Tu trato con los animales hablará de ti mejor que tus palabras -R.M.J.

lunes, 1 de junio de 2009

El burro Perico, un recuerdo interminable.

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¿UN ASNO INCONFORMISTA QUE HUÍA DE LA POLICÍA?

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En Santa Clara, ciudad que marca el corazón geográfico de Cuba, desde el diáfano cielo se descuelga la luz a sumarse a la belleza del lugar. Allí el verde se ayunta con la arboleda colmada de nidos, y los pájaros en rasantes vuelos ponen chispas de vida en el aire.
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Santa Clara se abre generosa a los ojos del turista. Y si éste recorre las calles deleitándose con sus parques y sus paseos, al desembarcar en los barrios periféricos, hallará en una plaza color esmeralda una escultura metálica de un borrico. Ciertamente, su extrañeza se vestirá de interrogante al ver la estatua de casi tres metros instalada sobre el césped. Si averigua quién es el personaje que atesora el metal, le dirán: "Es el burro Perico".
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Este pintoresco burrito trazó su andadura en Santa Clara y allí se afianzó en el cariño de todos. La población lo mantiene entero en su recuerdo, y su historia se transmite de generación en generación.

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En la tercera década del siglo XX, un hombre humilde, Bienvenido Pérez Lea, viajó a Cerro Calvo a adquirir un burro para que lo ayudara en su tarea de comprar y vender botellas. Lea se presentó en la finca Los Pacheco. El primero que le mostraron le gustó, y, tras pagarlo, le puso de nombre Perico. En ese conciso momento, el hombre y el burrito ensamblaron sus destinos.
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De la mano de Lea, Perico llegó a la capital, y fijó residencia en una botellería que existía en la actual calle de San Cristóbal.
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No obstante, su debut como animal de tiro del carretón de Lea se postergó, pues una desatenta gripe acostó al hombre por un mes. A fin de que el traqueteo ciudadano y Perico se conjuntaran, Lea pidió a Victoria, su mujer, que prestara el jumento a su primo Eusebio, y que tirara del carro de los helados.
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A Perico no le gustaba Eusebio por su afición al látigo, y a Eusebio no le satisfacía Perico porque era cachazudo y se escapaba, y él debía ir a buscarlo a Cerro Calvo. Siempre se dijo que el asno retornaba a la finca atraído por una burrita blanca que le endulzaba las orejas con rebuznos de amor. Se habló de un rapto de romanticismo, y también de la dureza de la soltería cuando la urgencia llama. Sin embargo, al ser un burro capón lo de la soltería no rimaba con urgencia. Así siendo, los más retorcidos aseguraron que la burra blanca no existía y que se trataba de un burro blanco...
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Pese a los desencuentros, Eusebio y Perico optaron por la mutua tolerancia. Empero, la tolerancia suele tener aliento corto, y el heladero explotó por el numerito que se montó el burro en el paradero de trenes. Una tarde encapotada, los truenos y los relámpagos, precursores de la tormenta, asustaron al animal. Perico corcoveó presagiando el peligro. Al arribar el aguacero, Eusebio corrió a guarecerse en la caseta de la estación, y dejó al burrito amarrado a un poste. Mas, aquella tarde, burro y lluvia no congeniaron. Perico dio el tirón y puso rumbo a la casa de Lea, dejando en la espantada un reguero de recipientes y de helados adornando el camino.
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Eusebio no dio ninguna explicación y Lea no se lo prestó más.
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Pero, Victoria, con el marido en cama y los gastos cortándole el respiro, se lo alquiló al dueño de un carro conocido por la "ferretería ambulante". Perico trabajó sin desmayo a cambio de nada. Concluida su "participación" en el negocio del metal, pasó a "colaborar" en la recogida de torcerolas(una especie de barril) de manteca.
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Finalmente la alianza laboral Lea-Perico echó a rodar. Lea, ergo sacudirse la gripe, plantó su presencia en el pescante del carretón, con el borrico entre las varas haciendo del sufrimiento una labor monótona y sin brillo. La ciudad entera los vio pasar multiplicando recorridos bajo un Febo abrasador y con la brisa ausente, para regocijo de Lea y fatiga de Perico, que acarreaba hasta un millar de botellas en cada viaje, además del carretero y algún familiar o amigo.
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El burrito se habituó a prensar con sus cascos las empedradas calles, en jornadas de aliento largo y descanso corto. Consiguiendo con su inalterable mansedumbre la amistad de la gente.
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En este ir y venir se amontonaron los días hasta formar quince años, con muchos millares de botellas hermanadas al cansancio del asno.
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El negocio de Lea creció en la misma medida que Perico envejecía. Y apenas los ahorros compusieron la suma, en la botellería hizo su entrada un camión.
El borrico, con la vejez en los músculos y el pedido de descanso en los ojos, contempló sin encono el arribo del "competidor".
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Lea, con una suave caricia en el lomo le concedió la libertad. Y junto a la jubilación, le otorgó de por vida una ración diaria de abundante y apetitoso maíz. A la mañana siguiente se produjo el relevo.
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Entonces el burro, enarbolando la bandera de la libertad, y ya con los esfuerzos, los azotes, y la cuerda atada al cogote archivados en el pasado, empezó a esculpir la dimensión de su historia. Alternado andar cansino y trote leve, insistió en empalmar los trayectos de siempre, aunque ahora movido por los hilos de su instinto.
Al principio su ambular levantó polvaredas de oposición, ya que muchos no admitían que un animal se paseara libremente por las calles. Sin desanimarse, Perico escuchó la voz de la cordura, y aunando empeño, buen talante, y reiteración de paseos, disolvió el témpano de la reticencia. La gente lo mimaba y los niños le ofrecían caramelos, que él saboreaba con fruición de sibarita.
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Amparado en el telón de fondo de la aceptación, en un tris apareció su vertiente creativa: con el hocico acariciaba puertas y ventanas, y la gente le agradecían la visita dándole pan, su comida favorita. El asno memorizaba las casas y volvía cada jornada a pedir más. El quehacer del burrito gustaba, y nuevas personas se fueron agregando a la invitación con tal de verlo comer. Obtenía tanto pan diariamente, que un vecino comentó por lo bajo: "A este paso, el Perico se va dedicar a la reventa de pan".
Lo curioso era, que el burro nunca aceptaba agua para bajar la comida. A no ser la de Victoria, que lo recibía con un balde lleno a su regreso cada atardecer. Dicen, que ante tanta agua fresca Perico rebuznaba de alegría.

