Tu trato con los animales hablará de ti mejor que tus palabras -R.M.J.

martes, 20 de diciembre de 2011

Truhán, un perrito hecho regalo.

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OTRO CUENTO DE NAVIDAD


Autor: Ricardo Muñoz José



La mano humana surgió ante la perra, y ella armó con el gruñido el escudo protector de sus crías. Cuando el cachorrito se elevó llevado por la mano, dibujó una dentellada de feroz decisión.


La voz del perro-padre frenó el impulso del instinto.
-Déjalo. No le hará nada. El hombre es el mejor amigo del perro.
El perrito escuchó la frase paterna y la guardó en la memoria.


La perra lanzó un gemido, y levantando una pata a modo de ruego, esgrimió una muda mueca implorando que le devolviera a su hijo. Los ojos se le vidriaron, y de su boca abierta cayó la lengua vencida.
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Acurrucado entre las altas paredes de una caja de zapatos, el perrito pasó de las manos del hombre a las manos de otro hombre, a cambio de dinero.
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El coche, al alejarse, apagó con distancia los lastimeros aullidos de la perra, que ahogada en impotencia tragó la amargura de la certeza: sabía que nunca más volvería a ver al hijo de sus entrañas.
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Una calle marcó el punto de destino. El hombre descendió del vehículo caja en ristre; tal un pirata cargando el cofre del tesoro. Tras un corto viaje en ascensor, un desolado pasillo los depositó ante una puerta. El hombre la abrió y dijo a viva voz:
-¡Niños! ¡Éste es el regalo de Navidad!


La alegría iluminó todos los rostros. Cual un muñeco de peluche el perrito pasó de brazo en brazo, coronado de miradas tiernas y aturdido de caricias. En el ánimo del animalito aterrizó la felicidad al saberse amado. A modo de obsequio de bienvenida pronto recibió un nombre: lo llamaron Truhán. Y para Truhán, el rudo frío de diciembre desaparecía en el calor humano que lo rodeaba.
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Las jornadas pasaron y los gemelos, Marisa y Jorgito, hacían del descanso de Truhán un postergado deseo, ya que, entre juegos y mimos, lo agotaban. Y los paréntesis de respiro eran aprovechados por la abuela Paca, que lo ponía en el regazo a colmarlo de cariño. Además, tres veces al día lo llevaban al parque, donde corría a gusto, y con otros perros del vecindario enredabánse en continuos juegos. Tanto amor y atención le recordaban la frase de su lejano padre: "El hombre es el mejor amigo del perro".
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Mamá Clara y papá Joaquín, sonreían complacidos; sin asomo de dudas, el perrito completaba el cuadro familiar.
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En tanto, el tiempo fue haciendo de Truhán un animal ágil e inquieto, y, sobre todo, un ser amoroso en compañía de la gente. -Es encantador -decían los vecinos.
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Truhán acompañó la angustia familiar por la enfermedad de la abuela Paca, presenció las disputas de Clara y Joaquín, y compartió las risas y las lágrimas de los gemelos.
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Llegaron los calores fuertes.


Una mañana bien temprano, como acostumbraba a hacerlo, papá Joaquín lo instó a subir al coche. Truhán, de un salto se instaló en el asiento de al lado del conductor. Anduvieron mucho rato. El hombre conducía intercambiando cariñosas miradas con el perrito.


