Tu trato con los animales hablará de ti mejor que tus palabras -R.M.J.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Un homenaje a los Hermanos Grimm

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UN VIEJO REFRÁN DICE: “AÑO NUEVO, VIDA NUEVA”
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¿LOS ANIMALES PUEDEN ENSEÑARNOS CÓMO SE LLEGA A ESA “VIDA NUEVA”?
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LOS MÚSICOS DE BREMEN
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Relato inspirado en el cuento infantil de los Hermanos Grimm
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Muchos años lo contemplaban a través de sacos y más sacos rumbo al molino, sin evaluar en ningún momento cantidades ni pesos. Tarea que resumía el único vínculo del asno con aquella granja. Sus días representaban un interminable canje; sudor y cansancio por comida. Nunca un cariño. Nunca una frase amigable.
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Mas, la vejez, que siempre espera en la ondulación del tiempo, poco a poco fue entrando en sus huesos, y la silente mordida de la edad le mermó las fuerzas. La realidad pronto gritó la sentencia; ¡ya no servía! Frase atroz que le estremeció el alma, pues le constaba que a los inservibles la suerte nunca los protege. Y la sospecha redobló el estremecimiento al escuchar al dueño hablándole a la esposa:
-Come y no trabaja. Tengo que deshacerme de él pero no sé cómo. Y si no puedo venderlo, lo…
El asno quedó petrificado, naufragando entre disímiles volutas de incomprensión. ¿Era esa la paga por tanto esfuerzo y tanta abnegación?
Intuyendo un sombrío destino cedió a lo inmediato, y aterrizó en la hondura del atrevimiento.
-¡Me marcharé!
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El nuevo día y la extrañeza de los demás animales presenciaron la partida. La realidad le había roto el empañado espejo de la senil existencia.
-Mis padres han muerto. Murieron trabajando para los hombres. Y aquella burrita parda que pretendía mi amor, hoy cuida de los nietos. Sólo me queda conocer la libertad.
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El eterno soplo del aire abrazó el cuerpo del equino vencido. Cual bandera de separación, una sábana colgada en el patio flameaba silente, marcando el marchar imprescindible. Miró atrás, la sombra gris de un pasado, que de tan nuevo aún no asumía lo lejano, parpadeaba enternecida. Partió envuelto en un entusiasmo anubarrado, agonizante, tambaleando en el eco del lento amanecer.
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Con un trote suave dio inicio a la longitud del camino. Todo rezumaba luminosidad, el color enlazábase a los sonidos y la exuberante vida le ponía cadencia a la música de natura. Las pisadas insonoras lo fueron adentrando en el amplexo de los valles. Las montañas observaban desde la altura de las cúspides. El diáfano cielo asentía. Todo conformaba un panorama límpido, que él no podía ver pues el desengaño habíale instalado una venda en los ojos. Empero, la marcha, horadando la distancia, le indicaba la presencia de un mundo nuevo; un mundo despoblado de intranquilidad.
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La muda mirada recorrió el rostro del amo. El otro no entendía que aquella mirada encadenaba al perro a la tortura del recuerdo. No quería partir. Tal vez su dueño reconsiderara para devolverle la amistad, el amor, la confianza. Las jornadas compartidas reclamaban una vejez serena… Pensamiento inútil. Lacerante.
-Viviré la condena de amarte y no tenerte a mi lado. De no verte ni de lejos… Por ti hubiera dado la vida. Te amé a ti, a tu familia, y hasta fui juguete de tu hijo…
El dueño pudo ayudarlo, él era fuerte. Pero, en la cobarde intención germinó la barrera que fracturaba la relación poblada de entrega y fidelidad.
-Y aunque sé que nunca saldrás a buscarme, igual, igual te espero…
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Los pasos presurosos le pusieron alas a la fuga. Zarpó atraído por el imán de la esperanza. Una débil esperanza enumerando nuevos rostros, nuevos cielos. El reposo, sentado en el desván de las hojas, aureolaba la mañana; describía la vida. Pronto la memoria devino en pájaro cautivo aleteando en la tristeza, sollozando en el hueco del adiós, advirtiendo fríamente que el ayer habíase convertido en sueño muerto. Mas, el pobre can perseveraba en engañarse, en remover las imágenes del ayer, en recrearse en la dicha perdida. Un inútil empeño de amarrar el fino hilo de la distancia a los innumerables afluentes del cariño.
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El burro tras haber andado un kilómetro, encontró un perro de caza que iba jadeando tal si lo persiguieran.
-¿Por qué estás tan cansado?
-He huido de mi casa. Porque estoy viejo y ya no puedo cazar, mi dueño…  ¡Y yo sé cómo acaban los perros de los cazadores!
-¿Cómo acaban?
-¡Colgados! ¡Pataleando en el aire y sin poder tocar el suelo!
-Eso es muy cruel.
-Así es. A los cazadores poco les importa el amor de un perro. Mientras eres útil, te mantienes, y cuando dejas de servir… Por eso he huido.
-Yo también he huido.
-¿Y tú por qué?
-Porque estoy viejo y no puedo trabajar igual que antes. Mi dueño resultó un desagradecido. Olvidó los años que trabajé para él. Incluso escuché que planeaba venderme, y de no conseguirlo, me entregaría al zoológico para que me coman los leones.
-A la ingratitud humana nada la detiene.
-Y ahora voy a Bremen. Pienso hacerme músico. Vente conmigo y hazte músico tú también. Yo puedo tocar el laúd y tú el tambor.
El perro aceptó. Para él la fortuna cambió. Había hallado un amigo y una nueva ilusión. Juntos encararon el rumbo a Bremen.
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La mujer de rostro iracundo, mirada borrascosa, y palabras quebradas derramando ingratitud, agitaba un arsenal de frases vestidas de amenazas. Renunció a su gato, al tierno corazón cansado de latir por ella, haciéndole sentir con esa actitud que el animalito vivió en la mentira, flotando entre sueños falsamente edulcorados por alguna caricia. La conducta de la dueña definía sentimientos muertos que estaban vivos. El michino enjugó la decepción en las inquietantes aguas de la fe hundida en un tiempo ido. El amor, palpitando en la vejez, resumía la urgencia de una decisión; la coyuntura reclamaba un movimiento si quería salvarse.