No obstante, cierto día se produjo un inesperado cambio: siguió rehusando el agua pero empezó a aceptar la cerveza. Primero en los bares, luego en las casas. Daba gusto verle el morro lleno de espuma; parecía que se iba a afeitar.

Empero, el burro, al igual que los hombres burros, claudicaba frente al exceso. Una vez, con menos sensatez de lo aconsejable y más cerveza de lo conveniente, resolvió enfilar para la botellería. Pisó el empedrado agitando las patas igual que si bailara una rumba, y engañado por la borrachera vio la calle llena de sinuosidades, y en una de las sinuosidades un automóvil que venía en su dirección. A fin de esquivarlo, tomó una ondulación. Justamente la misma ondulación por la que se aproximaba el coche. Entonces, la coincidencia los enfrentó con este saldo: un vehículo abollado, el burro pateando al aire tumbado en el suelo, y el conductor huyendo a los saltos como si temiera perder la virginidad.

Más quebrantado que promesa de novio, lo llevaron a la botellería.
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Al saberse lo ocurrido, la gente contuvo la respiración. Los niños lloraron intuyendo lo peor. Y los viejos sonrieron al pensar en el conductor, saltando tal si tuviera una brasa en el calzoncillo.
El desfile en casa de Lea no se hizo esperar. El matrimonio, gastando paciencia, a cada visitante le pasaba el "parte médico diario".
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Pero, ¿un coche antiguo iba a ser el verdugo de tan singular animal? ¡No! Perico superó los dos malos tragos; el de cerveza y el del atropello. Y para júbilo de todos retomó sus itinerarios. Eso sí, el accidente le enseñó el sentido de la palabra prudencia, pues, aparte de medirse en la cerveza, antes de cruzar una calle se detenía, estiraba el cogote como si espiara a la vecina, y miraba hacia todos lados, inclusive arriba, porque ya desconfiaba hasta de los aviones.

Muchos intentaron utilizar la popularidad del burro, a fin de enfatizar sus tesis moralizadoras. Desde el politicastro pasado de rosca al personajillo de la prensa, buscaron adornarse centrando sus ataques en Lea, al que acusaban de haberse enriquecido con el trabajo del asno, y ahora Perico vivía de la mendicidad.

