Tu trato con los animales hablará de ti mejor que tus palabras -R.M.J.

lunes, 1 de junio de 2009

Bobby, el perro que vive en el tiempo.

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¿A TODOS LOS POLICÍAS DE GRAN BRETAÑA SE LES LLAMA BOBBY EN HOMENAJE A UN PERRO?
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Esta historia tuvo lugar en Edimburgo (Escocia), ciudad de casas encantadas gimiendo en ruidos inquietantes, de fantasmas errantes transitando las tinieblas sin hallar asidero para el descanso, y, en la que aún colea el tétrico tiempo de los ladrones de cadáveres*.

En la mitad del siglo XIX, cuando la pésima economía de Gran Bretaña ahogaba a Jonh Grey (Jock), un humilde jardinero, el dedo de la urgencia le mostró el camino del escape de la miseria. Y para darle un vuelco a sus penurias con su familia se estableció en la capital.
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Era mala época para la jardinería, por lo que Jock archivó el cuidado de las plantas y se decantó por el cuidado de los vecinos, haciéndose policía. Y, remando contra el viento, convirtiendo en elástica la paga, exprimió cada moneda hasta lograr que su familia pisara terrenos de estabilidad. Sin embargo, a la vida familiar le faltaba un elemento que completar su arraigo y alegrara la dureza de aquellos años. La palabra adopción se asiló en los corazones. A los pocos días un perrito hizo su entrada en la casa.
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Era un skye terrier (raza canina originaria de la isla de Skye, de reconocida lealtad y carácter extrovertido). Lo llamaron Bobby. - - - - Y Bobby, tal vez pensando en aliviar la diaria lucha por el pan, devino en compañero inseparable de Jock; donde iba el hombre, cual una sombra peregrina el chucho lo seguía. La afinidad definió al dúo: uno sin el otro no podían vivir. Jornada tras jornada Bobby acompañó a John en su labor policial, participando de las patrullas como un agente más. La tierna amistad atrajo la simpatía de todos. Bobby obtuvo el reconocimiento de los otros policías, siendo querido y respetado cual un camarada integrado en el cuerpo.
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En 1860, un capitán de la Marina británica visitó Edimburgo, y la impresión positiva de ciudad culta, con bonitas edificaciones y suntuosas obras de arte, se enturbió por un detalle; la población usaba relojes y había relojes en los edificios públicos, pero todos marcaban una hora distinta. Un año después, y gracias a su mediación, la anomalía se subsanó. A fin de que todos pudieran ajustar el suyo, todos los días a las trece horas en punto, desde la explanada del Castillo de Edimburgo se disparaba una serie de cañonazos (costumbre que se mantiene hasta hoy).
.El sargento Scott -gran amigo de John Grey, y que cumplía servicio en el castillo-, trabó una buena amistad con Bobby, y acostumbraba llevarse el perro a su lugar de trabajo. El can se ganó el cariño de los uniformados allí emplazados. El sargento Scott, encargábase de los disparos del cañón de la señal horaria, Y Bobby, aprovechando el descanso de Jock, iba a diario a la colina a presenciar la salva de las trece horas. Ergo los cañonazos, y cuando su estómago requería el almuerzo, regresaba a la casa.
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La amistad de Jock y Bobby fue de corto recorrido. En el interior del hombre residía un poderoso enemigo. Una endémica enfermedad que le afectaba los pulmones, y que en aquel tiempo su nombre producía espanto: ¡tuberculosis! El mal le provocaba dolorosos arrebatos de tos y le entorpecía la movilidad. Sólo Bobby era conocedor de tal desgracia. Cada vez que a Jock lo atacaba la tos, veía que el rostro se le transformaba, como si la falta de aire se lo pintara color rubí. El sufrimiento del amigo abrumaba al perrito, que, con mirada de comprensión y meneando la cola, pegábase a las piernas de Jock, a ocultar en los bajos del pantalón su infinita tristeza. No obstante, John Grey no conoció el rechazo social ni el ineludible despido del cuerpo, porque la muerte tuvo la deferencia de cortarle el padecimiento. ¡La tuberculosis lo convirtió en difunto el 15 de febrero de 1858!