Mucho tiempo después de abandonar la ciudad, Joaquín detuvo el automóvil. Se bajó, abrió la puerta, y sonriente lo invitó:
-Vamos, Truhán. Baja a correr un poco.
Él saltó a tierra, y gorgoteando entusiasmo salió disparado a retozar por el campo. Brincó entre piedras y matorrales, le ladró a las aves que levantaban vuelo nada más verlo, y consumo la divirsión poniendo en fuga a una lagartija. Mas, al volver la cabeza buscando la sonrisa aprobatoria de Joaquín, éste ya no estaba.
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Con la mueca desencajada y el hocico levantado, vio al coche empequeñecerse en la medida que se alejaba. De pronto, el zarpazo de una curva lo borró de su vista. Una espuma blanquecina le brotó de la boca, y sintió el cuerpo sacudido por el latigazo de la sorpresa. Al instante la tristeza lo atravesó, y el ánimo cayó postrado a los pies de la soledad. Entonces Truhán, eludiendo aceptar lo evidente, optó por echarse en el arcén, preso al silencio, y anegado de esperanza decidió aguardar el regreso de Joaquín.
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En los brazos de la abuela, Marisa y Jorgito, lloraban.
-No teníamos con quien dejarlo -les repetía la madre, a fin de mitigar la pena de los niños, que en los dedos aún sostenían la pelota y los muñecos de Truhán, pues en aquellos juguetes palpitaba la alegría del amado perrito .
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Llegó el padre.
-¡Solucionado! Mañana nos vamos de vacaciones. Después les compraré otro.
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Las horas transcurrieron lentamente, la luz dio lugar a la sombra, y de la sombra brotó el nuevo día. Los rayos del sol cayeron en vertical, encendiendo las gotas de rocío posadas en las hojas. Y Truhán, allí; único habitante en el inerte paisaje del abatimiento. Tenía sed, tenía hambre, pero seguía sin apartar los ojos de la carretera. En su interior, el abandono ya entonaba una afilada canción. Con la mirada sin brillo y un dolor sin llanto, el pobre gemía sin ruido. Lo azotaban los ecos del ayer; la casa, los niños, el amor que le brindaron. Todo lo había perdido sin saber porqué. Y en la cabeza las palabras del padre: "El hombre es el mejor amigo del perro".
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-Apareció de golpe. ¡No me dio tiempo a frenar!
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Las manchas de sangre que pintaban el asfalto eran el último vestigio de su paso por la vida. En el cielo, las nubes corrían cual olas cabalgadas por el viento.
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Ricardo Muñoz José


Por si lo deseas, AQUÍ puedes dejar tu comentario.