Cuentan que el edificio del periódico El Mundo, casi desapareció sepultado por las cartas de reproche, ya que era de dominio público el cariño existente entre Lea y el burrito.
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Registran las crónicas de la época, que el asno hallábase enfrente del Café Villaclara. Y Lea, al verlo cabizbajo, como hundido, fue junto a él. Lo notó afiebrado. El hombre con voz entrecortada, le dijo:
-Estás enfermo. Vamos pa la casa.
El burrito obedeció y regresaron a la botellería.
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Al otro día, el 26 de febrero de 1947, Perico se apeó de la vida.
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La causa nunca quedó clara: una versión habla de muerte natural porque sus huesos cedieron a la vejez y la vejez le paró el corazón, y otra afirma que falleció por una excesiva ingesta de boniatos.
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Su fallecimiento conmocionó Santa Clara, y puso sombras de luto en todas las miradas. ¡Fue un hachazo desgarrador! La perplejidad superó a la capacidad de asimilación, y los comentarios corrieron con la coherencia trastabillando en un errar perdido. Parecía que con la desaparición del animal se había ido la razón de la existencia.
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El pueblo, fiel a su amado burro, quiso enterrarlo en el cementario local para que yaciera junto a sus seres queridos. Pero, Lea, con la venia del Ayuntamiento y previo consentimiento del Gobierno Provincial, optó por sepultarlo en el patio de la botellería.
-Si regresaba todas las tardes a dormir en casa, en casa dormirá pa siempre -sentenció Victoria.
Con las manos húmedas en lágrimas, palada a palada el pueblo cavó la sepultura del inolvidable burrito.
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La esquela que apareció en los periódicos, notificando las exequias para las cinco de la tarde, concluía diciendo: "Se fue el asno Perico, pero nos dejó su filosofía de amor y de amistad".
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A la hora de la despedida el sol se negó a comparecer. La vegetación, atribulada, arrió sus ramas. La elegante coreografía de pájaros y mariposas detuvo su andar, y la penumbra se acurrucó en el friso de las cosas. La ciudad se detuvo. Obreros, comerciantes, maestros, alumnos, y personas de toda condición social, formaron una multitud transida de dolor. Flores y coronas se amontonaron junto al cuerpo de Perico.
El senador de la República, doctor Elio Fileno de Cárdenas, asistió al funeral representando a las autoridades de la nación. En medio de un espeso silencio, y con un discurso pleno de tristeza, el asambleísta lo despidió a pie de tumba.
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La historia recibió al burrito en su regazo, y su fama inspiró programas especiales de radio, y elogiosos artículos en la prensa nacional. Incluso, el The New York Times, tituló una crónica con estas tres palabras: "Perico has died" (Perico ha muerto).

El soplo del tiempo agigantó la figura del animal. No obstante, él sigue a la espera de un poeta que le cante, de un músico que lo arrulle, de un escritor que en un libro inmortalice su sentido de la amistad. Pues, hasta hoy, sólo en el cobijo del metal halló su sitio hecho escultura.

