Tu trato con los animales hablará de ti mejor que tus palabras -R.M.J.

sábado, 1 de septiembre de 2012

La realidad por encima de la ficción

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VIAJE AL INFIERNO



Miré a Bossy, mi perro. Dormía a mis pies. Él descansaba feliz y yo también estaba feliz, porque al fin, después de tanto tiempo iba a trabajar. Por lo visto, los estudios empezarían a darme satisfacciones.
Yo había estudiado medicina, y por vocación me inclinaba hacia la investigación. Y dado que era proclive a una vida científica, meses atrás presenté una solicitud en la Universidad de Nottingham, con la esperanza de ser aceptado y comenzar mi carrera.

Cuando la carta de citación llegó a mis manos, me excité. Fui admitido y debía presentarme al día siguiente.
Al salir, el bueno de Bossy agitó la cola entusiasmado, deseándome suerte.
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-Ha sido asignado como ayudante de investigación.
La frase sonó a gloria. El sueño empezaba a hacerse realidad.



Escoltado por una secretaria de administración, atravesé varios pasillos amplios y luminosos.
Al llegar a la puerta y leer el cartel, el mundo se me vino abajo. En letras doradas ponía: LABORATORIO DE VIVISECCIÓN



En clases de biología yo había practicado la disección con insectos y ranas, y siempre lo pasé mal. Era una práctica superior a mi deseo de aprender. Incluso viví una devastadora experiencia. Con sólo recordarlo me deprimo. Tuve que asistir a una clase mixta para estudiantes de medicina y de enfermería, sobre Intubación Endotraqueal. Pero no era una sesión orientada a través de proyección de imágenes, ni tampoco con el uso de dummys. Iba a hacerse con un gato vivo. El impacto en los estudiantes fue patente. El profesor, en un intento de calmar los ánimos, explicó:
-No vean en este felino un animal doméstico igual al que algunos puedan tener en casa. Este gato está sano y bien cuidado, y se lo mantiene para este fin. Para completar la formación de todos ustedes.
Sí, el gatito era saludable y estaba limpio, pero el miedo en sus ojos hablaba alto; pedía compasión.
El minino pasó de mano en mano, y finalmente lo inmovilizaron. Hubo silencio y lágrimas, No obstante, comenzó la intubación.
Aquel hermoso animal se encrespó acusando el dolor. Su mirada pasaba de rostro en rostro buscando piedad. De los quejidos pasó al ahogo, y sacudió el cuerpo en unas contracciones manifiestas de vómito (algo que no ocurrió porque llevaba ocho horas sin ser alimentado). La desesperación del micifuz en garras humanas, formó un cuadro que aún mantengo en la memoria.
Al día siguiente, cuando pregunté al profesor por el gatito, la respuesta fue tajante:
-¡No sobrevivió!



Entramos al laboratorio. Mis sienes palpitaban desenfrenadas. Sentía debilidad y me movía casi sin fuerzas. La funcionaria hizo la presentación:
-Doctor, el nuevo ayudante.
Era un hombre joven, de gruesas gafas, sonrisa cansada y bien peinado pelo rubio. Me saludó cortésmente, y tras mirarme de la cabeza a los pies en un somero estudio, dijo:
-Haré todo lo posible para que su paso por este laboratorio sea una experiencia decisiva en su formación.



Abrió una puerta. Entramos en una gran sala blanca, limpia, reluciente. Al costado de las paredes veíanse mesas metálicas. En cada una y sujetos por correas, habían perros acostados sobre el lomo, con el estómago descubierto mostrando una herida, o el cráneo perforado dejando ver la masa encefálica, o el pecho abierto. En algunos, los bordes de las heridas tenían alambres de acero haciendo de tensores.
¿Pero, qué mal habían hecho esos animales para estar aquí? Simplemente, no haber tenido un amigo humano y sufrir la falta de amor; la falta de un hogar.
Pude observar corazones latiendo al aire libre. Pulmones hinchándose y deshinchándose. Las venas de los tubos bronquiales que parecían marañas de ramas. Hígados de color rojo brillante. Cerebros soltando una sustancia color rosa blancuzca. Intestinos enredados como un montón de serpientes. Labios temblorosos, hocicos inmovilizados. Y lo más curioso, no se oía un gemido de los perros torturados.