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Por expreso pedido de los compañeros de John, los deudos accedieron a enterrarlo exactamente a las trece horas. El sargento Scott, con el ánimo tiritando en un sollozo, disparó el cañón despidiendo al amigo. Fue el único homenaje que recibió John Grey en su concluyente partida. Lo enterraron en el pequeño cementerio cercano a la iglesia de Greyfriars (Iglesia Presbiteriana).
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Sin lógica que apuntalara el entendimiento, Bobby se ocultó entre las sepulturas y ahí se quedó. Las horas pasaron palpitando en la inmovilidad del sitio. Al oscurecer, con la dicha recluida en el recuerdo y el silencio fustigando su fragilidad, se echó sobre la tumba del amigo. El plomo del pesar lo abatía. Era invierno. El cielo soltaba lágrimas de nieve en la noche aterida, y esculpía la superficie con algodones congelados. El perrillo amoldó al suelo su insonora presencia, y su mirada recorrió las tinieblas como esperanza sin destino. El césped encharcado, las lápidas en pie, y la arboleda sobrecogedora, escoltaban su honda desolación. Se durmió.
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James Brown, el anciano jardinero de la iglesia y también cuidador del cementerio, a la mañana siguiente halló al perro durmiendo arriba del sepulcro. La escena le cortó la respiración. Su vista cansada se anegó ante tamaña demostración de amor. Bobby abrió los ojos. La humedad agazapada en el aire convirtió su despertar en gélido desperezo. Sólo los latidos de su corazón musicando el recorrido de la sangre, componían la savia de su aliento.
El viejo James, aunque perforado por la pena, obedeció las ordenanzas (por anuencia general hallábase prohibido el acceso de perros a la necrópolis) y lo espantó. Bobby permaneció rondando por las cercanías. Cuando se hizo la noche, regresó. Al despuntar de la subsecuente jornada, la figura del animalito acostado encima de la fosa, se estampó delante del sorprendido mirar del señor Brown. Día tras día se fue repitiendo la escena, derivando en una suerte de ritual; James Brown lo expulsaba y con la oscuridad Bobby volvía. Se acomodaba sobre el túmulo, y en el gélido regazo del ambiente se dormía. La baja temperatura lo castigaba con su inclemencia, pero él resistía el álgido ataque; entibiando la tumba y pidiéndole piedad al acoso invernal. Al alumbrar el otro día, James Brown se acongojaba delante del tembloroso ovillo de pelo acurrucado en la fosa, como si desafiando al frío le pasara su calor al cadáver del amigo.
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La familia de John Grey venía a por él. Incluso, el sargento Scott intentó adoptarlo. Pero todo cuajaba en intento inútil; el perrillo huía a la necrópolis y se instalaba en el amplexo de la sepultura. Asimismo hubo vecinos residentes en las proximidades, que por las noches lo llevaban a sus casas. Mas, el perrito se sentía preso y aullaba lastimosamente, hasta que le permitían volver al túmulo del inolvidable Jock.
. En esos años difíciles, el pan giraba en torno a un solo trabajo de largas horas y corta paga. Sin embargo, el bueno de James Brown se jugó el puesto y dejó que Bobby se quedara. El admirable gesto del anciano afloró la sensibilidad de la gente, que arriesgándose a duras sanciones, premiaron la fidelidad del perrillo arrimándole comida y agua tibia.
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Las autoridades del condado y los religiosos de la iglesia de Greyfriars, vencidos por la insistencia del perrito, también optaron por tolerar su presencia. A muchas personas les alegró tal decisión, pues Bobby era como el guardián de los muertos, dado que aún se temía la acción de los ladrones de cadáveres (tan aciagos en las primeras décadas del siglo XIX).

Bobby, más por falta de amigos que por hambre, después de oír los cañonazos de las trece horas, diariamente acudía al Café Traills (un lugar al que iba con Jock en los días felices), y el dueño del local le hacía servir el almuerzo. Su asistencia era tan esperada, que poseía plato propio.