Van sesenta y dos años desde su mutis, y el burro permenece inalterable en la memoria de todos. Y aunque Perico habita en la ausencia, sus anécdotas perduran y continúan burbujeando en las calles de la ciudad que amó y lo amó.
Pero, aún nadie sabe cual de estas facetas define su personalidad.
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¿Fue un galán?
Cuentan que alguien le puso una flor en la boca, y el borrico se encaminó hacia una anciana - sentada en la puerta de su casa- y se la echó en la falda. Después, con aire ceremonioso bajó la cabeza en una inclinación de cortesía. La mujer miró la flor, miró al burrito, y pensó:
-Si mi marido viviera se mordía los bigotes de celos.
Desde ese momento a la viejita la llamaron "la novia de Perico".
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¿Fue un ciudadano distinguido?
En las aperturas de los carnavales, el asno era un invitado de honor. Tenía un espacio exclusivo, y se quedaba ahí durante la fiesta presumiendo de personaje. Mientras, a su lado, un cuidador de vez en cuando en un plato le servía cerveza. Desde lejos, Victoria y Lea se divertían viéndolo tan figurón, secándose la espuma a lengüetazos.
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¿Fue un parrandero?
En las noches siguientes, y ya libre de la invitación de honor, participaba de los desfiles carnavalescos integrando la comparsa Los Pilongos, y dejándose llevar por el embrujo de la música bailaba como el que más.
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¿Fue un agitador estudiantil?
Con los estudiantes del Instituto de Segunda Enseñanza, intervenía en sus reivindicaciones, y supo encabezar una manifestación con carteles colgando de su lomo, en protesta contra la cacareada e impopular "Prueba Selectiva".
En otra ocasión salió portando carteles en los que se leía "Abajo Batista" (el presidente), y también "Abajo el Director" (del Instituto), porque con la anuencia de los politiquillos de turno, autorizaba a algunos "líderes estudiantiles" a hacer colectas en favor del estudiantado, y luego se embolsaba el dinero.
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¿Fue un inadaptado a las buenas costumbres?
Con total discreción se sabía colar en el Parque Vidal a darse panzadas de césped, por eso todos los días hacia allí orientaba sus pasos. Mas, cierta vez, su intención se frustró por culpa de dos puntos de vista no convergentes: el burro, habituado a ese recorrido, se topó con un joven policía -de reciente aterrizaje en la ciudad- que le ordenó no avanzar. El borrico, al no comprender que aquel señor tuviese autoridad para frenarlo, no aceptó la "invitación" a suspender la marcha y olvidarse del banquete con la hierba mejor cuidada, e insistió en su propósito. El agente, a fin de espantarlo, inició una actuación repleta de mímicas y ademanes a brazos tendidos, asociados a una repetición de voces, silbidos y gritos de los vaqueros que él veía en las películas. Al poco rato, el incidente derivó en espectáculo cómico, ya que las personas presentes se partían de risa.
Entonces, el policía, intimidado por el ridículo (sobre todo ante las chicas que le gustaban), y viendo que el burro se hacía el burro, la emprendió a bastonazos con el animal. Perico soltó una sonora ventosidad, pero se mantuvo firme. El vigilante, encocorado por la falta de respeto, le sacudió otra lluvia de golpes.
La gente que amaba más al borrico que a la rigidez policial, montó en cólera y amenazó con linchar al novato representante de la ley.
Sin embargo, el joven guardián del orden tuvo un minuto de suerte, ya que en ese instante un sargento de la Policía se acercó al lugar. Una suerte relativa, puesto que el sargento, con más ostentación que un pavo real, lo reprendió delante del gentío. A voz en cuello le soltó:
-¡Los animales tienen el mismo derecho que cualquier ciudadano de la República!
El agente bajó la cabeza, y se marchó más arrugado que el pescuezo de una vieja.
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¿Fue un transgresor de las ordenanzas municipales?
Un día Perico tuvo un mal día, ya que un alcalde apellidado Artiles, se asomó por una de las ventanas del Palacio de Gobierno, y lo vio pastando tranquilamente en los jardines del Parque Vidal. Indignado, el alcalde mandó a un policía a detener al burro por comerse el césped público. El uniformado, sabiéndose observado por la primera autoridad de la capital, quiso hacer buena letra; se quitó el cinturón y se lo pasó por el cogote. Y con una mano sujetándose el pantalón y con la otra arrastrando al burrito, se lo llevó preso.
Ypso facto, los vecinos y los estudiantes tomaron la calle en espontánea manifestación.
Ante la magnitud del descontento el alcalde se echó atrás, convencido de que por ese camino peligraba su reelección. Por lo tanto, ordenó la urgente libertad del asno, con la estricta prohibición de pisar el Parque Vidal.
En solidaridad con el animal, e interpretando el sentir del borrico, alguien le colgó del cuello un letrero con esta frase: "No voten a Artiles porque no me deja comer en el parque".
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De sendos choques con la autoridad, Perico memorizó el azulado uniforme de los policías, y cuando llegaba a la acera de enfrente del parque, alargaba el pescuezo espiando en todas direcciones. Y si veía un agente, reculaba en puntillas con pasos de ballet. A una distancia prudencial salía al galope como si llevara un petardo en el trasero, y precipitadamente se largaba por la primera bocacalle.
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Ahora el turista comprenderá porqué la escultura del burro Perico está sobre el césped. Si bien, el sitio idóneo siempre será el que indica la foto siguiente: el Parque Vidal.
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Ricardo Muñoz José
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Reminiscencia elaborada con los datos obtenidos en Internet.
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25 comentarios:

BIRA dijo...

