Tu trato con los animales hablará de ti mejor que tus palabras -R.M.J.

martes, 1 de enero de 2008

CUENTOS DESIGUALES

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Prólogo
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El escritor y divulgador científico Eduardo Punset, denomina la felicidad como la ausencia de miedos. Ricardo Muñoz José nos recuerda los miedos sociales que existen, y conviven con nosotros muchas veces sin solución.
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Ricardo Muñoz José aborda temas reales, y su escritura, emocional al cien por cien, me hace sentir cómoda e incómoda a la vez, al enfrentarme a lo evidente unido a lo oculto, destapando la presencia de una doble moral. Su sensibilidad extrema nos hace percibir y ser conscientes del daño subyacente, al convertirse en un lienzo por el que transitan personas y paisajes, entrelazando lo urbano con lo campestre por medio de una redacción próxima a la poesía.
El llanto sensitivo motivado por el mundo impuesto, no hay que olvidarlo, debemos dirigirlo aplicando nuestra inteligencia para ejercer y deshacer ese nudo ulceroso, hasta desembocar en el blanco de la infección.
Estamos viviendo un peligroso tiempo, en el que se busca hacernos ver que estos asuntos son meros tópicos que deben pasar desapercibidos. ¡No! ¡Hay que hacerles frente! La responsabilidad consiste en tomarlos en serio.
Ricardo Muñoz José nos ablanda, endureciéndonos a la vez. Fiel al mundo que ven sus ojos, todo lo vincula, lo de sune, reconduciéndolo a la profundización de las costumbres y ambientes. Por eso, repito, no son tópicos; son problemas.
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En Cuentos Desiguales leo frases como “enhebrando abrazos invisibles” o “la humareda abrió el puño”, que son concisas, fotográficas, profundas, poéticas. Lo que me conduce a comprobar, que en esta suma de temas, aparentemente contradictorios, todo desembarca en una evasión hacia la memoria. Las palabras, de aplicación cambiante, derivan en elemento punzante, y encuentran en la sinuosidad el vehículo del planteamiento, que, a la vez, es la voz de la contradicción.
En este libro no hay concesiones a lo establecido; todo surge de la lucidez y la sensibilidad. Aquí la solvencia de la prosa narrativa nos echa el guante, porque el autor renuncia a la visible estructura social, para adentrarse en situaciones éticas que residen en la realidad.
También aparecen cuentos donde la risa espontánea y el surrealismo aplicado, nos transportan a un bienestar, a una calma existencial.
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Este es un libro equilibrado, musical; un conjunto de páginas sin desperdicio, que se asocian conformando un orden materializado a través de un hombre, al que le tocó vivir en una época repleta de acontecimientos que, de tan anclados en lo convencional, en estos escritos cristalizan en lo nuevo.
Ricardo Muñoz José, no se reprime y toca todos los estilos, guardando siempre lealtad a sus neuronas, soltándose de ligaduras. Nada de criterios uniformes, sólo con la variedad que alimenta la fluidez expresiva, dejando a la sor presa que actúe de esclarecimiento. Al renegar a la tonalidad aglutinante, despliega un arsenal de mudanzas que dibujan comportamientos, transgrediendo de este modo el arquetipo establecido.
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En 2001 leí su cuento “Cuando la muerte anda de fiesta” (incluido en este libro). Un texto de humor negro, veloz, con una dinámica de lectura diferente. Su pluma ya me pareció incisiva, puesto que usaba el humor como ariete. Han pasado unos años y él persiste en la misma línea creativa, pero abarcando nuevos senderos. Es el éxito del creador; su evolución, su libertad.
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En Cuentos Desiguales nos atrapa con una narración envolvente, que va desde lo figurativo a lo surrealista sin con cedernos un ínfimo respiro, enmarcando siempre la propuesta exenta de condicionantes que todos esperamos.
Pienso que Cuentos Desiguales volará muy alto. Su calidad lo anticipa.
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Cristina Albert – Escritora
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FINALE IN CRESCENDO
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El universo, apuntalado desde todas las orillas, observaba con silente mirar. La ciudad hervía atrapada en el puño del intransigente adurir. El astro solar era un boquete rojo en el firmamento; como si el cielo hubiese recibido un tremendo cañonazo.
Los efluvios solares atosigaban la superficie, y en su fuego se heñían calles y casas. La vida transitaba adentro de un horno implacable, y la canícula sacudía sudores apretando con severo abrazo.
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El hombre, al girar la llave en la cerradura, pensó:
-Esta noche saldré por esta puerta y no volveré más.
El crujido de las bisagras respondió al pensamiento. Amaba a otra mujer. A una muchacha joven. Y ese cariño irrefrenable lo impelía a dar tan contundente paso. Un paso vergonzoso, sin duda, aunque coherente con su corazón enamorado.
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A la esposa le constaba la existencia de tal relación, sin embargo, prefería callar y esperar.
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El calor, en manifiesta actitud insoportable, negábase a otorgarle un paréntesis al desahogo.
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Almorzaron en el patio. Casi sin mirarse. Encerrados en un férreo mutismo; sumidos en el impalpable latir del recelo.
Él pensaba en los años que vivieron juntos, en la dura lucha diaria, en el hombro con hombro de los momentos difíciles, en los sueños acunados endulzando el futuro, en los hijos que no tuvieron, y en la delicada salud de ella.
-Cuando la abandone se quedará muy sola. Sufrirá lo indecible y seguramente enfermará. Pero el amor es así; un día nos da lo que otro nos quita.
Su pensamiento permaneció aleteando en la definición que hiciera del amor.
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Concluido el almuerzo, él tomó asiento en la tumbona de siempre, presto a gozar de la sombra del emparrado.
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La mujer le sirvió un vaso de vino con cubitos de hielo. Él la observó. Ella puso los ojos en discreta fuga, pero sin descabalgarse de un desolador presentimiento.
-Estará pensando en la otra.
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Entonces él, tras levantarse fue hasta ella. La contempló profundamente. Le paseó la mano por el tobogán de sus cabellos, y luego la besó en los labios. El insonoro gesto de compunción era el anticipo de la despedida.
Ella, perpleja, lo miró. La dulzura de aquellos ojos y la suavidad de la caricia le sonaron a una canción de amor. En ese momento, un relámpago de arrepentimiento le atravesó la mente. Quizás se precipitó al envenenar el vino para enviudar e irse a vivir con su amante.

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