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Aunando pasos desasosegados y atentos, cruzó por delante de una puerta entreabierta, después atravesó el adormilado pasillo y bajó por la anciana escalera, tejiendo un enlace entre escalón y escalón. La puerta principal de la casa no opuso resistencia.
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Los ojos de la atmósfera lo observaron. El patio, llorando el polvillo de añosas estelas, concedió veracidad a la silenciosa partida. Abandonó la vivienda con el estremecimiento del famélico pordiosero frente al pan inalcanzable; como la rama seca que renuncia al árbol que la sostiene. Atrás se quedaban diez años. Tres mil seiscientos cincuenta días confundiendo mentiras por amor; mala intención por dicha.
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El asno y el perro, ergo recorrer un trecho, en un recodo del camino hallaron un gato, que detrás de la cara enfadada escondía el tajante hachazo de una amargura.
-¿Qué tal, amigo? –lo saludó cortésmente el burro- No pareces muy feliz.
-¿Puedo estar feliz cuando por viejo me acaban de retirar el cariño?
-Cuéntanos, ¿qué te pasa? –invitó el perro.
-Pues, como estoy viejo y prefiero acurrucarme frente a la chimenea en vez de cazar ratones, mi dueña, la mujer que más amo, ha querido ahogarme en la bañera. Para librarme tuve que escapar.
El can y el jumento trocaron ojeadas sin dar señal de asombro.
-Pero ahora tengo miedo –prosiguió el gato-. No sé qué será de mí, ni adónde puedo ir.
-Ven con nosotros a Bremen. Aprenderás música y podrás ser músico igual que nosotros.
El gato, conmovido, aceptó. La ventura le sonreía. La vida suplantó la pérdida de la desleal dueña por la llegada de dos amigos.
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Noche adulta, redondez nocturnal, espacio retinto, estrellas inquietantes; todo el silencio ocupando el hueco de la eternidad. El gallo sentíase exhausto, pequeño, frágil, desvalido en el oscuro corral; encerrado entre las aéreas murallas de las sombras. Solfeando desasosiego, cada vez más oprimido ante la derrota, más segmentado por el miedo. Un miedo que le empañaba las plumas derrumbándole la cresta, encogiendo los espolones. La decisión le imponía arriar el amor por aquella casa, y por la gente que la habitaba. Debía partir y le costaba irse. Semejábase a la golondrina que al estar prendada del paisaje, resolvió quedarse en el sitio desafiando el gruñido del invierno, y la derribó el viento helado.
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El torbellino de recelo ya pronunciaba la palabra tardía; adiós. Y aunque en los ojos permanecía la tristeza del niño paralítico viendo a los otros niños correr, lo empujaba el velo gris de una sospecha recluida en la memoria.
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Con un leve empujón abrió la puerta del gallinero. El lambetazo de la brisa le acarició el plumaje. Partió.
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Los tres fugitivos, cargando en sus adentros el intenso drama que la infidelidad humana les endosara, aunados por la naciente amistad, miraron al horizonte; consumían trayecto, sólo consumían trayecto. Bremen quedaba lejos; tendrían que luchar contra la fatiga y la lejanía.
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Al pasar por frente de una granja, vieron un gallo agitándose y cacareando a todo pulmón.
-¡Eh! Frena el quiquiriquí. ¿Quieres dejarnos sordos? –reclamó el asno.
-¿Qué te ocurre? –preguntó el gato.
-Mi canto tenía que ser alegre, pero ya no puedo estar alegre.
-¿Por qué? -quiso saber el perro.
-Porque mañana es domingo y mis dueños tienen invitados. Y le han dicho a la cocinera que me mate y haga conmigo una apetitosa comida. Muy pronto olvidaron mis servicios de reproductor y anunciador del nuevo día. Por eso chillo. Para quitarme la rabia y el miedo.
-Te comprendemos. La gente es desagradecida –apostilló el perro.
-Vente con nosotros –lo convidó el asno.
-A nuestro lado estarás mejor –agregó el gato.
-Vamos a Bremen para hacernos músicos –continuó el burro- Y ya que tú tienes buena voz, contigo podremos formar un cuarteto formidable.
El gallo no pudo negarse. Atrás quedaba la muerte, adelante la vida, y junto a él, tres amigos.
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Los cuatro prosiguieron viaje. Los kilómetros que iban acomodándose a la espalda, contemplaron gozosos la fuga hacia la ilusión. La arboleda, puesta de pie, agitó la cabellera en señal de simpatía. Detrás del horizonte Bremen esperaba. Conocían la imposibilidad de llegar en un día. Metro a metro la piel de la superficie desfilaba bajo las patas, y el peso del cansancio alivianó la carga gracias a la animada charla entre los animales.
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Desplegando un crepuscular vuelo, la tarde ponía en un bostezo el escarlata que matizaba el semblante de la tierra. Al caer el sol, un bosque les ofreció cobijo. Resolvieron hacer un alto y pasar ahí la noche.
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El asno y el perro hallaron acomodo a los pies de un árbol, el gato prefirió la concavidad de una gruesa rama. El gallo, sujeto al temor que le navegaba en las entrañas, prefirió instalarse en la copa.
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Sin embargo, antes que el sueño lo depositara en brazos del descanso, el gallo paseó la vista por el entorno. Divisó algo. Sí, a corta distancia vio una tenue luz. En el acto llamó la atención de los otros tres, y deshojando cacareos les hizo saber que debía tratarse de una casa.
-Entonces, ¡vamos hacia ella! –propuso el burro- El bosque es hospitalario aunque la intemperie no es agradable.
-En esa casa habrá comida –murmuró el perro.
-Y también un poco de leche –agregó el gato.
-O un poco de heno –musitó el jumento.
-Yo sería feliz con que a los dueños no les gustase la carne de ave –remató el gallo.
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Guiados por la luz pusieron proa al objetivo. En la medida que se aproximaban, ese faro afincado en la nada se iba agrandando. Al poco rato vieron la casa a un costado del camino. Sin embargo, la confianza dio paso al recelo, y los cuatro amigos determinaron arrimarse centrados en el sigilo, convirtiendo la insonoridad en el motor para las pisadas.