martes, 13 de diciembre de 2011

Afganistán nos unió

HISTORIA INCLUIDA EN EL LIBRO "POR LOS ANIMALES" RECIENTEMENTE PUBLICADO
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Soy un soldado emplazado en Afganistán.
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Un día patrullábamos por las orillas del río Kabal, que atraviesa Kabul, y cuando, al pasar por un basural, vi un perro de tamaño mediano, color indefinido por la suciedad, flaco, encorvado, escarbando la basura, seguramente buscando comida. Me arrimé. Por las tetas largas, flácidas, colgando, vi que era una perra. Su color iba más para el blanco, por los manchones que quedaban libres. Estaba esquelética, y debía ser muy mayor porque tenía la barriga negra (según me han dicho queda en ese color al llegar a la vejez). La miré. Ella me miró. La llamé y vino hacia mí.
Francisco, mi compañero, me gritó:
-¡No la toques, puede estar enferma!
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El aviso llegó cuando mi mano ya acariciaba la cabeza de la perra.
La estudié. Sus ojos eran tristes y su mirada amigable. Algo había en aquel animal que inspiraba ternura. Como un gato se fregó en mis piernas. Le acaricié el lomo. Me lamió la mano. Había nacido la amistad.
-Te dije que no la tocaras. ¿Eres tonto o qué? ¡Te puede transmitir una enfermedad! –reclamó Francisco.
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La llevé conmigo. Al fin habría alguien junto a mí. En recuerdo a una perrita que tuve de niño, le puse su nombre:
-Te llamarás, Tula.
El nombre le gustó. Cada vez que lo decía, movía la cola y venía a pedir mimos. Ella estaba tan necesitada de amor, como yo de compañía.
La bañé, la sequé con una toalla, y le hice una cama con un montón de trapos. Tula se echó sin titubear. No deja ba de mirarme.
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Al otro día la llevé al veterinario.
-La perra, aparte de desnutrida, tiene disfunción de los órganos más importantes y un claro proceso degenerativo. Le queda poca vida.
El estremecedor diagnóstico del veterinario no me asustó. La vida que le restara a Tula, la viviría con un amigo a su lado.
Después que la desparasitó y la vacunó, salimos. La perra caminaba contenta.
Esa tarde llamé a Santander. Le conté a mi familia, y tam bién a mi novia, que Tula había llegado a mi vida, que ya no me sentiría tan solo.
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Los compañeros se reían.
-Vaya perra vieja que te has buscado.
-A esa perra flaca y tetona la van a comer las pulgas.
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Yo me hacía el desentendido. Me constaba que muchos soldados habían adoptado mascotas. Las mascotas no enjuiciaban, daban amor incondicional, y se convertían en las mayores depositarias de los sentimientos más íntimos. En un trabajo de constante tensión, algunos necesitábamos una ayuda psicológica. Nos entrenaban para ser duros. Pero cuando veía mos el sufrimiento de la gente de aquel país, las familias des hechas y los huérfanos mendigando, tal dureza desaparecía.
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La muerte de Tula me preocupaba. Algo sin sentido en el lugar que estábamos. Teóricamente en zona de paz, pero en la práctica la guerra continuaba. El enemigo nunca estaba a la vista, pero estaba cerca. No tenía cara pero podía sor prendernos donde menos se sospechaba. Aunque no llevábamos una vida solitaria, por estar en un grupo tan grande, notábamos que vivíamos rodeados de la muerte, y en el punto de mira del odio. Por lo tanto, en cualquier momento una
emboscada o un atentado…
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No quería morir antes que Tula, porque sabía que ella volvería al basural.
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El trabajo me impedía compartir muchos momentos con ella, aunque sí repartíamos la emoción de estar juntos. Yo no podía llorar delante de mis compañeros, pero sí podía llorar abrazado a mi perra. De ahí mi suerte por tenerla.
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Poco a poco iba recuperándose. Comía bien, el pelo empezó a tener brillo, la tristeza se le fue de los ojos, y jugaba conmigo.
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Pasamos ocho meses de felicidad. Ocho meses convertidos en inolvidables.
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Pero, al pisar el noveno, el diagnóstico del veterinario comenzó a hacerse realidad. Tula se iba encorvando, respiraba mal, las patitas traseras no le respondían, y se negaba a comer. Cuando la acariciaba me lamía las manos y me atravesaba con la mirada…
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El 2 de julio de 2008 fui hasta su cama. Estaba hecha un ovillo y soltaba unos sonidos roncos. No abría los ojos. Pensé que si la hacía caminar le vendría bien. La alcé en brazos y la llevé a un campo cercano. La puse en el suelo. Tula no mejoraba. Al contrario, comprimía el cuerpo y aumentaban los quejidos. Sufría. El dolor la dominaba. La acaricié para transmitirle alivio. Nada. El dolor podía con ella. ¿Qué hacer? Le mojé la cabeza con agua, le hice masajes en las patas, intenté levantarla. Nada. Me dolía verla así, verla sufrir tanto. La pena se apoderó de mí. Tula temblaba, lloraba, gemía, me pedía ayuda…
Cogí el arma, cerré los ojos, apreté el gatillo…
Ya sólo vivía en mi corazón.
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Ese mismo día hubo un sangriento atentado. Dos víctimas españolas.
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Yo estaba muy triste, caído. Francisco me gritó:
-¡Eres un hijo de p…! ¡Acaban de matar a dos compañeros y tú llorando a tu perra!
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Esa noche no pude dormir. Me sentía horrible. La cabe za se me llenaba de voces. Unas voces que escuchaba nitidamente:
-¡Tú la mataste y eso te matará!
-Hiciste lo que debías. Tula sufría mucho y en ese caso lo mejor era…
-Tal vez si la dejabas podía vivir un poco más.
-Ya estaba muy mayor y sufriendo. Seguro que se marchó feliz por los días de felicidad que le has dado.
-Si no se levantaba del suelo ya no podía vivir.
-Salvaste un alma y la enviaste a un lugar mejor.
-Fue la decisión justa. Si ella hubiese podido hablar seguro que te lo habría pedido.
-Tula te estará agradeciendo por impedir que siguiera sufriendo.
-Recuerda lo bonita que te hizo la vida. Recuerda los momentos alegres, y da gracias que fuiste tú el que la apartó de una larga agonía.
-Estás en un proceso normal de duelo. Tranquilízate y descansa.
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Cuando vuelva a Santander, voy a sacar a Tula de Afganistán. Ella se irá adentro de mi memoria.
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Pablo Pineda PérezAfganistán
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PUBLICADO POR RICARDO MUÑOZ JOSÉ
http://linde5-otroenfoque.blogspot.com/

martes, 22 de noviembre de 2011

"POR LOS ANIMALES"

¡APARECIÓ!
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“POR LOS ANIMALES”

Un viaje a la ternura
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EL LIBRO ESCRITO POR LOS ANIMALISTAS

