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UN VIEJO REFRÁN DICE: “AÑO NUEVO, VIDA
NUEVA”
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¿LOS ANIMALES PUEDEN ENSEÑARNOS CÓMO SE
LLEGA A ESA “VIDA NUEVA”?
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LOS MÚSICOS DE
BREMEN
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Relato
inspirado en el cuento infantil de los Hermanos Grimm
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Muchos años lo contemplaban
a través de sacos y más sacos rumbo al molino, sin evaluar en ningún momento cantidades
ni pesos. Tarea que resumía el único vínculo del asno con aquella granja. Sus
días representaban un interminable canje; sudor y cansancio por comida. Nunca
un cariño. Nunca una frase amigable.
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Mas, la vejez, que siempre
espera en la ondulación del tiempo, poco a poco fue entrando en sus huesos, y
la silente mordida de la edad le mermó las fuerzas. La realidad pronto gritó la
sentencia; ¡ya no servía! Frase atroz que le estremeció el alma, pues le
constaba que a los inservibles la suerte nunca los protege. Y la sospecha
redobló el estremecimiento al escuchar al dueño hablándole a la esposa:
-Come y no trabaja. Tengo
que deshacerme de él pero no sé cómo. Y si no puedo venderlo, lo…
El asno quedó petrificado,
naufragando entre disímiles volutas de incomprensión. ¿Era esa la paga por
tanto esfuerzo y tanta abnegación?
Intuyendo un sombrío
destino cedió a lo inmediato, y aterrizó en la hondura del atrevimiento.
-¡Me marcharé!
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El nuevo día y la extrañeza
de los demás animales presenciaron la partida. La realidad le había roto el
empañado espejo de la senil existencia.
-Mis padres han muerto.
Murieron trabajando para los hombres. Y aquella burrita parda que pretendía mi
amor, hoy cuida de los nietos. Sólo me queda conocer la libertad.
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El eterno soplo del aire
abrazó el cuerpo del equino vencido. Cual bandera de separación, una sábana
colgada en el patio flameaba silente, marcando el marchar imprescindible. Miró
atrás, la sombra gris de un pasado, que de tan nuevo aún no asumía lo lejano,
parpadeaba enternecida. Partió envuelto en un entusiasmo anubarrado,
agonizante, tambaleando en el eco del lento amanecer.
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Con un trote suave dio
inicio a la longitud del camino. Todo rezumaba luminosidad, el color enlazábase
a los sonidos y la exuberante vida le ponía cadencia a la música de natura. Las
pisadas insonoras lo fueron adentrando en el amplexo de los valles. Las
montañas observaban desde la altura de las cúspides. El diáfano cielo asentía.
Todo conformaba un panorama límpido, que él no podía ver pues el desengaño
habíale instalado una venda en los ojos. Empero, la marcha, horadando la
distancia, le indicaba la presencia de un mundo nuevo; un mundo despoblado de
intranquilidad.
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La muda mirada recorrió el
rostro del amo. El otro no entendía que aquella mirada encadenaba al perro a la
tortura del recuerdo. No quería partir. Tal vez su dueño reconsiderara para
devolverle la amistad, el amor, la confianza. Las jornadas compartidas
reclamaban una vejez serena… Pensamiento inútil. Lacerante.
-Viviré la condena de
amarte y no tenerte a mi lado. De no verte ni de lejos… Por ti hubiera dado la
vida. Te amé a ti, a tu familia, y hasta fui juguete de tu hijo…
El dueño pudo ayudarlo, él
era fuerte. Pero, en la cobarde intención germinó la barrera que fracturaba la
relación poblada de entrega y fidelidad.
-Y aunque sé que nunca
saldrás a buscarme, igual, igual te espero…
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Los pasos presurosos le pusieron
alas a la fuga. Zarpó atraído por el imán de la esperanza. Una débil esperanza
enumerando nuevos rostros, nuevos cielos. El reposo, sentado en el desván de
las hojas, aureolaba la mañana; describía la vida. Pronto la memoria devino en
pájaro cautivo aleteando en la tristeza, sollozando en el hueco del adiós,
advirtiendo fríamente que el ayer habíase convertido en sueño muerto. Mas, el
pobre can perseveraba en engañarse, en remover las imágenes del ayer, en
recrearse en la dicha perdida. Un inútil empeño de amarrar el fino hilo de la
distancia a los innumerables afluentes del cariño.
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El burro tras haber andado
un kilómetro, encontró un perro de caza que iba jadeando tal si lo
persiguieran.
-¿Por qué estás tan
cansado?
-He huido de mi casa.
Porque estoy viejo y ya no puedo cazar, mi dueño… ¡Y yo sé cómo acaban los perros de los
cazadores!