Concluido el invierno, el frío emigró a otras latitudes llevándose su condena de grilletes helados. La primavera llegó. El sol ya escalaba las mañanas acercando ronroneos de caricias y revuelos de sonrisas. Todo había cambiado. La vitalidad de la luz destapaba existencias. Los colores lucían revividos, y en la cima de las piedras se acomodaban los reflejos. Los árboles eran campanas verdes, y los pajarillos aturdían desde la cumbre de los gajos.
El verano se presento, y el sol, astro de fuego y alimento de la naturaleza, con su áureo rostro y diadema de oro, desde muy temprano ardía en el confín de lo desconocido. Durante el día Febo abrillantaba el mármol funerario, y luego del tinte vespertino, las noches navegaban en un insondable mar de estrellas.
El desembarco del otoño teñía de dorado la arboleda, y de su ramaje goteaban hojas secas sobre la tierra callada, dejando tras su paso las copas despobladas y los nidos desamparados. Y otra vez la noche con sus alas ahumadas paseando de tumba en tumba, destejiendo siluetas, trepando el andamiaje de la quietud. Después, la entrada de un sol tímido le aclaraba el camino al nuevo día.
El invierno volvió regalando glaciales manotazos, corriendo cementerio adentro, colocando su afilado soplo en el yerto ambiente. Con el amanecer, el sol saltaba desde el infinito trayendo auroras acunadas en lejanas lumbres.
Así, estación tras estación, año tras año, y Bobby siempre ahí, acomodando su cuerpo en esférica postura, tal si buscara abrigo en la calidez de su propio pelo.
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En 1867, a raíz del aumento de perros abandonados, a veces portadores de rabia (mortal por entonces para los humanos), los gobernantes de Edimburgo endurecieron la normativa, decretando la obligatoriedad de matricular a todos los canes de la ciudad. Y los que no estuvieran registrados los ejecutarían de inmediato. La flamante exigencia complicó la vida de Bobby, pues, luego del fallecimiento de John Grey era un perro vagabundo. Todos lo amaban, pero nadie se había hecho cargo de él ni pagaba su licencia. Y ese status conducía a la muerte. ¡La parca le pisaba los talones y él no lo sabía! ¿Qué hacer? La fuerza del exterminio comenzaba a cercarlo. Sólo su instinto de conservación podía salvarlo.
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El puño del trágico final no cayó sobre sus huesos, gracias a que la fortuna le arrimó una mano amiga; el Lord Provost de Edimburgo, sir William Chambers, al enterarse de la peligrosa situación pagó la licencia que lo amparaba bajo el manto legal. Le puso un collar con una placa en la que se leía: "Greyfriars Bobby from the Lord Provost, 1867-Licensed". Licencia que renovó cada año.
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Bobby salió doblemente favorecido, ya que sir Chambers, apoyado en el amor de la gente hacia el perrito, venció la reticencia de los religiosos de la iglesia de Greyfriars, y ordenó construir una caseta junto a la tumba de John Grey, a fin de que el can se refugiara de las temperaturas más inclementes.
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El tiempo continuó enhebrando calores y fríos, brisas, vientos y nevadas, sin importarle la suerte del animalito que acompañaba al amigo ausente.
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El rudo invierno de 1872, cuando el calendario marcaba el amanecer del 14 de enero, desde la tenebrosidad vino la muerte taladrando resistencias empañadas, y al desplomarse sobre Bobby, cubrió de inmovilidad su destino de arcilla. Los pequeños párpados se cerraron y la respiración claudicó ante la carga de la quietud. Sus ojos ya nunca más verían los navajazos del rayo, ni la arboleda devorada por la niebla, ni las lápidas estremecidas por el viento rabioso. ¡Bobby había muerto! La mano cruel de la parca se lo llevó mientras dormía. Las lágrimas, al inundar el despertar de Edimburgo, estrujó gargantas y destrozó corazones..- --------------------------------------------¡Bobby has died! ¡Bobby has died! -gritaban las voces enmudecidas.

El amado perrito ya era pasajero de un tiempo interminable.
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Su adiós le puso colofón a catorce años de firme compañía. Catorce años consumidos con el fervor de la lealtad, sin ceder nunca a los llamados del bienestar de una casa, ni a las caricias de otra gente. Catorce años con una única imagen engarzada a su memoria; Joch, el amigo del alma.
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El pueblo, por unánime consenso, resolvió que fuera enterrado en el cementerio de Greyfriars, a pocos pasos de la sepultura de John Grey.