YA ESPERA LECTORES
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Edición en tapas duras click AQUÍ
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La participación tuvo eco internacional. Además de textos españoles, la mayoría, figuran otros venidos de Inglaterra, Francia, Holanda, Italia, Australia, Afganistán, Guinea Ecuatorial, Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Uruguay, Paraguay, Panamá, México y Estados Unidos.
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Edición en tapas blandas click AQUÍ
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Tal vez sea la primera vez que un libro dedicado a los animales se ha escrito directamente por sus protagonistas. Al menos en inglés y francés no he encontrado un caso similar.
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DESCARGAR GRATIS
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“POR LOS ANIMALES” no es un libro donde la gente ha enviado las historias, y un escritor las redactó y utilizó a su modo.
Aquí los textos están narrados por los mismos participantes. Algo altamente halagador ya que muchas personas lo guardarán toda su vida.
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IMPORTANTE: Si tienes dificultades para entrar, también puedes hacerlo desde mis blogs:
http://linde5-otroenfoque.blogspot.com/

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Seguimos en la barricada.
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Un abrazo animalista,
Ricardo Muñoz José

sábado, 5 de noviembre de 2011

Can, un perro más.

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HISTORIA VERÍDICA INCLUIDA EN EL LIBRO (DE PRÓXIMA APARICIÓN) ESCRITO POR LOS ANIMALISTAS



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CAN, UN PERRO MÁS.
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Nilsa y Nelson, un matrimonio maduro, estaba en la playa de Botafogo. El día era soleado, caluroso, algo normal en Río de Janeiro, ya que allí tanto el sol como el calor son dos habitantes más. Desde la arena vieron un perrito marrón, paseándose por la acera de la avenida, sin inmutarse por el ruido de los vehículos al pasar.
-Parece de chocolate –comentó Nelson.
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Al atardecer, volvían a paso tranquilo, y decidieron entrar al bar a beber un guaraná. Ocuparon una mesa cercana a la puerta.
En el mostrador, varias personas bebían café, ya que es una costumbre muy carioca combatir el calor con algo caliente.
De pronto, una figura canina se acercó cómo expresando una sonrisa. Miraron en todas las direcciones buscando al dueño.
-Es el mismo que vimos desde la playa –dijo Nilsa.
-Es obvio que no ha salido a pasear con el dueño.
-Está muy limpio para ser un perro "vira-latas".
Nilsa dejó la silla y fue hasta él. El animal no intentó huir. Ella le acarició la cabeza.
-No parece muy ansioso por volver a su casa –observó la mujer-. Más bien parece que quiere ir a la nuestra.
-Arreglado está. No soporto los perros.
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Después de dejar el bar y entraron en el edificio de al lado. Tomaron el ascensor y luego entraron al apartamento.
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Al otro día, Nilsa escuchó un ruido nada habitual. Entornó la puerta y espió el pasillo. ¿Y qué vio? El perro color chocolate estaba acurrucado en el felpudo.
-¡Nelson! –gritó- El perro "vira-latas" está durmiendo en nuestra puerta.
-¡Será posible! Nos está esperando.
El matrimonio se puso intransigente. No iban a permitir que un perro los adoptase. Y menos un perro callejero. Lo sacaron del edificio antes que el síndico reclamara.
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Al mediodía, Nilsa volvió a espiar el pasillo… Sorpresa; ¡el perro estaba acostado en la alfombrilla! Nelson, malhumorado, lo sacó a la calle y lo dejó en la acera de enfrente.
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Esa noche, el perrillo otra vez estaba en el felpudo. Pensaron que si no lo alimentaban ni le permitían entrar al apartamento, se iría a su casa, o al lugar de donde vino.
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Llegó la mañana y el perrito continuaba ahí. Incluso, al verlos, se mostró feliz.
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Nilsa, conmovida, cariñosamente le pasó la mano por el lomo.
-Nelson, si este perro insiste tanto es por algo. Seguro que nos lo manda Dios.
-No mujer. Dios no se mete en estas cosas.
Nilsa cedió a la ternura. Nelson miró los ojos del can y sólo vio amor. El perrillo entró a la casa.
No podemos quedarnos con él. Puede que se haya perdido y el dueño lo anda buscando.
-Si, a lo mejor hay niños que lloran por el perro.
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Nelson agarró el teléfono móvil y le sacó una foto. Y foto en mano entró en la comisaría.
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-Alguien habrá perdido su amada mascota –comentó el policía.
-Debe ser un perro carioca.
-Por qué, ¿ha hablado con él?
-No, pero no entra a la playa. Parece que sabe que está prohibida para los animales.
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Nelson dejó su dirección y el número telefónico.
-En unos días ya pasarán a buscarlo.
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Los “unos días” se convirtieron en casi un mes y nadie había "reclamado" su pequeño perro.
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En ese tiempo, el animalito se dejaba querer, y de huésped transitorio pasó a hijo predilecto.
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-¿Cómo se llama? –preguntaron los amigos.
-Can.
-Sí, ya sé que es un can. Pero, ¿Cuál es su nombre?
-Can.
Los niños lo llamaban por Can y el perrillo acudía moviendo la cola.
-Es muy dulce –dijo una vecina.
-Nilsa, un perro es una compañía. Nunca te vas a arrepentir de habértelo quedado –comentó otra.
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Can, pronto evidenció la voluntad de no apartarse de Nilsa. Estaba con ella en el salón, en la cocina, e incluso la acompañaba hasta la puerta del baño. Adonde fuera iba a su lado.
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A Can le encantaban dos juguetes; la pelota y los muñecos. En la plaza se enloquecía cuando le tiraban la pelota, y en casa le encantaba morder y sacudir los muñecos, además de arrancarles los ojos. Nilsa y Nelson se reían. El perrito era feliz con ellos. Prácticamente le traían un regalo diario.
Nelson le enseñó a no dejarlos tirados por el suelo, y le mostró una caja de madera ubicada en el balcón.
-Aquí debes poner tus juguetes.
Can, obedecía. Tras los juegos, la pelota y los muñecos iban al cajón. Ese era su tesoro. Pronto al cajón se le sumó otro y después otro.
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El médico fue contundente:
-Sí, señora. Usted tiene cáncer.
Se programó una mastectomía doble.
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A Nilsa algo le decía que iba a morir de esa enfermedad, qué el cáncer la llevaría. El temor le navegaba en la sangre y el peso de la preocupación lo sentía en los hombros.