-¿Cómo acaban?
-¡Colgados! ¡Pataleando en
el aire y sin poder tocar el suelo!
-Eso es muy cruel.
-Así es. A los cazadores
poco les importa el amor de un perro. Mientras eres útil, te mantienes, y
cuando dejas de servir… Por eso he huido.
-Yo también he huido.
-¿Y tú por qué?
-Porque estoy viejo y no
puedo trabajar igual que antes. Mi dueño resultó un desagradecido. Olvidó los
años que trabajé para él. Incluso escuché que planeaba venderme, y de no
conseguirlo, me entregaría al zoológico para que me coman los leones.
-A la ingratitud humana
nada la detiene.
-Y ahora voy a Bremen.
Pienso hacerme músico. Vente conmigo y hazte músico tú también. Yo puedo tocar
el laúd y tú el tambor.
El perro aceptó. Para él la
fortuna cambió. Había hallado un amigo y una nueva ilusión. Juntos encararon el
rumbo a Bremen.
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La mujer de rostro
iracundo, mirada borrascosa, y palabras quebradas derramando ingratitud, agitaba
un arsenal de frases vestidas de amenazas. Renunció a su gato, al tierno
corazón cansado de latir por ella, haciéndole sentir con esa actitud que el
animalito vivió en la mentira, flotando entre sueños falsamente edulcorados por
alguna caricia. La conducta de la dueña definía sentimientos muertos que
estaban vivos. El michino enjugó la decepción en las inquietantes aguas de la
fe hundida en un tiempo ido. El amor, palpitando en la vejez, resumía la
urgencia de una decisión; la coyuntura reclamaba un movimiento si quería
salvarse.
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Aunando pasos desasosegados
y atentos, cruzó por delante de una puerta entreabierta, después atravesó el
adormilado pasillo y bajó por la anciana escalera, tejiendo un enlace entre
escalón y escalón. La puerta principal de la casa no opuso resistencia.
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Los ojos de la atmósfera lo
observaron. El patio, llorando el polvillo de añosas estelas, concedió
veracidad a la silenciosa partida. Abandonó la vivienda con el estremecimiento
del famélico pordiosero frente al pan inalcanzable; como la rama seca que
renuncia al árbol que la sostiene. Atrás se quedaban diez años. Tres mil
seiscientos cincuenta días confundiendo mentiras por amor; mala intención por
dicha.
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El asno y el perro, ergo
recorrer un trecho, en un recodo del camino hallaron un gato, que detrás de la
cara enfadada escondía el tajante hachazo de una amargura.
-¿Qué tal, amigo? –lo
saludó cortésmente el burro- No pareces muy feliz.
-¿Puedo estar feliz cuando
por viejo me acaban de retirar el cariño?
-Cuéntanos, ¿qué te pasa?
–invitó el perro.
-Pues, como estoy viejo y
prefiero acurrucarme frente a la chimenea en vez de cazar ratones, mi dueña, la
mujer que más amo, ha querido ahogarme en la bañera. Para librarme tuve que
escapar.
El can y el jumento
trocaron ojeadas sin dar señal de asombro.
-Pero ahora tengo miedo
–prosiguió el gato-. No sé qué será de mí, ni adónde puedo ir.
-Ven con nosotros a Bremen.
Aprenderás música y podrás ser músico igual que nosotros.
El gato, conmovido, aceptó.
La ventura le sonreía. La vida suplantó la pérdida de la desleal dueña por la
llegada de dos amigos.
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Noche adulta, redondez
nocturnal, espacio retinto, estrellas inquietantes; todo el silencio ocupando
el hueco de la eternidad. El gallo sentíase exhausto, pequeño, frágil,
desvalido en el oscuro corral; encerrado entre las aéreas murallas de las
sombras. Solfeando desasosiego, cada vez más oprimido ante la derrota, más
segmentado por el miedo. Un miedo que le empañaba las plumas derrumbándole la
cresta, encogiendo los espolones. La decisión le imponía arriar el amor por
aquella casa, y por la gente que la habitaba. Debía partir y le costaba irse.
Semejábase a la golondrina que al estar prendada del paisaje, resolvió quedarse
en el sitio desafiando el gruñido del invierno, y la derribó el viento helado.
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El torbellino de recelo ya
pronunciaba la palabra tardía; adiós. Y aunque en los ojos permanecía la
tristeza del niño paralítico viendo a los otros niños correr, lo empujaba el
velo gris de una sospecha recluida en la memoria.
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Con un leve empujón abrió
la puerta del gallinero. El lambetazo de la brisa le acarició el plumaje.
Partió.