La baronesa Angela Georgina Burdett-Coutts, para que la gesta del perrito no naufragara en el olvido, le pidió al artista William Brody una escultura de bronce. El 15 de noviembre de 1873 se inauguró el monumento casi a escondidas, ya que no hubo ninguna ceremonia. Lo emplazaron en la cuesta de Candlemakers. A escasa distancia de la entrada principal del cementerio, y enfrente del Café Traills (que todavía existe bajo el nombre de Bobby's Bar).
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El plato y el collar de Bobby se conservan en Hunt Hose Museum (un museo dedicado a la historia de Edimburgo).
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De él se escribieron muchos libros. Se filmaron numerosas películas, y su vida traspasó fronteras, viajando de boca en boca, en revistas, sellos de correo y tarjetas postales.
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En la actualidad rivaliza en fama con el Castillo de Edimbrugo. Ningún turista que visite la ciudad deja de fotografiarse con la escultura de Greyfriars Bobby.

Pero quizás, la mayor recompensa está reflejada en un hecho; el pueblo británico a todos los policías los llama Bobby, en honor al inolvidable perrito.

No obstante, después de los 137 años transcurridos desde su desaparición, aún flota en la atmósfera de Edimburgo una pregunta: Bobby, ¿fue un mártir de la lealtad?


*- Ver: ladrones de cadáveres, aparición de tumbas con armazón de hierro, y los ataúdes blindados.

Enlaces de interés:
http://www.greyfriarsbobby.co.uk/
http://www.the-grassmarket.com/history/greyfriars-bobby.html
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Ricardo Muñoz José
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Historia e imágenes tomadas de Internet.

25 comentarios:

INES dijo...

Bonita historia, Ricardo, no la conocia. Un ejemplo más de la lealtad de nuestros amigos de cuatro patas. Un abrazo

Mary dijo...

Muy bonita la historia Ricardo. Hay tanto que aprender de los animales no "humanos"...

Un abrazo
Vane

Lenny dijo...

Ricardo, tu me haces llorar, es una historia muy conmovedora y tierna. Gracias! Un abrazo, Lenny

BIRA dijo...

Siempre lo digo, Ricardo, cuánto nos queda a los humanos por aprender de los animales.

Un saludo!

Pedro dijo...

Muchas veces te encuentras con historias que te dejan sin habla. Animales que te aman, historias de amor entre especies diferentes, y siempre son ellos los protagonistas. Esos a los que la gente, mucha gente, los tacha con indiferencia. ¿Y no tienen alma? ¿Y no tienen piedad? Gracias por hacerme conocer esta otra historia. Historias de otros seres que comparten nuestro planeta.

Un abrazo fuerte.

Pedro Pozas Terrados
Director Ejecutivo
Proyecto Gran Simio
(GAP/PGS-España)

Nacho Carreras dijo...

Hola Ricardo,
Entrañable historia la que nos cuentas.
No sé si fue mártir de la lealtad o no pero, impresiona el cariño que estos animales dan.
Saludos.

madrileña dijo...

Una historia impresionante. Contada magistralmente y sobre todo ampliamente documentada.
Si no fuese por la documentación diría que es una leyenda.
Bobby me encantó. Su amor llevado a las últimas consecuencias, hasta entregar la propia vida, es un ejemplo que no se debería desaparecer. Para mí, sí fue un martir de la lealtad.
He entrado en los enlaces y me ha emocionado el cariño con que se lo recuerda.
¿Habrá pensado alguna vez John Grey, que su perrito haría semejante hazaña?
Dormir bajo la nieve no es un chiste. Sólo estando tan motivado, como lo estaba Bobby, se puede aguantar ese suplicio.
Ricardo, tu escritura, con ese estilo tan propio e inigualable, prende y soprprende. Te felicito.

Muchos Besos.
Madrileña de Chamberí

Fin Maltrato Animal dijo...