La noche antes de ir al hospital, se durmió abrazada a Can. Un pensamiento la atravesó. ¿Qué pasaría con él si ella moría? Porque, de ocurrir, atrás de ella se iría Nelson, de eso estaba segura. ¿El perrito volvería a la calle? De los hijos nada podía esperar; vivían en apartamentos pequeños y cargados de hijos. La idea le entristeció el pensamiento. Tenía más miedo de la suerte del perrito que de su muerte.
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La mastectomía doble era tarea difícil. Nilsa fue hospitalizada durante dos semanas.
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Nelson, al volver a casa, sin atreverse a encender la luz, lloraba en la oscuridad abrazado a Can. El pequeño perro gemía junto a él, compartiendo el trance emocional del hombre.


Los días pasaron. Nelson vivía más en el hospital que en el apartamento. Un velo de tristeza le cubría el rostro.
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Can se fue apagando, la ausencia de Nilsa lo hundía. No comía ni bebía, los muñecos esperaban, las pelotas se aburrían. La vivienda desprendía un tono gris, y él era un fantasma de cuatro patas caminando en aquella soledad.
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Pero, como todo llega, también llegó el día. Nilsa dejó el hospital.
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Al entrar en casa la recibió un aire de sosiego; desde las luces, hasta el perro, permanecieron calmos, nada quería molestarla. La mujer estaba tan agotada que ni siquiera podía ir al dormitorio. Nelson acomodó la esposa en el sofá y la dejó descansar.
Can se quedó mirándola. El placer de tenerla respetó el momento. Pronto el sueño se apoderó de Nilsa.
La pesadumbre dominaba el ambiente.
Nelson salió del apartamento, a fin de no quebrantar el reposo de la esposa con algún ruido involuntario.


Un par de horas después, Nilsa, al despertar, no enten dió qué pasaba. Algo no funcionaba. No podía mover la cabeza y al cuerpo lo sentía pesado y caliente.
No obstante, poco tardó en pasar del pánico a la risa. ¡Estaba totalmente cubierta con todos los tesoros de Can!
Mientras ella dormía, el perro había ido cien veces a las cajas del balcón, y viaje tras viaje fue trayendo los muñecos y las pelotas, colocándolos encima y alrededor del cuerpo de la amada amiga.
-Me trajo los juguetes para que juegue y me divierta.
Exactamente, Can había comprendido que se recuperaría más pronto con la alegría que con la tristeza.
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Nilsa se olvidó de morir. Al contrario, comenzó a vivir con más intensidad. Con el perro hacía largos paseos, y fue conociendo gente que también paseaba a sus animales. La vida volvió a sonreír para ella, depositando la tranquilidad en Nelson y júbilo en Can.
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Han pasado ocho años y Nilsa sigue libre del cáncer. A su existencia la alumbran los ojos del perro, y se deja guiar por el movimiento de la cola del animal expresándole cariño.
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Para Can, los juguetes siguen siendo motivos de diversión, pero ya no son su mayor tesoro, ahora su verdadero tesoro es Nilsa. Para él, nada existe en el mundo que supere la suavidad de la mano de ella dedicándole una caricia.
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A Nilsa y Nelson (el matrimonio que no quería perros), Can les entregó una revelación: la validez de las personas no está en obtener destaque social, ni en poseer cosas, ni en tener dinero en el banco. Las personas que verdaderamente valen son las que recogen animales de las calles, los adoptan, les regalan juguetes y reciben sonrisas.