Hola, Ricardo. Gracias por hacerme llegar esta historia. Es preciosa y está muy, pero que MUY bien escrita. Da gusto leerla.

El burro, el pobre burro, tan apreciado cuando era útil al ser humano, y una vez que éste pudo prescindir de sus servicios... hasta luego, Lucas! Qué típicos somos los seres "racionales", no?

Encuentro, además, que es una pena que habiendo tanto burro de dos patas, los de cuatro estén en peligro de extinguirse. Qué lástima!

Un beso, Ricardo.

Odi Marley dijo...

Perico es entrañable. Su comportamiento y su entrega en la amistad, hacen de este burrito un personaje difícil de olvidar.
Los habitantes de Santa Clara estarán orgullosos, y con razón, de haber contado con la compañía de un animal tan singular. Espero que el amor del pueblo consiga inmortalizarlo con una escultura instalada en el Parque Vidal.

Ricardo, gracias a ti hoy me siento feliz, he conocido la historia de Perico a través de la gracia y la ternura que caracterizan tus escritos.

Un saludo.

Carles Codina Calm dijo...

Como siempre, un placer leer tus palabras y tus historias..

Alejandro dijo...

¡Muy bueno, Ricardo! Perico es un burro inolvidable, pero tu forma de presentarlo es excelente.
Me he reído y me he entristecido.
Aunque, se te nota un aire de reproche cuando dices: "trabajó sin desmayo a cambio de nada". Es que los burros de dos patas sólo saben esclavizar a los burros de cuatro patas, y cuando dejan de servirles "Adiós y que te vaya bien, y si no te veo que te pise un tren".
Ahora, la gente de Santa Clara, merece un aplauso por su comportamiento; ellos amaron al burrito que los amaba.

Un diez para la historia, y un diez a tu fino trato con las palabras y a tu sentido del humor.

Sí, señor, un buen trabajo.

Un abrazo desde Guatemala

madrileña dijo...

“Un borriquito como tú”, decía la letra de una canción de mi infancia. Y eso querría yo, un borriquito como tú Perico.
Tu historia se queda en mi corazón.

Gracias Ricardo por ponerla en el blog. Sin ti nunca habría conocido un burrito tan entrañable.

Un beso.

churrinche dijo...

Para que los perros no se lleven todos los aplausos, aquí tenemos al burro Perico, el burro más inteligente de todos los burros (al menos para mí).
Los cubanos, que amaron y protegieron a Perico, se merecen el premio que Perico les dejó; un montón de anécdotas difíciles de olvidar. Anécdotas llenas de gracia y de ternura en las que aparece la originalidad, pero no como algo premeditado, sino como fruto de la improvisación. El burro que sacrificó su vida para mejorar la vida de un humano, y los humanos que mantienen vivo el recuerdo de su burro, reflejan exactamente la filosofía existencial de la gente de Cuba.

Ricardo, otra narración impecable.

Salu2 desde Uruguay, el país que tiene un río de una sola orilla.

Thiago dijo...

Olassssssss Ricardo, Claro, ya sabía yo que la historia del burrito era tuya pq está llena de tu humor y de tu gracia y de tu buen hacer.

No se si nos metes una trola o estas historias son ciertas pq le das ese aire de biografía "animal" podíamos decir, jajaa poniendo nombres hasta de los alcaldes.... pero vamos, es igual. Tu historia es conmovedora y está llena de amor por los animales.

Eso si, quizás en vez de humanizar a Perico, deberíamos pollinizar a muchos humanos, ¡y mejor nos iría a todos! jajaja.

Bezos, Ricardo y ¡enhorabuena! porque la ironía que tus escritos destilan y el buen hacer, siempre me sacan una sonrisa y una gran diversión en su lectura, jajaja

Bezos.

Carlos Eduardo Vásquez - Comunicador, Catedrático y Corrector Literario dijo...

Me gustó mucho la reseña del famoso burrito. Veo que te estás encaminando hacia otro libro con un tema muy definido: las historias de animales. Estoy seguro de que muchos grupos proanimales estarían gustosos de publicar un racimo de tus mejores historias.

Gracias por compartirlas.

Fuego Negro dijo...