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La vivienda, erguida en el regazo de la soledad, blandía una razón de ser; era la guarida de un grupo de ladrones.
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El asno, al ser el más alto, arrimó la testa a la ventana.
Sus ojos adquirieron destellos de satisfacción.
-¿Qué ves? –le preguntó el gallo.
-¡Lo más bellos del mundo! Veo una mesa repleta de comida y bebidas. Parece que nos está esperando.
-¿Y no hay gente? –indagó el gato.
-Eso es lo malo. También hay unos tipos de feo aspecto. Parecen facinerosos.
-Ay, cómo me gustaría estar en ese banquete –confesó el gallo.
-A mí también, pero, ¿cómo? –interrogó el burro.
Recularon en bloque prestos a elaborar un plan.
-Lo primero, debemos hacer es librarnos de los delincuentes –opinó el gato.
-Si unimos nuestras características animales, no nos será tan difícil –propuso el perro.
Velozmente compusieron la acción.
El asno puso las patas delanteras en la ventana, el perro subió al lomo del burro, el gato hizo lo mismo sobre el perro, y el gallo levantó vuelo y se posó encima del gato… Inmediatamente arrancó el concierto; un coro de cacareos, rebuznos, ladridos y maullidos atronaron la noche.
Los ladrones, desconcertados, vieron aquella mole de animales de múltiples formas, y pensando en algún monstruo sanguinario sediento de carne humana, dejaron la mesa con todos los manjares. Y a fin de evitar el mortífero ataque, huyeron atemorizados en dirección al bosque.
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Los amigos comieron hasta el hartazgo, hablaron, rieron y cantaron. Después, respondiendo al llamado del descanso, apagaron las luces, y establecieron los acomodos para dormir en sitios idóneos a cada naturaleza: el burro marchó al patio y acabó echado arriba de un montón de paja, el perro prefirió tumbarse detrás de la puerta, el gato buscó acomodo al lado del fogón de la cocina, y el gallo en una percha.
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Cuando la noche madura acaparaba el sitio, el grupo de ladrones, ya libres del susto, y espiando desde lejos, advirtieron el retorno de la calma.
-Creo que nos asustamos sin motivo –dijo el jefe, y ordenó a uno de los compinches-. Tú, vuelve a la casa y mira bien a ver si de verdad hay un monstruo.
-Yo no voy. A mí no me atrae la curiosidad.
El jefe, advirtiendo pérdida de autoridad, tomó la decisión más adecuada:
-¡Iré yo mismo!
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Las tinieblas envolvían el mutismo de la vivienda. Nada insinuaba la existencia de ser viviente alguno. El hombre resolvió entrar en la cocina a buscar una vela. Los animales despertaron y mantuviéronse quietos, en actitud callada.
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El sujeto, vio dos ojos brillando en la oscuridad, y dedujo que algunas brasas aún seguían ardiendo. Arrimó la vela “al fuego”. Entonces, el gato, juntando fuerza y determinación, le saltó a la cara llenándolo de arañazos. El individuo, entre los gritos paridos por el dolor, partió horrorizado hacia la salida, presto a convertir la fuga en vía a la salvación. Mas, en la puerta tropezó con el perro, que en un tris le mordió una pierna. Enloquecido salió al patio, donde el asno le atizó una tremenda coz. El gallo, al grito de ¡quiquiriquí! levantó vuelo y le cayó en la cabeza aplicándole una lluvia de picotazos.
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El delincuente tornó al bosque tiritando y ahogado por la extenuación. Los compañeros quisieron saber lo sucedido. Una vez que amainó el nerviosismo, el maleante, en medio de balbuceos, contó:
-En la casa hay gente extraña. Una bruja me arañó la cara, en la puerta alguien me dio una cuchillada en una pierna, en el patio un monstruo negro me atizó un mazazo, y desde el tejado me saltó algo que picoteaba y gritaba “¡No lo dejéis escapar!”. A duras penas he conseguido zafarme. ¡A esa casa no vuelvo más!
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Para regocijo de la comarca, la banda de ladrones desapareció, prefiriendo seguir desafiando al destino antes que enfrentarse a las monstruosas criaturas que los expulsaron de la cómoda guarida.
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El asno, el perro, el gato y el gallo, se hicieron con la vivienda, y dado que había sido refugio de ladrones, allí encontraron de todo, y adentro de ese todo, también instrumentos musicales.
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A fuerza de reiterados ensayos, lograron formar el ansiado cuartero.
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Cierto día, pasó por allí un viajante de comercio, y escuchó la música que presidía el sitio. El deleite lo atrapó y el hombre quedó prendado.
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Al tornar a Bremen contó el maravilloso descubrimiento. La noticia corrió de boca en boca.
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El domingo siguiente, una caravana viajó al lugar dispuesta a enternecerse con el placer de la música.
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A los cuatro amigos les encantó el aplauso de tan rendida concurrencia. Y, debido al éxito, resolvieron instalarse definitivamente en la morada, y así seguir ofreciendo conciertos al aire libre.
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Y ya que nunca pudieron llegar a Bremen, Bremen había venido hasta ellos.
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Jacob y Wilhelm, popularmente conocidos por el apelativo de los Hermanos Grimm, los llamaron LOS MÚSICOS DE BREMEN.
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Para leer el cuento original de los Hermanos Grimm:
http://garrulussanguinarium.blogspot.com.es/2010/02/los-musicos-de-bremen-de-los-hermanos.html
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Autor del Texto: Ricardo Muñoz José
http://linde5-otroenfoque.blogspot.com.es/2012/12/un-homenaje-los-hermanos-gremm_31.html
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Este cuento está incluido en el libro de Ricardo Muñoz José, “Animales que habitan en el tiempo”.
ISBN-13: 978-84-95679-78-9
ISBN-10: 84-95679-78-7