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Autor: Paulo VieiraRío de Janeiro, Brasil.
Traducción: Mirna Valenti
www.sosvidaanimal.org.br

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PUBLICADO POR RICARDO MUÑOZ JOSÉ

viernes, 28 de octubre de 2011

Para el libro de los animalistas

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TEXTO INCLUIDO EN EL LIBRO (EN FASE DE CONCLUSIÓN) QUE APARECERÁ EN DICIEMBRE DE ESTE AÑO
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AHORA QUE ESTOY…
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El camino sin retorno me espera, y antes de irme quiero que todos sepan el modo que mi voluntad se enfrenta al momento. Los años ya han pasado a través de mi cuerpo, estoy muy viejo y sé que el que ha vivido debe morir… Pero, morir solo, adentro de este estrecho espacio, es triste… Y sé que el que ha vivido ¡debe morir!
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He sufrido el tormento de vivir prisionero, de ver la libertad a la distancia. Nunca he conocido las costumbres de mi especie. Nunca he tenido una familia de mi especie. Nunca he tenido hijos ni el amor de una pareja. Nunca he sido tratado con amabilidad. Soy posesión de una familia humana. Una familia que veo de lejos. Una familia de la que siento próxima sólo cuando me traen la comida. Mi tiempo es mucho, el de ellos siempre es poco, por eso me miran sin arrimarse, y no me ven. No me conocen ni intentan conocerme. Pero igual los amo.
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De mi corazón se desborda el amor para dar y ahora que estoy cerca del final… Ellos nunca sabrán cuánto los amaba. Los perdono por la forma en que me trataron, por haberme encerrado de por vida… Mis ojos están cargados de tristeza… De la misma tristeza de todas las aves que viven en cautividad y mueren solas cerca de los humanos.
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Amanda Ondó – Malabo, Guinea Ecuatorial, África Occidental.
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PUBLICADO POR RICARDO MUÑOZ JOSÉ
http://linde5-otroenfoque.blogspot.com/2011/10/para-el-libro-de-los-animalistas.html
Aquí puedes dejar tu comentario. La autora lo agradecerá. No olvides que el estímulo siempre conduce a nuevas obras.

viernes, 14 de octubre de 2011

La lección

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TEXTO INCLUIDO EN EL LIBRO (EN FORMACIÓN) ESCRITO POR EL AMOR HACIA LOS ANIMALES


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- Papá, ¿en qué árbol crecen las balas? -preguntó el hijo a su padre, un perro labrador experto en detección de explosivos del ejército inglés en Afganistán.
- No hijo, quién te metió esas ideas, las balas no crecen en los árboles -le explicaba el padre.
- Pero entonces como es que crecen, como se vuelven tan venenosas ? -vuelve a preguntar el perrito, de solo 10 meses de edad.
- ¿Venenosas ? No, las balas no son venenosas -le intenta explicar, tratando de disimular la gracia que le provocaban esas preguntas.


El padre, un perro ya adulto y con mas de 5 años de experiencia en el ejército intuía hacia donde quería llegar su hijo.
Hacía una semana el perro líder del escuadrón antibomba había muerto al ser alcanzado por una bala durante un fuego cruzado con supuestos terroristas. La muerte del líder del escuadrón había hecho ascender al padre del pequeño hasta el puesto de nuevo líder, algo que había esperado desde que entró a la fuerza, pero al parecer esto preocupaba a su pequeño hijo.
- Pero las balas matan papá, deben ser venenosas, además yo vi una el otro día, y parecen bellotas, deben ser de algún árbol -continuaba explicando su razonamiento el pequeño.
El padre decide explicar con mayor detenimiento y así terminar la conversación que ya se le estaba haciendo algo incomoda.
- Las balas no crecen en los árboles hijo mío, las balas las hace el hombre, él las fabrica con materiales que solo él sabe manejar, y tampoco son venenosas, las balas matan porque provocan mucho daño al entrar en el cuerpo.
El hijo miraba con ojos grandes, asombrado de su nuevo descubrimiento, pero era demasiado curioso como para detenerse en ese momento.
- Y para que usan las balas los hombres ? -volvió a preguntar el perrito.
- Para combatir a sus enemigos -replicó el padre-, por ejemplo en una guerra -agregó después.
- ¿Guerra? ¿Qué es la guerra ? -seguía preguntando el perrito.