Este relato navega en ese filo donde lo increíble y lo tierno aun encuentran repara. Mi sombrero a las rodillas por la fluidez y por esa manía de volver a donde bien me invitan...he de decirte que las letras fluyen y han pasado la mas dura de las pruebas....lo imprimí y se lo lleve a mis hijos...estaban fascinados y lo que mas me llamo la atención es que jamás pusieron en duda la veracidad de la historia, y uno, viejo lector ya duda hasta de su sombra...la historia es maravillosa y la forma en que llega a los mas severos jueces es tan natural como el mejor cuento de esa abuela de los recuerdos

Lenny dijo...

Hola Ricardo, gracias a vos, estoy conociendo la vida de muchos animales que hicieron historia en diferentes rincones del mundo pero, lo mas importante que dejaron una huella profunda en la vida de las personas. Es una historia muy linda, me deleite leyendola... muchas gracias!.
Un abrazo, Lenny

nora dijo...

Un burro con nombre de loro, qué curioso. Perico es encantador, tierno, gracioso y sociable. ¿Habrá existido otro burro así?
Ricardo, muy conmovedor el momento de la muerte y el de la despedida, como triste es la actitud de la gente que lo amó. Pero, las anécdotas, eso es cosa aparte; hacen reír al más amargado.

En Paraguay, uno de nuestros iconos es la “barrerita”, esa mujer campesina que viaja toda la noche a lomo de su burro cargada de frutos de producción propia, para estar a primera hora en la puerta del mercado de la capital y allí vender su mercadería a precio de lástima.
Por eso deduzco que en la medida que el pueblo paraguayo lo vaya conociendo, Perico se va convertir en un héroe, porque aparte de ser el burro un animal amado, aquí existe un rechazo a los uniformes, y más a los de la Policía.

Ricardo, mi recuerdo se queda con Perico, y con vos mi admiración.

Un saludo desde Asunción, Paraguay.

walter dijo...

¿Esta es la historia de un burro? Si después de leer esto, me parece que el burro soy yo por no haberlo conocido antes. Es que no tengo perdón. Con la buena piña de años que ya tengo y recién ahora me entero que Perico anduvo por este mundo.

Le agradezco a Perico su vida y sus anécdotas, y a vos Ricardo, te agradezco haberla contado con tantos guiños divertidos. Eso de espiar a los policías está impagable.

Pienso que los cubanos, que tanto lo amaron, deberían divulgar la historia de su burro, para hacerle justicia al pueblo que lo amó y al animal por su ejemplo.

¿Por qué no se enseñan historias como estas en las escuelas? A los niños más chiquititos siempre le sacuden los cuentos imaginados, pero, ¿y estos que son de verdad? ¿Para cuándo? Las autoridades educativas ecuatorianas deberían leer la vida de Perico y aprender.

Amigo Ricardo, un saludo desde Quito.

Fin Maltrato Animal dijo...

Acabo de ver la historia del Burro Perico y lo cierto es que su lectura deja un sabor agridulce. Algo tienen los burros (irracionales) que inspiran una ternura especial.

No digo que Perico tuviese una vida fácil y hasta que llegaron sus días de farra, cervezas y devaneos amorosos, pasó muchos años soportando el peso de la pobreza de su amo. Pero a este animal al menos le llegó su "retiro" y con él sus jornadas como activista, farandulero, tabernario y hasta conquistador.

Cierto es que durante ese periodo topó con algunos elementos de la autoridad que le molieron a palos y le sancionaron, pero ya se sabe lo que para algunos representa el uniforme y como dice el gran Facundo Cabral, ¿qué es un General en pelotas?.

Siento una lástima infinita por los burros y me aterran las condiciones en la que todavía hoy se encuentran los pocos que sobreviven, explotados en ferias, atados a carruseles y norias o tirando del carro al que va subido el más animal de ambos.

Normalmente sus dueños son miserables, también en el aspecto económico, y eso acrecienta la indignidad de su utilización, porque ni tan siquiera tienen la disculpa de estar sacando de la pobreza – material que no moral – a los suyos gracias a la cruel existencia a la que obligan a estos desdichados seres.

Nunca he escrito nada sobre la situación en la que están los burros y lo cierto es que a menudo he pensado en hacerlo porque consiguen estremecerme las condiciones en las que viven, pero no me he atrevido a redactar ese artículo ya que mi ignorancia sobre este tema es casi absoluta; tendré que buscar información y rescatarlos del olvido al que los tengo sometidos, no por indiferencia, sino por desconocimiento.