Las personas podemos amar profundamente a nuestros familiares, a los amigos o a nuestro animales, pero cuando alguno de estos desaparece y aún con un dolor inmenso, continuamos con nuestras vidas porque nos siguen quedando razones para levantarnos cada día, para no dejar de luchar e incluso somos capaces de seguir teniendo esperanzas, ilusiones y momentos de felicidad. No olvidamos al que se fue pero nuestro camino no se detiene ante la pérdida de un ser amado.

Ejemplos como el de Bobby y otros tantos similares - algunos de los cuales conocemos gracias a la admirable labor de investigación y a la maravillosa pluma de Ricardo - nos demuestran como en muchas ocasiones y cuando el amor y la lealtad han estado presentes en la relación, la existencia de un perro empieza y termina en la figura de su compañero humano. Muerto el hombre al animal no le quedan más motivos para seguir viviendo que la creencia de que su amigo regresará, ¡bendita irracionalidad!.

Tal hecho y la constatación de la fidelidad y nobleza de estas criaturas, ¿no debería hacernos recapacitar acerca del trato que en ocasiones les dispensamos?. Si somos su referente y la única razón por la que cada día se despiertan, comen y juegan, ¿es posible que a veces seamos tan obtusos y crueles como para maltratarlos o abandonarlos?.

Bobby en el fondo tuvo suerte; otros lo último que ven es como la mano que lamieron descarga sobre su testa un golpe definitivo.

Gracias Ricardo.

Julio Ortega

nora dijo...

Hermosa, simplemente hermosa. Eso puedo segurar de la conmovedora historia de Bobby.
Su cariño sin límites y su lealtad hasta la muerte, representan un ejemplo que sólo vos Ricardo, podías presentarlo de forma tan bella.
La descripción que hacés del paso de las estaciones es altamente poética.
Después de leer tus escritos, ya me estoy convenciendo que nunca he leído a nadie que supere tu prosa en estilo y belleza. Ni tampoco en calidad para elegir los temas que llegan al corazón. Para mí fue una suerte conocer tu trabajo.
Bobby se merece un brindis, y vos, dos.

Un fuerte abrazo desde Asunción, Paraguay.

churrinche dijo...

Cuando hay voluntad para la pesquisa, y capacidad narrativa, salen a la luz estas estupendas historia. Con un prosa exquisita y una mirada minuciosa, conseguiste contarnos la vida de Bobby.
He ido a curiosear en otras páginas. Puse en el buscador "Bobby el perro de Edimburgo" y salieron un montón. En todos lados te cuentan la historia del perrito, pero así, por encima, nadie se atreve, o no sabe, hacerlo con tanta maestría como vos.
Ricardo, me atreví a copiar el escrito y se le he ido prestando a gente amiga. A todos les llega profundamente la historia de Bobby. Una vecina me lo dijo entre lágrimas. Y aunque las lágrimas casi nunca son un reflejo de felicidad, muchas veces sí son una señal de ternura.
Sólo me queda felicitarte y espero que no te cansés de contarnos historias tan tierna, ejemplares y educativas.

Un saludo desde Uruguay, el país que tiene un río de una sola orilla.

Dragon dijo...

Ricardo, una vez mas me emociono al leer tus relatos. Que conmovedora historia, que bien plasmada la fidelidad de estos nobles animales, no hay amor mas profundo que el de los perros. Gracias por esta historia.

J.Carlos dijo...

No me extraña que una historia de soledad, cementerio y tinieblas, se diera en Edimburgo. No en balde en esta ciudad se escribieron libros como “El extraño caso del doctor Jekyll y Mister Hyde”, o “Los ladrones de cadáveres” (de R. L. Stevenson) y “Harry Potter” (de Joanne Rowling).
Edimburgo es una ciudad que inspira misterio, y allí la imaginación de los escritores se siente identificada. El primer libro de la saga, “Harry Potter y la piedra filosofal” se comenzó a escribir en las mesas de la cafetería The Elephant House, y los dueños del local exhiben hasta hoy un cartel publicitario en el que citan este hecho.

La fidelidad de Bobby, al permanecer esperando la resurrección del amigo durante catorce años, es de una ternura infinita. Ahora, la historia contada por ti, adquiere tintes literarios de gran relevancia. Además, claro está, de lo bien documentada y bellamente ilustrada como nos la presentas.
Seguiré visitando este blog porque sospecho que tienes muchos “Bobbys” para contarnos.
Ricardo, es un placer leer tus escritos.