Al pasar, todos los canes volvieron la vista hacia nosotros, con miradas suplicantes, cargadas de una expresión de oscuros presentimientos. Sus ojos seguían los movimientos que hacíamos.
Sentí un escalofrío. De pronto mi cuerpo se endureció. No podía dar un paso. El médico me puso una mano en un hombro y exclamó:
-Coraje. Usted es un investigador y en nombre de la investigación hay que dejar de lado los escrúpulos.
Tales palabras no consiguieron disipar el frío que me congelaba los huesos.
De repente, en una de las mesas vi un perro idéntico a Bossy, a mi Bossy. Me arrimé e incliné sobre él. Un gesto desencajado se plantó en mi cara y fue a unirse al ritmo acelerado de mi corazón. Capté un olor rancio, un olor a sangre coagulada. Me atrapó el temblor.



El perro estaba tumbado encima de la espalda, con el estómago abierto y un estroboscopio enterrado en el hígado. Lo miré. En aquellos ojos había lágrimas. Respiraba suavemente con la boca semiabierta. El cuerpo le tiritaba, como si estuviera sometido a un dolor constante. Me miraba fijamente, su sufrimiento agonizante me apuñaló el alma. En un impulsivo arranque me acerqué más. Soltó un gemido desafinado. No había luz en sus ojos castaños, y la cola se semejaba a una víbora muerta. Le acaricie la cabeza. Las orejas permanecieron caídas, en postura vencida.
-Bossy –exclamé inconcientemente, atribuyéndole el nombre de mi perro.
El médico se acercó y me dijo:
-Está usted de suerte. El experimento con este animal ha finalizado. Vamos a ponerle la inyección final.



Le hizo una seña a un ayudante. Este se aproximó con una jeringa. Fui hasta el asistente y con voz quebrada alcancé a decirle:
-Por favor, que no sufra, que no sufra…
El llanto rodó por mis mejillas. La pena me paralizó.
-Va a quedar dormido para siempre –explicó el doctor-. Ojalá nuestra muerte sea tan pacífica como la de él.
Yo, cerré los ojos. Renunciaba a verlo morir.
-No se agobie y observe. Esto es muy rápido –aclaró el doctor.
El perro no despegaba los ojos de mí. Poco a poco se fue desinflando, desparramándose en el frío metal de la mesa. La lengua cayó para un costado igual a una marioneta. Largó un leve suspiro… Todo había acabado.
Acongojado paseé la vista por la sala. Los demás perros también me miraban. Y me miraban como acusándome de no haber hecho nada para salvar al amigo.



De pronto, advertí una extraña presencia.
-¿Por qué este silencio? –grité.
Nos envolvía un silencio horrible, un silencio alarmante, espeso, agresivo; era el silencio de la muerte.
-¿Por qué no ladran? -volví a gritar- ¿Por qué no protestan? ¿Por qué no chillan?
El médico se acercó a mí, y con voz calma, aclaró:
-Antes de iniciar el trabajo les cortamos las cuerdas vocales.




Aun siendo un científico vocacional, no pude desentenderme de consideraciones morales y éticas. Los humanos somos la especie preponderante en la Tierra, y poseemos la capacidad, pero no el derecho, de abusar y someter a los animales llamados inferiores, en nombre de la adquisición de unos conocimientos, generalmente pseudocientíficos, que servirán a intereses netamente comerciales…
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De este modo, batí el record mundial de permanencia en un trabajo; emepecé y una hora después fui despedido.
Con este precedente, el deseado futuro científico entraba en vías de extinción. Pero no me arrepentía; mi amor por los animales lo dispuso así.



Llevo unos años trabajando como conductor de carretillas elevadoras, en una empresa de construcción.



Para concluir, voy a recordar una anécdota vivida y contada por el doctor Cristian Barnard.
-"Había comprado dos chimpancés en una colonia de primates en Holanda. Durante meses vivieron juntos, aunque en jaulas separadas, en la sala de espera de mi laboratorio, y muy animados “hablaban” sin cesar. Estaban destinados a la investigación de trasplantes de corazón y actuarían como donantes.
Llevamos uno a la mesa de operaciones. No soportó la prueba. Cuando sacamos el cuerpo y pasamos por delante del otro chimpancé, éste lloraba amargamente, y continuó llorando durante días.
El incidente causó una profunda impresión en mí. Nunca más experimenté con seres tan sensibles".
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Autor: Bryan Jackson – Londres, Inglaterra.
Traducción: Gorka Ibarra


http://www.vivisectioninfo.org/
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Texto incluido en el libro "POR LOS ANIMALES" - Un viaje a la ternura.




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LOS ANIMALES; EL SILENCIO DE LOS DÉBILES.
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PUBLICADO POR RICARDO MUÑOZ JOSÉ



1 comentario:

maria dijo...

despues de leer este relato me he quedado si voz pues el compartamiento de los humanos con los animales escapa a mi entendimiento y cada caso de maltrato me sigue sorprendiendo pues es algo a lo que jamas podre acostumbrarme