Gracias Ricardo, por darnos a conocer la peculiar historia de este burrito y también porque con ella me has recordado la "obligación" de saldar una cuenta que tengo pendiente.

Salud Compañero.

Julio Ortega

ads dijo...

Son pocas las historias donde los protagonistas son burros. Que historia tan hermosa Ricardo y que bien contada. Me gustó mucho.

Inés dijo...

Estoy medio de acuerdo con Ads, no estamos acostumbrados a historias de burros pero de los de 4 patas, porque de los burros de 2 patas hay muchas y terrorificas Estoy segura que si Perico hubiese vivido en la epoca actual en vez de agua, pan y cerveza recibiria patadas y pedradas.
Un gusto leerte como siemre, Ricardo. Un abrazo

Nacho Carreras dijo...

Hola Ricardo:
Gracias por contarnos esta entrañable historia de este burro tan querido.
Saludos.

Pedro dijo...

Estimado Ricardo:

La historia que nos has contado, son de esas que deben quedar para siempre en el recuerdo de lo humano, en nuestra propia biografia, porque sin duda es una historia hermosa y callada, valiente y triste, olvidada y rescatada por tu pluma en tu ventana hacia el mundo de lo humano. Has expresado con claridad ese acercamiento que tienes en tu ser hacia los mas indefensos, hacia aquellos que no tienen voz.

Por otro lado, Perico, que se llamaba como yo, ha hecho gala de un comportamiento digno de un burro y que por ello, deberíamos dejar de llamar burros despectivamente a los que consideramos dentro de nuestra especie, tozudos o incultos, porque en este caso y como representación de todos los burros, Perico ha sabido dejar bien alto el pabellón de los burros que hoy en día se están extinguiendo.

No me importaría que en el colegio me pusieran las orejas de burro como burla o castigo, pues con esta historia, sería un orgullo y un honor caminar a su lado.

Un abrazo fuerte y gracias por tu hermoso mensaje de amor y de romper la barrera de las especies.

Pedro Pozas Terrada
Director Ejecutivo
Proyecto Gran Simio (GAP/PGS-España

Dragon dijo...

Gracias por esta hermosa historia Ricardo. Perico es inolvidable, Bira tiene razón, los verdaderos burros son algunos que andan por ahi con 2 patas. Creo que en todos los paises debería existir a lo menos una escultura dedicada a algun animal, que sin duda debe existir mas de uno que ha dejado su huella, como Perico. Saludos desde Chile,

Carmen dijo...

Hola Ricardo, gracias de todo corazón por habernos contado la historia de Perico, un burrito muy sociable y coqueto (me parece la mejor definición para él ya que fue un burro fino). Lástima que haya tenido que trabajar tanto (y cómo vos decís; a cambio de nada). Pero lo bueno, y quizás el único premio que recibió en su vida, es que tuvo el cariño y el aprecio de mucha gente. Y a pesar de los años transcurridos desde su muerte, ese cariño se prolonga en el tiempo. Aún lo recuerdan como algo imperecedero; como algo inmaculado, inviolable.
Con tu pluma y sentido del humor. le has rendido un cálido homenaje.

Saludos desde Mendoza, Argentina.
Carmen (Animalandia.org)

Alvaro dijo...

Ricardo, viejo camarada, las historias que escoges son hermosas, pero con tu particular estilo narrativo las conviertes en algo tierno y gracioso a la vez.
Perico fue un burro ejemplar, más inteligente que cuatro de los llamados hombres, y su paso por la vida nos ha dejado una huella muy profunda, ya que todavía se respira su amor por la gente y su buen hacer compartiendo la ciudad con esa gente que él amaba y que tanto lo amó.

Ahora, y como dijo el amigo Walter de Ecuador, ¿por qué a los niños se los educa con cuentos imaginarios (de grandes autores, pero de ficción), siendo que existen tantas historias reales como la de este burrito, y otras muchas de animales ejemplares que Ricardo nos ha ido contando? ¿Es que nadie nota el fallo al alimentar la fantasía en detrimento de lo verídico? ¿Entre tantos animalistas nadie puede hacer nada al respecto?
Las autoridades que velan por la educación infantil deberían leer este blog. Si lo hicieran, estoy seguro que otro gallo cantaría.

Un saludo, Ricardo

J.Carlos dijo...