jueves, 6 de diciembre de 2012

ORIÓN, EL PERRO QUE DESAFIÓ A LAS AGUAS EMBRAVECIDAS - Cerro Grande, Venezuela

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PARA CONMEMORAR EL 10 DE DICIEMBRE, DÍA DE LOS DERECHOS DE LOS ANIMALES, VAMOS A RECORDAR A UN HÉROE CANINO.
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A UN PERRO CONSIDERADO DE RAZA PELIGROSA
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A UN ANIMAL QUE HIZO DE LA SOLIDARIDAD SU ESCUDO ANTE LA MUERTE.


26 de febrero de 2000. El salón Andrés Eloy Blanco, coqueto rincón del Palacio Municipal de Caracas, alzó la mirada para observar la entrada de los invitados. Eran las Fuerzas Vivas de Defensa, compuesta por Bomberos, Guardia Nacional, Vigilancia Costera, Fuerzas Armadas Venezolana, Fuerza Aérea, médicos, veterinarios, empresas privadas, Alcaldía, asociaciones de vecinos y voluntarios, que en abrazo fraterno supieron aunarse en la difícil tarea de enfrentar el desastre natural del 15 de diciembre de 1999, cuando, con arrojo y generosidad, salvaron vidas de personas y animales.
Lo que el salón no entendió, fue la presencia de un perro negro, con manchas marrones en la cara y de unos sesenta centímetros de alzada, en una reunión que se anunciaba solemne.
La ceremonia se descabalgó de su adusta envoltura, y la amabilidad corrió libremente por el recinto. Todos los participantes fueron condecorados y recibieron un diploma acreditativo. Mas, al llegar el momento del can, al salón lo tambaleó la sorpresa, y no pronunció un solo quejido por respeto al protocolo. El perro, llamado Orión, recibió la medalla de HONOR AL VALOR.
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Diez años antes había llegado al seno de la familia de Mauricio Pérez Mercado, piloto de profesión, un hermoso cachorro de raza rottweiller. Le otorgaron el nombre de Orión, igual al del hijo de Poseidón, dios de los mares.
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El perro acostumbraba frecuentar el riachuelo de Tanaguarema, cercano a su casa en Cerro Grande (estado de Vargas). Allí, entre juegos y alegrías aprendió a nadar. Tiempo después llegó Alfa, su compañera de la misma raza. A la pareja se les sumó Negro un perro vecino y Micky, un gato travieso. Juntos perseguían las lagartijas, espantaban las mariposas o ponían en fuga a los pajarillos que en el suelo buscaban el alimento para sus polluelos. Los canes chapaleaban en el riacho, mientras el gato se lamía el pelaje sin inmutarse.
Uno de los grandes placeres de Orión era sacar del río a Mauricio, montado en su lomo. Por lo visto, en el animal anidaba la vocación de perro de rescate.
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.En noviembre de 1999 las lluvias plantaron su imperio en el estado de Vargas, y aunque produjeron cuantiosos daños en toda Venezuela, esta fue la región más castigada.
Pero, el 15 de diciembre rubricó una fecha para el espanto. Una terrible realidad se desplomó sobre Cerro Grande; las aguas habíanse apoderado de la zona y abiertamente amenazaban las viviendas.
La lluvia caía arrastrando más lluvia. Días y días. Y la gente del lugar estaba atrapada en la red de la precipitación incansable; a merced de un goteo persistente musicando la expectación.
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Orión presentía algo y aquella tarde mostrábase inquieto; ladraba con insistencia, como si quisiera avisar del arribo de una desgracia. Al desembarcar las primeras sombras la excitación del animal adquirió sentido; se escuchó un atemorizador ruido similar a gárgaras adentro de la negrura. En medio de un bullicio ensordecedor, que parecía el regurgitar del infierno, pronto la oscuridad escupió la respuesta; una avalancha de agua, lodo y cascotes bajó sembrando la tragedia. En pocos minutos el líquido invasor entró en las casas cual indeseado visitante.
Orión consiguió ser entendido por Mauricio, que, preocupado por la seguridad, con la familia y las restantes mascotas (Alfa y sus cinco cachorros) siguió al perro a la azotea, a refugiarse en la intemperie. Empapados hasta los huesos y envueltos en la noche inacabable, sólo tuvieron que esperar.
Por la rotura de su bóveda el cielo derramaba acuosos filamentos convertidos en tortura vertical. La lluvia, ciega metralla perforando la opacidad, con punzantes dedos cubiertos de furia descendía esgrimiendo el miedo; golpeando la vida como una estrella destrozada.
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Amaneció. El nuevo día descubrió un paisaje dantesco de fango devastador engordado con escombros, que persistía acunando calamidades. Los árboles desorientados pasaban haciendo piruetas, enseñando el violento desalojo en el estremecimiento de sus raíces desnudas; en una armonía quebrada por el barro viajero y las piedras arrolladoras. Las moradas invadidas se rompían ante la presión del líquido indomable, y las vigas capitulaban pidiendo perdón por caer vencidas.
