullidos conmovió el bosque entero. Ahí se quedó, sin noción de tiempo, uniendo sol y luna, hozando las ramas, gimiendo y llorando sin hallar paz para su desconsuelo.
Mas, cuando la resignación le dio luz al entendimiento, orientó sus pisadas en dirección a Montargis.
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A muchos les extrañó verlo sin su dueño. No obstante, el animal, movido por su instinto de lealtad logró enhebrar su propósito a la atención de los demás, y guió a los soldados hasta el cadáver de Montdidier.
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Con el muerto a cuestas y el perro aullando entristecido, el grupo desanduvo el camino a Montargis.
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Carlos V, altamente consternado, dispuso el sepultamiento de Aubry de Montdidier, otorgándole los más altos honores. A Verbaux lo retuvo a su lado. Cortesanos y servidumbre lo colmaron de cariño.
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Empero, el imprevisto adquirió patente de sorpresa, el día que el can se topó con el chevalier Macaire, pues, empujado por el recuerdo y el afán de venganza, corrió hacia él mostrándole los colmillos. El miedo erosionó los sentidos de Macaire, aunque alcanzó a zafarse de la arremetida introduciéndose en una vivienda. En jornadas posteriores se repitió el encuentro, y nuevamente el perro empalmó encono y gruñido, manifestando deseos de atacar.

El comportamiento del animal despertó el interés de la gente, y la sombra de la duda cavó el cimiento de la sospecha. Macaire decía desconocer la razón de tal animosidad, pero la insistencia de Verbaux le echaba desconfianza a la solidez de esa versión. Entonces, en la atmósfera flotó una pregunta: ¿No sería Macaire el asesino de Aubry de Montdidier?
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El rumor llegó a oídos del Rey. Sin duda, la conducta de animal acusaba a Macaire. Ese primer indicio puso en funcionamiento la maquinaria de la ley.
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El Tribunal de Justicia -que a menudo se establecía en el castillo de Montargis-, citó a Macaire, a fin de que expusiera su postura. Además, y por expresa voluntad de Carlos V, se permitió que el perro compareciera como acusación.
Verbaux, al verse delante de Macaire, reiteró la agresividad hacia el caballero, formalizando de este modo su denuncia.
El monarca se sintió atrapado. ¿Qué hacer? ¿Anteponer el servicio que Macaire prestaba a la corona, o valorar la abnegada insistencia del can? Para deshacer la encrucijada de la disyuntiva -y cumplir con su amigo Montdidier-, tomó una sabia decisión: ordenó un duelo judicial y en presencia de la corte, entre el animal y el chevalier, y que la verdad se pusiera de parte del vencedor.
Macaire aceptó encantado. ¿Qué podría hacerle un perro pulguiento a un guerrero acostumbrado a salir victorioso de todas las batallas?
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En la corraliza del castillo de Montargis, se instaló un ruedo acordonado por una empalizada -para separar combatientes de espectadores-, con un palco real y balcones destinados a autoridades clericales y cortesanos. La gente del pueblo permanecería de pie. La curiosidad atrajo a la multitud.
El pregonero anunció:
-Por voluntad de Carlos V, Rey de Francia, y cumpliendo un mandato judicial, en este día del año 1371, se batirán en duelo hasta las últimas consecuencias, el chevalier Macaire y el perro Verbaux. Al hombre, para su defensa y ataque, se le ha entregado un palo. Al animal, para su protección en caso de necesidad, se le ha concedido un barril abierto por ambos extremos.
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El tiempo burbujeaba en el tramo de la mañana otoñal. En los árboles, las hojas trocaban guiños con las aves. El cielo se asomó expresando extrañeza, y la tierra tembló presagiando una desgracia. Tras el sonar de las trompetas, el silencio se adueñó de los murmullos. Macaire entró con su jubón de cuero, manoplas de hierro, borceguíes con punta de metal, y garrote en alto. Verbaux lo hizo "armado" con sus garras y sus dientes. En el centro, el barril se aburría en posición de espera.