Me encantó la historia del burrito. La encontré más divertida que triste. Su modo de andar entre la gente, su comportamiento fino y continuo, y el amor que sembró partiendo de su amor animal, me hace pensar que ser llamado burro es homenaje que se hace a la inteligencia.
Eso sí, también pienso que se le debe rendir más honores. ¿Las letras, la música y las bellas artes, dónde están? Ocuparse de la historia de Perico enaltece la obra de cualquier artista.

Burro Perico, para mí no eres burro (y menos un loro, aunque lo insinúe tu nombre); eres un ejemplo a imitar. Por eso serás inmortal.

En cuanto a lo dicho por Álvaro y Walter, me parece acertado. ¿Por qué enseñar a los niños historias de ficción, cuando tenemos numerosas que son verdaderas? En todos los colegios se debería leer la vida de tantos perros heroicos, y ahora, de un burro, para que la realidad comparta protagonismo con las inventadas. ¿Tiene más valor una serie de dibujos animados, que una serie sobre animales ejemplares? Eso sí. Se debería leer la versión que Ricardo hace de cada animal. En su prosa descansa la ternura y el afán de justicia.

Entre los animalistas debe haber gente con influencia. Por favor, no pasen al olvido esta oportunidad de dar a conocer historias de verdad, y, a la vez, a un escritor de talla relevante.

Saludos.

verboenazul dijo...

El burro Perico es dueño de una historia impresionante.
Huye totalmente de las fábulas de Esopo para adentrarse en la más tierna realidad. Su vida es triste por lo que tuvo que vivir, pero divertida por lo mucho que disfrutó en su vejez. Supo convivir entre la gente, y fue dejando a su paso ese amor que sólo los animales son capaces de ofrecer. Reconocer su inteligencia es homenajear a todos los burros.
También pienso que aún se le debe honores pues aparte de ti, Ricardo, y del escultor que hizo su escultura, nadie más se ocupó de él. En mi caso, como lo mío es el ballet, me gustaría que alguna compañía, especialmente el ballet cubano de Alicia Alonso le dedicara una obra al estilo Cascanueces. Integrar ese espectáculo sería un honor para mí.

En lo referente a lo que se propone en otros comentarios, me parece acertado que se deje de lado la enseñanza de tantas historia de ficción y a lo niños se les ofrezcan historias verdaderas. En cuanto a que se utilicen las versiones de Ricardo no sólo lo considero un acierto, sino que sería hacer justicia con este maestro de la prosa narrativa.

En manos de los animalistas queda esta sugerencia.

Ricardo un saludo dominicano

Carla dijo...

La historia del burro Perico transporta a una parte de la vida que no conocemos; la relación humano-animal vista desde el ángulo del animal

Este burrito tuvo una existencia muy equilibrada; triste y divertida. Triste por los años de continuo sacrificio que vivió, pero divertida de acuerdo a las anécdotas que le sobreviven. Me ha hecho llorar y también reír. Perico ya está en mi corazón.

Me encantó la idea de Verbo En Azul. Sería maravilloso ir a ver ballet y presenciar una obra dedicada al burro Perico. Y más si lo escenifica el ballet cubano de Alicia Alonso. Y para completar el disfrute me haría feliz ver en escena a Verbo En Azul.

Creo que la gente tiene razón, ya estamos hasta el moño de tantas historias de ficción contadas a los niños. Los niños deberían aprender historias verdaderas. Y si son las versiones de Ricardo, mejor que mejor.

Un beso, Ricardo

Carla dijo...
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Yaiza dijo...

La historia del burro Perico tiene un encanto especial. Es tierno y sufrido, pero bohemio y dicharachero. Me parece que los cubanos se sentirán muy orgullos por haberlo tenido con ellos. ¿Algún día le harán un monumento en el césped que más le gustaba, el sabroso césped del Parque Vidal?

Aunque es muy buena la idea de Verbo En Azul, a mí no me atrae el ballet. Lo que sí sería maravilloso, al menos para la juventud, es un musical dedicada al burro Perico. Al estilo El Rey León. Sería una pasada ver al burrito paseando los carteles que le colgaban los estudiantes.

Pienso que es verdad; ya estamos machacados con tanta Pato Donald, Ratón Mikel o perro Pluto. Es hora que los chiquillos escuchen y aprendan historias verdaderas. Ricardo ya tiene una colección de animales ejemplares, y las escribe como nadie. Esas historias se deberían divulgar.

Ricardo, un saludo desde Las Palmas de Gran Canaria.