El temporal fustigante se esparcía en la zona, y los riachos enloquecidos, en vuelo sin retorno, transportaban trozos de viviendas, vehículos, rocas y árboles, junto a despojos humanos y animales.
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El agua embrutecida, con afiladas uñas desprendía amarras de las cosas, y galopando el corcel de la tempestad iba tapando la superficie con un manto de destrucción y de muerte. Y en el medio, los habitantes, sujetos a los grilletes de la circunstancia no veían ninguna salida. Con el firmamento enfurecido diluviando sin parar, la esperanza se mezclaba con el terror, en una retahíla de gestos amilanados, con abrazo de pánico, miradas mudas y palabras sin destino; esperando que la adversidad se los llevara en un viaje a la nada. Mientras, en las cunas, el futuro hecho retoño lloraba tal presagio de un dramático final.
A media mañana de aquel fatídico jueves 16 de diciembre, un helicóptero rescató del techo de la morada a Mauricio y su familia. Se vieron forzados a partir sin los perros; Orión, Alfa y las cinco crías. Fue un momento penoso.
-Lloré al ver cómo Orión se quedó aullando sobre la casa. El corazón se me rompió -recordó Aída Touseda, esposa de Mauricio Pérez..
Partieron rumbo a un lugar tranquilo. Desde el aire la familia vio el panorama de agua, troncos a la deriva, y piedras sueltas navegando en la vorágine.
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En aquellas horas que la parca se alzó en cacería, solamente Orión podía hurtarle las piezas al guadañazo fatal. Tal vez eso pensó el can, cuando escuchó unos gritos pidiendo auxilio. Su vista rápidamente localizó a una niña que se hallaba en el río, agarrada a un palo. La vida de la niñita corría peligro, y las aguas revueltas no invitaban a heroicidades. Orión no lo dudó, y al instante saltó a la desdentada boca del acuoso desafío. Oponiéndose al inclemente trance, nadó hacia ella sin aquilatar el riesgo; guiado por los desgarradores llamados de la nena.
Mil ojos clavaron su preocupación en la valentía del can.
-¡La va despedazar! –gritó alguien.
Los chillidos de advertencia a fin de que Orión se apeara del tremendo empeño, contrastaban con el mirar afligido de la pequeña, que ya se sentía entre las garras de la muerte.
Al abrir Orión las fauces para asirla, las miradas pintaron zozobra, los pechos reprimieron la respiración, las manos se pegaron a los rostros en señal de desespero, y retornó el maligno presagio; con la potencia de sus mandíbulas destrozaría a la chiquilla.
-Apenas llegó a ella, todos gritamos al pensar que la iba a atacar. Pero la niña supo entender el mensaje y lo abrazó. El perro la sacó –contó un testigo.
Luego, los presentes corrieron a prestar ayuda a la niña. Entonces, ante ellos explotó la sorpresa: ¡la chiquita no mostraba un solo rasguño!
Orión habíala tomado por las ropas, haciendo añicos los malos presentimientos. La pequeña de ocho años -hoy huérfana-, presa del nerviosismo, lloraba pegada a su salvador.
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Otros gritos de socorro invadieron los oídos del perro; una jovencita que intentó cruzar el río, había sido arrastrada por la corriente. Orión se lanzó al rescate. Las aguas entenebrecidas se alzaron airadas a cortarle el camino, pero él rompió la muralla acuosa a fuerza de empuje. Al llegar junto a ella, con la suavidad que la premura otorgaba, cerró la boca en las ropas de la muchacha, y nadando con denodada fiereza la arrastró hasta la orilla, sin producirle ninguna herida. La joven de catorce años lloraba, sólo lloraba.
Mas, Orión no esperó las caricias de reconocimiento que premiaran su acción, y sin detener el ímpetu volvió a desafiar al líquido encolerizado con un único fin: salvar gente.
El gentío, sumando de uno en uno alcanzó la cifra final; treinta y siete personas de diferentes edades -desde niños a un anciano de ochenta años-, fueron rescatadas. El amor que atesoran los perros, movido por el instinto de solidaridad, cristalizó en la inusitada hazaña..
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Este fue el heroico comportamiento de un rottweiller, un can de raza considerada peligrosa.
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Eso sí, el suceso se saldó con una nota negativa; a los cinco cachorros de Orión y Alfa se los llevó el desastre. También murieron su amigo Negro y el gato Micky.
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.Mauricio Pérez Mercado, escuchó por la radio que en Cerro Grande, un perro salvó de una muerte cierta a varias personas.
-Tras dos días de angustiosa espera, con un vecino y un amigo volvimos en helicóptero a buscar nuestros animales. Los encontré entre los restos de la que fue nuestra casa, al otro lado del río. Orión y yo lloramos de la emoción –señaló Mauricio.
 