Un abrazo

walter dijo...

Después de leer esta belleza de historia, yo a Edimburgo no la llamaría la Capital de Escocia, sino la “Ciudad de Bobby”.
Me impresionó su fidelidad por el amigo ausente, su abnegación en la espera, su coraje para desafiar la nieve, y especialmente, su confianza en que Jock volvería y él tenía que estar ahí para recibirlo.
Bobby, tal como decimos por aquí, es un ejemplazo que te hace tiritar.

Ricardo, tu prosa no varía, sigue siendo de alta maestría.

Para vos y para los lectores del blog, un abrazo ecuatoriano.

Yaiza dijo...

¡Qué perrito amoroso!
Me apena saber que hay tantos Bobbys en el mundo, que son maltratados, abandonados, y acaban siendo exterminados sin compasión. En contrapartida la actitud de ellos hacia nosotros es siempre de amor, agradecimiento y lealtad.
A Bobby le bastó el cariño que le brindó Jock, para insistir en esa larga y penosa espera.
Realmente, es triste imaginar la figura del perrito esperando durante 14 años la resurrección del amo, pero qué lección nos ha dejado.
Ricardo, me encantó tu estilo poético, y me conmovió el número de imágenes. Particularmente esta: "Su mirada recorría la oscuridad como una esperanza sin destino".

Un beso de tu amiga canaria que ha regresado al blog.

Alejandro dijo...

De todo lo que he leído tuyo, creo que esto es lo mejor. Aquí te sale por los poros tu calidad poética.
Sé que el tema se presta, pero si no hay quien la cuente puede ser la mejor de las hitorias y allí se queda; hundida en lo desconocido.
El ejemplo de Bobby está más claro que agüita de estanque; una gesta que ningún humano podrá imitar. Como siempre, un animal dándonos el bofetón en la cara, hasta que aprendamos y reconozcamos su grandeza.
Ricardo, me faltan palabras para decirte lo mucho que admiro tu prosa. Seguiré leyéndote porque vos como nadie con tus escritos sabés enseñar.
Te dejo mi aplauso guatemalteco.

Carla dijo...

El perro Bobby, con su ejemplo nos ha dejado su recuerdo para siempre.
Qué historia más tierna. En la tristeza estaba el aliento del perrito para seguir viviendo. Emocionante. Si algún día voy a Edimburgo ya tengo una cita; ir a acariciar la escultura de Bobby como si lo acariciara a él. Y después, iré a llorar en su tumba. Lo amo con todo mi corazón.

Ricardo, margnífica la narración. Te felicito.

Un beso de tu amiga mallorquina.
Carla

Odi Marley dijo...

El perro Bobby es de una ternura inigualable. Su historia conueve sin avasallar, y deja un gusto agradable, ya que al final él también se va habiendo llegado a ser feliz en su soledad. Él estuvo 14 años en la tumba de Jock porque quizo estar, allí, junto al amigo.
Su ejemplo no debería caer en el olvido. Los niños del mundo entero tendrían que conocerla.

Ricardo, me gustó que hayas traido al blog esta historia tan tierna.

De tu redacción qué puedo decir después de haber leído tantos escritos tuyos... ¡Excelente!, como siempre.

Un beso.

Carmen dijo...

El perro Bobby de Edimburgo. Me suena su historia. Pero no de haberla leído, sino de alguna película. Y, sinceramente, de no ser por tu narración, habría jurado que era de ficción.
La vida del perrito fue muy triste, muy sufrida; él, siguiendo su instinto de lealtad, terminó sus días al lado del amigo muerto, esperando su regreso.
Me gustó de verdad. En la historia encuentro toda una metáfora a la amistad sin límites.
Un lindo ejemplo.

También entré en los enlaces, y otra vez me enfrenté a mi engaño. Siempre pensé que el robo de cadáveres era cosa de novelistas. Y ahora me entero que aparte de haber ocurrido, generó esa costumbre tan rara de enrejar las tumbas para que no se roben el muerto. Y los atúdes de hierro, sí que me parece de ficción. Y sin embargo, ahí están. Nada menos que en el museo de la ciudad. Impresionante.