Dibujos de la época muestran horripilantes escenas, en las que se ve al perro en manifiesta desventaja, y al guerrero lanzando palos y patadas, como si buscara machacar la cabeza del animal, y a la vez, apuñalarlo con sus botines de puya metálica. Mas, la contienda verdadera arrojó otra lectura, pues, Verbaux, con determinación, paciencia y valentía, construyó la coraza de su inferioridad, y a base de rápidos desplazamientos fue esquivando las acometidas y los garrotazos, hasta que el cansancio hizo mella en los bríos del hombre. Y cuando la fatiga nubló la vista de Macaire, y le colocó plomo a sus movimientos, el relámpago de un descuido vino a quebrantarle la defensa. Entonces, el perro, ¡le saltó a la garganta!

La sorpresiva embestida desplegó las alas de la inquietud, atosigando a los espectadores con el sofoco de la expectación.

La lucha derivó en angustia para Macaire y soif de vengeance para Verbaux. Impelido por el dolor en las carnes, la zozobra en la mente, y un galope en el corazón, el hombre dio réplica al feroz ataque soltando el palo, y con las dos manos intentó arrancar al animal. Pero, fue imposible. ¡La mordedura llevaba un anuncio de muerte!

En su caída hacia atrás, Macaire ¡tropezó con el barril!

Una rodilla se dobló a besar el suelo, y las áureas hazañas de antaño pusieron proa a la inmensidad de la nada. Su sangre de guerrier vencido corrió generosa empapándolo con el rojo de la vergüenza. El oleaje del miedo eclosionando en el confín de sus entrañas, la boca poblada de babas, y la mirada oscurecida por el apretón del suplicio, propulsaron el desenlace del grito:

Quiténlo! ¡Quiténlo! ¡Yo he sido! ¡Yo maté a Montdidier!

La verdad resplandeció en magnitud ascendente. y la justicia cavó hondo en la comprensión humana. El Rey honró al victorioso Verbaux.

Un lluvioso amanecer, con el alma tiritando entre los ojos, Macaire se enfrentó al cadalso. La horca, en actitud obediente, firmó el último capítulo de su indigna existencia. El estrujón del nudo corredizo y los pies en el aire agitándose sin ruido, fueron los únicos testigos de su ingreso en el pasado.

El perro de Montargis inspiró muchos libros, y fue protagonista de poemas épicos.











Y como cartón postal viajó por el mundo.


Todavía se conserva gran cantidad de dibujos de la época.












En la iglesia de Sainte-Madeleine de Montargis, se pueden apreciar vitrales del siglo XIX.

Y como detalle curioso, en algunos restaurantes de la ciudad, se utilizan vajillas decoradas con escenas del famoso enfrentamiento.
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En recuerdo de tan tremenda epopeya se erigieron dos esculturas. La que se instaló frente a la iglesia, fue destruida durante la Primera Guerra Mundial -según parece, la bala de un cañón se arrimó demasiado a contemplar la obra-. La que aún existe, del escultor Gustave Debrie, data de 1870, y se encuentra en los jardines del Museo Girodet -antiguo Hotel Durzy-.
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El bosque de Bondy -sitio que marcó el inicio de esta historia-, es constantemente visitado por autóctonos y turistas, que se pasean sabiendo que no corren peligro, ya que el chevalier Macaire lleva más de seiscientos años bajo tierra, conviviendo con las lombrices.
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Ricardo Muñoz José
Reminiscencia elaborada con los textos e imágenes obtenidas en Internet.

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Páginas francesas recomendadas:
http://pageperso.aol.fr/ricjasperso/legende_chien_de_montargis_p2.html

www.france-pittoresque.com/legendes/10.htm

www.frenchtoutou.com/culture/hero3.php

http://www.toutleloiret.fr/page.php?id=conte-chien-montargis