Recién entonces supo que el héroe canino no era otro que Orión. La noticia cuajó en una gran satisfacción, ya que él jamás pensó que el amado animal se convertiría en una celebridad.
Después, Mauricio, con su familia y las mascotas, se trasladaron a vivir a Guaicoco, al este de Caracas.
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Los medios de comunicación se volcaron con la hazaña. Globovisión le dedicó un amplio programa (con la participación de Mauricio Pérez, gente rescatada, testigos, y, por supuesto, Orión). El perro se hizo frecuente en los periódicos, revistas, radios y otras televisiones nacionales. Asimismo, el eco de la gesta voló por encima de las fronteras, y su imagen viajó por las televisiones del mundo enlatada en videotape. Orión logró merecidos homenajes de reconocimiento en Estados Unidos, Rusia y España.
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En Venezuela participó de numerosos eventos; fue asiduo visitante de escuelas, asilos de ancianos, y compartió juegos y alegrías con enfermos de alzheimer y del síndrome de Down.
-Hubo personas que al conocerlo se abrazaban a él y lloraban de emoción –recuerda Mauricio.
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En Facebook aún existe un grupo de admiradores.
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Pero, a la vida de Orión arribó el 2008 con afición de epílogo, y la muerte, en paseo triunfal, se le introdujo en el cuerpo disfrazada de enfermedad; un infausto día un contratiempo gastrointestinal le cerró el libro de la existencia. Orión murió el uno de diciembre. Su tramo de tiempo había concluido. Se marchó en silencio, rodeado del cariño de quienes supieron amarlo y que él tanto amaba. El perro héroe de Cerro Grande partió dejando en Venezuela una fecha para el recuerdo.
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 Si existe el cielo de los perros, Orión desde allí nos estará mirando. Entretanto, dentro de nosotros las preguntas palpitarán con indomable insistencia: ¿se acordarán de él poetas, escritores, artistas plásticos o músicos? ¿Se le hará un monumento? ¿Alguna calle, o una plaza recibirá su nombre?