Ricardo, con vos siempre se aprenden cosas. Por eso me atraen tanto tus escritos.
Maravilloso tu lenguaje poético en la narración.

Un afectuoso saludo desde Mendoza, Argentina

J.Carlos dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Alvaro dijo...

El perro Bobby atesora una historia conmovedora. No se puede permanecer indiferente ante tanta grandeza. Catorce años de espera aguardando un regreso imposible, puede resultar el tope de lo hondamente dramático, sin embargo el chucho los vivió con humildad, sumido en una actitud de esperanza.
Gracias Ricardo por recuperar otra historia lejana, pero nunca olvidada.
Quizás el amor de los animales consiga edificarnos como humanos.

Ricardo, amigo, tu vena poética engrandece la gesta de Bobby.

Un saludo desde Andorra.

Alvaro dijo...

El perro Bobby atesora una historia conmovedora. No se puede permanecer indiferente ante tanta grandeza. Catorce años de espera aguardando un regreso imposible, puede resultar el tope de lo hondamente dramático, sin embargo el chucho los vivió con humildad,sumido en una actitud de esperanza.
Gracias Ricardo por recuperar otra historia lejana, pero nunca olvidada.
Quizás el amor de los animales consiga edificarnos como humanos.

Ricardo, amigo, tu vena poética engrandece la gesta de Bobby.

Un saludo desde Andorra.

jose guillermo dijo...

Me encantó la historia de Bobby y me encantó la narración. El perrito nos dejó un ejemplo de esos que sólo los animales pueden ofrecer.
Sí señor, hermosa historia.

Ricardo, una pregunta, ¿por qué no seguís con el blog de literaruta?

Un abrazo desde Honduras.

verboenazul dijo...

Ricardo, hacía mucho tiempo que no te visitaba y veo que seguís en la misma línea; abrazado a la literatura, y escribiendo de modo fecundo y poético.
La historia que nos presentás es hermosa y relevante; de una carga emotiva estremecedora.
En Bobby destaco su insistente propensión a permanecer en la espera, haciendo de la lealtad el alimento de su vida, de ti aplaudo la grandeza de tu prosa que eleva aún más el mensaje del perrito.
Acertadísimo el título: "Bobby, el perro que vive en el tiempo", ya que al conocer su historia, nuestros corazones se abren por él.

Ricardo, ahora que he vuelto (para quedarme) a Santo Domingo, prometo actualizarme con tu trabajo. Poco a poco iré leyendo lo que has escrito en este maravilloso blog.
Enhorabuena.

Te recuerdo que en la República Dominicana tenés un amigo.

tiziana dijo...

Bueno si yo te cuento vas a decir es coincidencia.
Hace un año encontre un perrito joven, machito, demacrado, que apenas algunos pelos tenia y una otitis terrible a punto de cruzar un avenida muy transitada.
Era muy timido y pese q le busque hogares mientras se reponia y crecia su pelito, nadie lo queria.

No conocia esta historia, el perro hoy es mi sombra tiene su pelaje todo completo la gente se da vuelta a mirarlo y me lo piden, es igual a Bobby y se llama Bobby.
Grax por estas historias

La pandilla dijo...

Sin palabras ,me he quedado emocionada con esta historia pero no me extraña tal muestra de amor , los animalitos nunca dejan de sorprenderme , son seres maravillosos y muchas veces poseen una sensibilidad mayor que muchos humanos se quisieran .
Tuve un perrito llamado Benito me acompaño 18 años , no se como pero en una epoca en que animicamente me sentia muy mal y debia disimular , de hecho nadie se daba cuenta de mis estados de animo o si lloraba o si me sentia triste , sabia yo disimular muy bien , pero sin embargo a Benito mi pequeño eraq imposible engañar , el como sabiendo siempre llegaba a mi y me lamia la cara se quedaba muy juntito a mi y me miraba a los ojos , y sus ojitos brillaban como si me hablaran , te digo que esa sensacion de compasion de apoyo de ternura me derretia el corazon .
Gracias por compartir historias tan lindas un abrazo enormeeeee
Paulina la mama de la pandilla