El padre intentaba explicarle lo complicado que es la guerra, dándole una explicación lo suficientemente confusa como para que su hijo abriera los ojos tan grandes como podía y ya perdiera el control de su lengua que le colgaba de la boca abierta al máximo de sus posibilidades. .
Luego de un rato de quedar así, el perrito comienza de nuevo.
- ¿Y por qué los hombres hacen guerras papá ?
- Hay muchas razones, pero sobre todo se inician cuando un grupo de hombres quieren algo que otros tienen -le responde ya cansado el padre.
- ¿Y por qué no lo piden prestado ? -pregunta inocentemente.
- Porque lo quieren sólo para ellos, no lo quieren devolver -responde rápidamente el padre.
- Pero eso esta mal papá, y además, ¿por qué lastiman a los que sí lo tienen?
- Porque los que lo tienen no siempre quieren entregarlo, puesto que saben que no lo van a ver más -responde el padre que cada vez se sentía mas raro al responder estas preguntas.


Y al fin el hijo hizo la pregunta que el padre esperaba:
-¿Y por que mataron al perro jefe de la brigada, si él no tenía nada?
- No lo querían matar a él, eso fue sin querer, él estaba con los amos, cuidándolos.
- Pe-pe-pero... ¿cómo qué sin querer? Si la guerra es con los amos, ¿por que le dispararon? - preguntaba con un nudo en la garganta el pequeño, los ojos comenzaban a achicarse y a empañarse por el llanto que aparecía.
- Es que los hombres cuando van a la guerra no piensan bien, y lo que comienza como avaricia pasa a ser odio, y luego no ven a donde disparan, sólo les importa disparar y hacer daño -el padre no podía creer lo que acababa de decir, cosas que siempre vio pero nunca las pensó de esa forma, su cabeza estaba más confusa que la de su hijo.
-¿Y a ti también te van a matar papá? -preguntó el pequeño perrito, ya sentado en sus patas traseras y con un par de lágrimas corriéndole en el hocico.
El padre tembló al escuchar esa pregunta de la boca de su hijo.
- No, por supuesto que no -respondió el padre para que su hijo se tranquilizara, pero por dentro el miedo lo recorría.
- Dejemos de hablar de eso -dijo por fin el padre intentando acomodarse, y llevó a su hijo a buscar algo de agua para lavarse la cara y luego ponerse a jugar, intentando olvidar la conversación.


Ese día ambos padre e hijo aprendieron algo, el hijo aprendió que las balas no crecen en los árboles ni son venenosas, y el padre aprendió que las balas crecen en los árboles de la avaricia que el hombre cultiva, y que el veneno del odio con el que las riega todos los días las hace tan mortales.
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WILSON CRUZ - Montevideo, Uruguay.
http://pensadonia.blogspot.com/


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PUBLICADO POR RICARDO MUÑOZ JOSÉ


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viernes, 7 de octubre de 2011