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Los tres fugitivos,
cargando en sus adentros el intenso drama que la infidelidad humana les
endosara, aunados por la naciente amistad, miraron al horizonte; consumían
trayecto, sólo consumían trayecto. Bremen quedaba lejos; tendrían que luchar
contra la fatiga y la lejanía.
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Al pasar por frente de una
granja, vieron un gallo agitándose y cacareando a todo pulmón.
-¡Eh! Frena el quiquiriquí.
¿Quieres dejarnos sordos? –reclamó el asno.
-¿Qué te ocurre? –preguntó
el gato.
-Mi canto tenía que ser
alegre, pero ya no puedo estar alegre.
-¿Por qué? -quiso saber el
perro.
-Porque mañana es domingo y
mis dueños tienen invitados. Y le han dicho a la cocinera que me mate y haga
conmigo una apetitosa comida. Muy pronto olvidaron mis servicios de reproductor
y anunciador del nuevo día. Por eso chillo. Para quitarme la rabia y el miedo.
-Te comprendemos. La gente
es desagradecida –apostilló el perro.
-Vente con nosotros –lo
convidó el asno.
-A nuestro lado estarás
mejor –agregó el gato.
-Vamos a Bremen para
hacernos músicos –continuó el burro- Y ya que tú tienes buena voz, contigo
podremos formar un cuarteto formidable.
El gallo no pudo negarse.
Atrás quedaba la muerte, adelante la vida, y junto a él, tres amigos.
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Los cuatro prosiguieron
viaje. Los kilómetros que iban acomodándose a la espalda, contemplaron gozosos
la fuga hacia la ilusión. La arboleda, puesta de pie, agitó la cabellera en
señal de simpatía. Detrás del horizonte Bremen esperaba. Conocían la
imposibilidad de llegar en un día. Metro a metro la piel de la superficie
desfilaba bajo las patas, y el peso del cansancio alivianó la carga gracias a
la animada charla entre los animales.
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Desplegando un crepuscular
vuelo, la tarde ponía en un bostezo el escarlata que matizaba el semblante de
la tierra. Al caer el sol, un bosque les ofreció cobijo. Resolvieron hacer un
alto y pasar ahí la noche.
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El asno y el perro hallaron
acomodo a los pies de un árbol, el gato prefirió la concavidad de una gruesa
rama. El gallo, sujeto al temor que le navegaba en las entrañas, prefirió
instalarse en la copa.
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Sin embargo, antes que el
sueño lo depositara en brazos del descanso, el gallo paseó la vista por el
entorno. Divisó algo. Sí, a corta distancia vio una tenue luz. En el acto llamó
la atención de los otros tres, y deshojando cacareos les hizo saber que debía
tratarse de una casa.
-Entonces, ¡vamos hacia
ella! –propuso el burro- El bosque es hospitalario aunque la intemperie no es
agradable.
-En esa casa habrá comida
–murmuró el perro.
-Y también un poco de leche
–agregó el gato.
-O un poco de heno –musitó
el jumento.
-Yo sería feliz con que a
los dueños no les gustase la carne de ave –remató el gallo.
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Guiados por la luz pusieron
proa al objetivo. En la medida que se aproximaban, ese faro afincado en la nada
se iba agrandando. Al poco rato vieron la casa a un costado del camino. Sin
embargo, la confianza dio paso al recelo, y los cuatro amigos determinaron
arrimarse centrados en el sigilo, convirtiendo la insonoridad en el motor para
las pisadas.
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La vivienda, erguida en el
regazo de la soledad, blandía una razón de ser; era la guarida de un grupo de
ladrones.
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El asno, al ser el más
alto, arrimó la testa a la ventana.
Sus ojos adquirieron
destellos de satisfacción.
-¿Qué ves? –le preguntó el
gallo.
-¡Lo más bellos del mundo!
Veo una mesa repleta de comida y bebidas. Parece que nos está esperando.
-¿Y no hay gente? –indagó
el gato.
-Eso es lo malo. También
hay unos tipos de feo aspecto. Parecen facinerosos.
-Ay, cómo me gustaría estar
en ese banquete –confesó el gallo.
-A mí también, pero, ¿cómo?
–interrogó el burro.
Recularon en bloque prestos
a elaborar un plan.
-Lo primero, debemos
hacer es librarnos de los delincuentes –opinó el gato.
-Si unimos nuestras
características animales, no nos será tan difícil –propuso el perro.
Velozmente compusieron la
acción.
El asno puso las patas
delanteras en la ventana, el perro subió al lomo del burro, el gato hizo lo
mismo sobre el perro, y el gallo levantó vuelo y se posó encima del gato… Inmediatamente
arrancó el concierto; un coro de cacareos, rebuznos, ladridos y maullidos
atronaron la noche.