Esperemos que tantos interrogantes, no tarden mucho en adquirir forma de respuesta.
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Reminiscencia elaborada con la historia y las imágenes encontradas en Internet.

sábado, 1 de septiembre de 2012

La realidad por encima de la ficción

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VIAJE AL INFIERNO



Miré a Bossy, mi perro. Dormía a mis pies. Él descansaba feliz y yo también estaba feliz, porque al fin, después de tanto tiempo iba a trabajar. Por lo visto, los estudios empezarían a darme satisfacciones.
Yo había estudiado medicina, y por vocación me inclinaba hacia la investigación. Y dado que era proclive a una vida científica, meses atrás presenté una solicitud en la Universidad de Nottingham, con la esperanza de ser aceptado y comenzar mi carrera.

Cuando la carta de citación llegó a mis manos, me excité. Fui admitido y debía presentarme al día siguiente.
Al salir, el bueno de Bossy agitó la cola entusiasmado, deseándome suerte.
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-Ha sido asignado como ayudante de investigación.
La frase sonó a gloria. El sueño empezaba a hacerse realidad.



Escoltado por una secretaria de administración, atravesé varios pasillos amplios y luminosos.
Al llegar a la puerta y leer el cartel, el mundo se me vino abajo. En letras doradas ponía: LABORATORIO DE VIVISECCIÓN



En clases de biología yo había practicado la disección con insectos y ranas, y siempre lo pasé mal. Era una práctica superior a mi deseo de aprender. Incluso viví una devastadora experiencia. Con sólo recordarlo me deprimo. Tuve que asistir a una clase mixta para estudiantes de medicina y de enfermería, sobre Intubación Endotraqueal. Pero no era una sesión orientada a través de proyección de imágenes, ni tampoco con el uso de dummys. Iba a hacerse con un gato vivo. El impacto en los estudiantes fue patente. El profesor, en un intento de calmar los ánimos, explicó:
-No vean en este felino un animal doméstico igual al que algunos puedan tener en casa. Este gato está sano y bien cuidado, y se lo mantiene para este fin. Para completar la formación de todos ustedes.
Sí, el gatito era saludable y estaba limpio, pero el miedo en sus ojos hablaba alto; pedía compasión.
El minino pasó de mano en mano, y finalmente lo inmovilizaron. Hubo silencio y lágrimas, No obstante, comenzó la intubación.
Aquel hermoso animal se encrespó acusando el dolor. Su mirada pasaba de rostro en rostro buscando piedad. De los quejidos pasó al ahogo, y sacudió el cuerpo en unas contracciones manifiestas de vómito (algo que no ocurrió porque llevaba ocho horas sin ser alimentado). La desesperación del micifuz en garras humanas, formó un cuadro que aún mantengo en la memoria.
Al día siguiente, cuando pregunté al profesor por el gatito, la respuesta fue tajante:
-¡No sobrevivió!



Entramos al laboratorio. Mis sienes palpitaban desenfrenadas. Sentía debilidad y me movía casi sin fuerzas. La funcionaria hizo la presentación:
-Doctor, el nuevo ayudante.
Era un hombre joven, de gruesas gafas, sonrisa cansada y bien peinado pelo rubio. Me saludó cortésmente, y tras mirarme de la cabeza a los pies en un somero estudio, dijo:
-Haré todo lo posible para que su paso por este laboratorio sea una experiencia decisiva en su formación.



Abrió una puerta. Entramos en una gran sala blanca, limpia, reluciente. Al costado de las paredes veíanse mesas metálicas. En cada una y sujetos por correas, habían perros acostados sobre el lomo, con el estómago descubierto mostrando una herida, o el cráneo perforado dejando ver la masa encefálica, o el pecho abierto. En algunos, los bordes de las heridas tenían alambres de acero haciendo de tensores.
¿Pero, qué mal habían hecho esos animales para estar aquí? Simplemente, no haber tenido un amigo humano y sufrir la falta de amor; la falta de un hogar.
Pude observar corazones latiendo al aire libre. Pulmones hinchándose y deshinchándose. Las venas de los tubos bronquiales que parecían marañas de ramas. Hígados de color rojo brillante. Cerebros soltando una sustancia color rosa blancuzca. Intestinos enredados como un montón de serpientes. Labios temblorosos, hocicos inmovilizados. Y lo más curioso, no se oía un gemido de los perros torturados.