El dolor que divierte

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TEXTO QUE FORMA PARTE DEL LIBRO EN PREPARACIÓN

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EL LIBRO ESCRITO POR LOS ANIMALISTAS
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Él no sabía que cada año mueren becerritos en miserables pueblos, donde practican aberrantes y primitivas celebraciones.
Estaba cansado, dolorido. Tenía sed. Pero lo único que se deslizaba por su garganta era un áspero líquido que le provocaba arcadas.
-Mamá –pensó.
De su garganta salió un sonido sordo, espero, apenas audible.
-Mmmmmm…
Ya no podía aguantar más. Sus rodillas se doblaban. En las delgadas piernas de becerrito de pocos meses, un inesperado temblor. Cayó de rodillas, consciente que iba a besar el suelo. Un poderoso alarido que provenía de todas partes, lo envolvió. El sonido partió el día con el tajo de la impaciencia. Tenía miedo, mucho miedo. Hacía una eternidad que unos brazos humanos, enmarcados en muecas de severidad, lo habían forzado a entrar… ¿Qué lugar sería ese? Un fuerte olor a muerte le atravesó el presentimiento, haciéndolo retroceder. Pero lo humanos le propinaron golpes con unos palos que picaban, y el dolor lo recorrió entero, quedándose alojado en el cuerpo. Tuvo que avanzar hacia el centro del inmundo sitio. Un sitio que lo aterrorizaba. Apenas podía distinguir qué pasaba. Sólo veía pequeños humanos a su alrededor, envueltos en una incomprensible algarabía, y cada vez que bajaban los brazos, el dolor aumentaba. ¿Qué tenían en las manos? ¿Por qué su sufrimiento les daba alegría? No captaba que hallábase en un trance conducente al martirio, alejado de cualquier suerte de felicidad; en manos de la crueldad.
-Mmmmmm…


Cerró los ojos en un intento de fuga. Volvió a ver a la madre, su dulce mirada rebosante de amor, las tiernas caricias cubriéndole el cuerpecito para emparejarlo a la dicha, y las rebosantes ubres de rica leche que le inyectaban vida.
Mmmmmm…
Un nuevo golpe lo devolvió a la realidad. Miró hacia el lado que le dolía y… otra vez ese líquido espeso… Ese dolor… ¡Tanto dolor! ¿Cuándo acabaría esto?
-Mmmmmm…

Allá, en la hacienda donde había nacido, los árboles daban abrigo, el sol brillaba regalando calor, y la mirada no conocía límites.
Añoraba los amigos, los primos y las primas, todos igual que él.
Recordaba los juegos, las carreras, la hierba tierna, el agua fresca, la libertad…

Una mañana lo vio. Torneado, musculoso, imponiendo respeto.
-Es tu padre –le dijo su madre.
Estaba allá, a lo lejos. Era un impresionante toro negro, fuerte, alto, poderoso. Lo miró con orgullo y pensó:
-Yo también llegaré a ser así.
Su madre, como adivinándole el pensamiento, lo miró con tristeza.
-¿Qué será de ti, mi tierno pequeñin? He visto irse a tantos hijos míos y nunca regresaron.

Volvió a abrir los ojos; la oscuridad en pleno día era cada vez mayor. En todo el entorno seguían esos cachorros humanos, gritando cual posesos, con las miradas duras cabalgando en las bocas infectadas de palabrotas. Ladeó la cabeza con dejo vencido; la música ahora parecía más lejana y la oscuridad más densa. No había luna en este horrible espacio de sufrimiento y de muerte. El frío, íbase tornando más intenso, no le dejaba sentir las piernas. La oscuridad era un vuelo de mariposas negras. Bajó los párpados. No ver lo distanciaba de ese espantoso lugar. En los tímpanos resonaban berridos ausentes, igual a sonidos huecos. ¿Sería la voz de los muertos?
-Mmmmmm…
.


¿Por qué un cachorro como él estaba ahí? ¿Por qué la luz cuajó en sombras? ¿Por qué los murmullos se apagaban?
Permaneció así un tiempo; tiritando en garras del instante. Ante él se fue dibujando un camino largo, gélido, opaco… Le dolía todo; no había paréntesis ni desahogo; sólo martirio encumbrando el apogeo del terror. Iba hacia una eternidad que duraba la escenificación de ese suplicio.
De repente, un inaguantable y agudo dolor le aterrizó detrás de la cabeza. Pidió ayuda:
-Mmmmmm…
Pero sólo acertó a abrir la boca, nada se oyó. La quietud callada aparcó en su soledad. La oscuridad se tornó completa, el silencio atacaba y la temperatura bajó a punzar sin límite. El miedo le retorció las entrañas. El final, ese final que transportaba la alegría de aquellos humanos, le aplastó el corazón. En la otra punta del túnel la muerte lo abrazó. Descansa en Paz, pequeño.


Aterra saber que las becerradas son un entretenimiento pensado para solaz de los niños. ¿Se habrán concebido con el fin de anular la sensibilidad infantil, y fomentar en la niñez la costumbre de matar seres vivos como diversión?
-Mmmmmm…
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Elisa Serra Blasco
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PUBLICADO POR RICARDO MUÑOZ JOSÉ
http://linde5-otroenfoque.blogspot.com/2011/10/el-dolor-que-divierte.html


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