Los ladrones,
desconcertados, vieron aquella mole de animales de múltiples formas, y pensando
en algún monstruo sanguinario sediento de carne humana, dejaron la mesa con
todos los manjares. Y a fin de evitar el mortífero ataque, huyeron atemorizados
en dirección al bosque.
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Los amigos comieron hasta
el hartazgo, hablaron, rieron y cantaron. Después, respondiendo al llamado del
descanso, apagaron las luces, y establecieron los acomodos para dormir en
sitios idóneos a cada naturaleza: el burro marchó al patio y acabó echado
arriba de un montón de paja, el perro prefirió tumbarse detrás de la puerta, el
gato buscó acomodo al lado del fogón de la cocina, y el gallo en una percha.
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Cuando la noche madura
acaparaba el sitio, el grupo de ladrones, ya libres del susto, y espiando desde
lejos, advirtieron el retorno de la calma.
-Creo que nos asustamos sin
motivo –dijo el jefe, y ordenó a uno de los compinches-. Tú, vuelve a la casa y
mira bien a ver si de verdad hay un monstruo.
-Yo no voy. A mí no me
atrae la curiosidad.
El jefe, advirtiendo
pérdida de autoridad, tomó la decisión más adecuada:
-¡Iré yo mismo!
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Las tinieblas envolvían el
mutismo de la vivienda. Nada insinuaba la existencia de ser viviente alguno. El
hombre resolvió entrar en la cocina a buscar una vela. Los animales despertaron
y mantuviéronse quietos, en actitud callada.
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El sujeto, vio dos ojos
brillando en la oscuridad, y dedujo que algunas brasas aún seguían ardiendo.
Arrimó la vela “al fuego”. Entonces, el gato, juntando fuerza y determinación,
le saltó a la cara llenándolo de arañazos. El individuo, entre los gritos paridos
por el dolor, partió horrorizado hacia la salida, presto a convertir la fuga en
vía a la salvación. Mas, en la puerta tropezó con el perro, que en un tris le
mordió una pierna. Enloquecido salió al patio, donde el asno le atizó una
tremenda coz. El gallo, al grito de ¡quiquiriquí! levantó vuelo y le cayó en la
cabeza aplicándole una lluvia de picotazos.
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El delincuente tornó al
bosque tiritando y ahogado por la extenuación. Los compañeros quisieron saber
lo sucedido. Una vez que amainó el nerviosismo, el maleante, en medio de
balbuceos, contó:
-En la casa hay gente
extraña. Una bruja me arañó la cara, en la puerta alguien me dio una cuchillada
en una pierna, en el patio un monstruo negro me atizó un mazazo, y desde el
tejado me saltó algo que picoteaba y gritaba “¡No lo dejéis escapar!”. A duras
penas he conseguido zafarme. ¡A esa casa no vuelvo más!
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Para regocijo de la
comarca, la banda de ladrones desapareció, prefiriendo seguir desafiando al
destino antes que enfrentarse a las monstruosas criaturas que los expulsaron de
la cómoda guarida.
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El asno, el perro, el gato
y el gallo, se hicieron con la vivienda, y dado que había sido refugio de
ladrones, allí encontraron de todo, y adentro de ese todo, también instrumentos
musicales.
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A fuerza de reiterados
ensayos, lograron formar el ansiado cuartero.
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Cierto día, pasó por allí
un viajante de comercio, y escuchó la música que presidía el sitio. El deleite
lo atrapó y el hombre quedó prendado.
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Al tornar a Bremen contó el
maravilloso descubrimiento. La noticia corrió de boca en boca.
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El domingo siguiente, una
caravana viajó al lugar dispuesta a enternecerse con el placer de la música.
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A los cuatro amigos les
encantó el aplauso de tan rendida concurrencia. Y, debido al éxito, resolvieron
instalarse definitivamente en la morada, y así seguir ofreciendo conciertos al
aire libre.
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Y ya que nunca pudieron
llegar a Bremen, Bremen había venido hasta ellos.
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Jacob y Wilhelm,
popularmente conocidos por el apelativo de los Hermanos Grimm, los llamaron LOS MÚSICOS DE BREMEN.
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Para
leer el cuento original de los Hermanos Grimm:
http://garrulussanguinarium.blogspot.com.es/2010/02/los-musicos-de-bremen-de-los-hermanos.html
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Autor
del Texto: Ricardo Muñoz José
http://linde5-otroenfoque.blogspot.com.es/2012/12/un-homenaje-los-hermanos-gremm_31.html
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Este
cuento está incluido en el libro de Ricardo Muñoz José, “Animales que habitan
en el tiempo”.
ISBN-13: 978-84-95679-78-9
ISBN-10:
84-95679-78-7