Tu trato con los animales hablará de ti mejor que tus palabras -R.M.J.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Un texto de Rafael Ávila Bayón

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RAFAEL ÁVILA BAYÓN
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 EL AMIGO QUE HABITA EL RECUERDO
NOS DEJÓ ESTE ESCRITO QUE DESNUDA SU ALMA
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NO SIN MIS AMIGOS
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           Conocí a Javier, el veterinario asturiano (como yo) de la SPAP de Valencia, hace años cuando llevé una gatina que recogí, hambrienta y muy débil, tambaleándose en medio del tráfico; sin fuerzas para huir.
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          Javier, con la mirada fija en el animal que estaba curando, dijo: "es para dejarla, claro", y volvió la cabeza vivamente cuando contesté con vehemencia y espeso acento asturiano, "¡Si ho!" Deshidratada, desnutrida, muy débil, se podría salvar si yo le ponía una inyección diaria. Por supuesto, contesté. Nela se quedó conmigo y entre Javier y yo nació la amistad.
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          El caso del "Roxu" (rubio en asturiano) fue espectacular: de compras por el mercado vi un gatazo rubio que parecía que tenía el abdomen ensangrentado; era difícil acercarse pero al final descubrí, que efectivamente tenía una gran herida. Había que llevarlo al veterinario; Javier se compro metió a curarlo, ahora había que capturarlo. Siguió una semana de ir al mercado antes de las cinco de la mañana, con la jaula trampa para cogerlo; si no le daba alguien de comer y, claro, no entraba en la jaula. Hasta que una de mis "cómplices" del mercado gritaba: "¡Ahora!" y el Roxu salía corriendo. Tras una semana de espera, cayó por fin y lo llevé a la clínica de Javier.
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          Al sacarlo de la jaula, echó a correr por la pared despidiendo un hediondo chorro de diarrea que lo empapaba todo. 
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          Al final conseguimos cogerlo: algún valiente le había colocado un alambre alrededor del abdomen cuando era un cachorrín, y había apretado el alambre con unos alicates. El
alambre le estaba literalmente partiendo por la mitad; las
caderas se habían quedado estrechinas y le decíamos "tipín de torerín".
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          En una larga intervención, Javier limpió la terrible herida y cosió por dentro; a continuación, estirando la piel, juntó los bordes y suturó por fuera.
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          El Roxu pasó la convalecencia en mi casa, subido en las cortinas...
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          Por fin se lo llevé a una amiga que vivía en La Cañada, cerca de Valencia. Se escapó en cuanto pudo y, cada vez que iba a La Cañada, era feliz viéndolo con sus caderas escurridas y su felicidad recobrada.
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          Fue en Navidad la primera vez que lo vi y, tras saludar a mis amigas y cómplices del mercado, fui a la SPAP para decírselo a Javier y a la vez felicitarlo.
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          Era Navidad y el frío feroz. Javier estaba muy serio. Le pregunté qué pasaba; me dijo que la noche anterior, la Policía le había llamado para examinar a dos perrinos. La propia Policía había intentado en Nochebuena convencer a un vagabundo, ya mayor, para que pasara la noche en el albergue municipal. El hombre dormía en la calle con sus dos perrinos mestizos. Al negársele la entrada a los perros, el pobre rechazó rotundamente el alojamiento. Dijo que los perros eran su única familia, que nunca le habían abandonado y que no iba a dejar a la intemperie a sus fieles amigos, y menos en Nochebuena. Y desapareció con sus amigos en la oscuridad y el frío infernal de la noche que dicen santa, en busca de un portal que le diera un mísero abrigo.
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         A la mañana siguiente, los vecinos pasaban presurosos cerca del zaguán donde había dormido la familia vagabunda, y no hacían mucho caso a los gemidos de los perros; hasta que alguien decidió acercarse y vio al anciano inmóvil. Había muerto de frío pese a los esfuerzos de sus perrinos, que aún intentaban darle calor a su cuerpo helado.
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          No querían apartarse de su lado. Gemían al dejar solo el pobre cuerpo frío, pero se dejaron llevar dócilmente a la protectora, chuchinos humildes y mansos, con el corazón roto por la muerte de su amigo.

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Texto de: Rafael Ávila Bayón
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Publicado por Ricardo Muñoz José
http://linde5-otroenfoque.blogspot.com/

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