Al pasar, todos los canes volvieron la vista hacia nosotros, con miradas suplicantes, cargadas de una expresión de oscuros presentimientos. Sus ojos seguían los movimientos que hacíamos.
Sentí un escalofrío. De pronto mi cuerpo se endureció. No podía dar un paso. El médico me puso una mano en un hombro y exclamó:
-Coraje. Usted es un investigador y en nombre de la investigación hay que dejar de lado los escrúpulos.
Tales palabras no consiguieron disipar el frío que me congelaba los huesos.
De repente, en una de las mesas vi un perro idéntico a Bossy, a mi Bossy. Me arrimé e incliné sobre él. Un gesto desencajado se plantó en mi cara y fue a unirse al ritmo acelerado de mi corazón. Capté un olor rancio, un olor a sangre coagulada. Me atrapó el temblor.



El perro estaba tumbado encima de la espalda, con el estómago abierto y un estroboscopio enterrado en el hígado. Lo miré. En aquellos ojos había lágrimas. Respiraba suavemente con la boca semiabierta. El cuerpo le tiritaba, como si estuviera sometido a un dolor constante. Me miraba fijamente, su sufrimiento agonizante me apuñaló el alma. En un impulsivo arranque me acerqué más. Soltó un gemido desafinado. No había luz en sus ojos castaños, y la cola se semejaba a una víbora muerta. Le acaricie la cabeza. Las orejas permanecieron caídas, en postura vencida.
-Bossy –exclamé inconcientemente, atribuyéndole el nombre de mi perro.
El médico se acercó y me dijo:
-Está usted de suerte. El experimento con este animal ha finalizado. Vamos a ponerle la inyección final.



Le hizo una seña a un ayudante. Este se aproximó con una jeringa. Fui hasta el asistente y con voz quebrada alcancé a decirle:
-Por favor, que no sufra, que no sufra…
El llanto rodó por mis mejillas. La pena me paralizó.
-Va a quedar dormido para siempre –explicó el doctor-. Ojalá nuestra muerte sea tan pacífica como la de él.
Yo, cerré los ojos. Renunciaba a verlo morir.
-No se agobie y observe. Esto es muy rápido –aclaró el doctor.
El perro no despegaba los ojos de mí. Poco a poco se fue desinflando, desparramándose en el frío metal de la mesa. La lengua cayó para un costado igual a una marioneta. Largó un leve suspiro… Todo había acabado.
Acongojado paseé la vista por la sala. Los demás perros también me miraban. Y me miraban como acusándome de no haber hecho nada para salvar al amigo.



De pronto, advertí una extraña presencia.
-¿Por qué este silencio? –grité.
Nos envolvía un silencio horrible, un silencio alarmante, espeso, agresivo; era el silencio de la muerte.
-¿Por qué no ladran? -volví a gritar- ¿Por qué no protestan? ¿Por qué no chillan?
El médico se acercó a mí, y con voz calma, aclaró:
-Antes de iniciar el trabajo les cortamos las cuerdas vocales.




Aun siendo un científico vocacional, no pude desentenderme de consideraciones morales y éticas. Los humanos somos la especie preponderante en la Tierra, y poseemos la capacidad, pero no el derecho, de abusar y someter a los animales llamados inferiores, en nombre de la adquisición de unos conocimientos, generalmente pseudocientíficos, que servirán a intereses netamente comerciales…
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De este modo, batí el record mundial de permanencia en un trabajo; emepecé y una hora después fui despedido.
Con este precedente, el deseado futuro científico entraba en vías de extinción. Pero no me arrepentía; mi amor por los animales lo dispuso así.



Llevo unos años trabajando como conductor de carretillas elevadoras, en una empresa de construcción.



Para concluir, voy a recordar una anécdota vivida y contada por el doctor Cristian Barnard.
-"Había comprado dos chimpancés en una colonia de primates en Holanda. Durante meses vivieron juntos, aunque en jaulas separadas, en la sala de espera de mi laboratorio, y muy animados “hablaban” sin cesar. Estaban destinados a la investigación de trasplantes de corazón y actuarían como donantes.
Llevamos uno a la mesa de operaciones. No soportó la prueba. Cuando sacamos el cuerpo y pasamos por delante del otro chimpancé, éste lloraba amargamente, y continuó llorando durante días.
El incidente causó una profunda impresión en mí. Nunca más experimenté con seres tan sensibles".
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Autor: Bryan Jackson – Londres, Inglaterra.
Traducción: Gorka Ibarra


http://www.vivisectioninfo.org/
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Texto incluido en el libro "POR LOS ANIMALES" - Un viaje a la ternura.




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LOS ANIMALES; EL SILENCIO DE LOS DÉBILES.
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PUBLICADO POR RICARDO MUÑOZ JOSÉ