Él no sabía que cada año mueren becerritos en miserables pueblos, donde practican aberrantes y primitivas celebraciones.
Estaba cansado, dolorido. Tenía sed. Pero lo único que se deslizaba por su garganta era un áspero líquido que le provocaba arcadas.
-Mamá –pensó.
De su garganta salió un sonido sordo, espero, apenas audible.
-Mmmmmm…
Ya no podía aguantar más. Sus rodillas se doblaban. En las delgadas piernas de becerrito de pocos meses, un inesperado temblor. Cayó de rodillas, consciente que iba a besar el suelo. Un poderoso alarido que provenía de todas partes, lo envolvió. El sonido partió el día con el tajo de la impaciencia. Tenía miedo, mucho miedo. Hacía una eternidad que unos brazos humanos, enmarcados en muecas de severidad, lo habían forzado a entrar… ¿Qué lugar sería ese? Un fuerte olor a muerte le atravesó el presentimiento, haciéndolo retroceder. Pero lo humanos le propinaron golpes con unos palos que picaban, y el dolor lo recorrió entero, quedándose alojado en el cuerpo. Tuvo que avanzar hacia el centro del inmundo sitio. Un sitio que lo aterrorizaba. Apenas podía distinguir qué pasaba. Sólo veía pequeños humanos a su alrededor, envueltos en una incomprensible algarabía, y cada vez que bajaban los brazos, el dolor aumentaba. ¿Qué tenían en las manos? ¿Por qué su sufrimiento les daba alegría? No captaba que hallábase en un trance conducente al martirio, alejado de cualquier suerte de felicidad; en manos de la crueldad.
-Mmmmmm…
Cerró los ojos en un intento de fuga. Volvió a ver a la madre, su dulce mirada rebosante de amor, las tiernas caricias cubriéndole el cuerpecito para emparejarlo a la dicha, y las rebosantes ubres de rica leche que le inyectaban vida.
Mmmmmm…
Un nuevo golpe lo devolvió a la realidad. Miró hacia el lado que le dolía y… otra vez ese líquido espeso… Ese dolor… ¡Tanto dolor! ¿Cuándo acabaría esto?
-Mmmmmm…
Allá, en la hacienda donde había nacido, los árboles daban abrigo, el sol brillaba regalando calor, y la mirada no conocía límites.
Añoraba los amigos, los primos y las primas, todos igual que él.
Recordaba los juegos, las carreras, la hierba tierna, el agua fresca, la libertad…
Una mañana lo vio. Torneado, musculoso, imponiendo respeto.
-Es tu padre –le dijo su madre.
Estaba allá, a lo lejos. Era un impresionante toro negro, fuerte, alto, poderoso. Lo miró con orgullo y pensó:
-Yo también llegaré a ser así.
Su madre, como adivinándole el pensamiento, lo miró con tristeza.
-¿Qué será de ti, mi tierno pequeñin? He visto irse a tantos hijos míos y nunca regresaron.
Volvió a abrir los ojos; la oscuridad en pleno día era cada vez mayor. En todo el entorno seguían esos cachorros humanos, gritando cual posesos, con las miradas duras cabalgando en las bocas infectadas de palabrotas. Ladeó la cabeza con dejo vencido; la música ahora parecía más lejana y la oscuridad más densa. No había luna en este horrible espacio de sufrimiento y de muerte. El frío, íbase tornando más intenso, no le dejaba sentir las piernas. La oscuridad era un vuelo de mariposas negras. Bajó los párpados. No ver lo distanciaba de ese espantoso lugar. En los tímpanos resonaban berridos ausentes, igual a sonidos huecos. ¿Sería la voz de los muertos?
-Mmmmmm…
.
¿Por qué un cachorro como él estaba ahí? ¿Por qué la luz cuajó en sombras? ¿Por qué los murmullos se apagaban?
Permaneció así un tiempo; tiritando en garras del instante. Ante él se fue dibujando un camino largo, gélido, opaco… Le dolía todo; no había paréntesis ni desahogo; sólo martirio encumbrando el apogeo del terror. Iba hacia una eternidad que duraba la escenificación de ese suplicio.
De repente, un inaguantable y agudo dolor le aterrizó detrás de la cabeza. Pidió ayuda:
-Mmmmmm…
Pero sólo acertó a abrir la boca, nada se oyó. La quietud callada aparcó en su soledad. La oscuridad se tornó completa, el silencio atacaba y la temperatura bajó a punzar sin límite. El miedo le retorció las entrañas. El final, ese final que transportaba la alegría de aquellos humanos, le aplastó el corazón. En la otra punta del túnel la muerte lo abrazó. Descansa en Paz, pequeño.
Aterra saber que las becerradas son un entretenimiento pensado para solaz de los niños. ¿Se habrán concebido con el fin de anular la sensibilidad infantil, y fomentar en la niñez la costumbre de matar seres vivos como diversión?
-Mmmmmm…
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Elisa Serra Blasco
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PUBLICADO POR RICARDO MUÑOZ JOSÉ
http://linde5-otroenfoque.blogspot.com/2011/10/el-dolor-que-divierte.html
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Micaela, llegó a mi vida el sábado 20 de Diciembre 2008. Ese día, con mi amiga Luz, terminábamos nuestro recorrido semanal por el sector Bajos de Mena, cuando en la gasolinera ubicada enfrente al cementerio, algo llamó nuestra atención. Nos acercamos a mirar y lo que vimos nos dejó espantadas: una perrita piel y huesos, llena de sarna, garrapatas, úlceras en los ojos, además de una patente infección. No podíamos creer cómo esta pobre criatura había resistido hasta ese momento. Más allá de la raza flotaba una realidad conmovedora.
Le he acondicionado un pequeño espacio para que duerma, dentro de las instalaciones de la gasolinera. Puse varias mantas sobre un cartón buscando aislarla del frío cemento del piso. Los inviernos son duros aquí en Puente Alto (RM, Chile). Estamos muy cerca de la pre-cordillera de los Andes y las temperaturas usualmente bajan de 0 grados en las mañanas. Este fin de semana iré a verla, y le pondré más cartón entre sus mantas y el suelo. También le agregaré otra manta para hacer más blanda su camita.
En lo referente a su enfermedad, recibí esta información: “Gabriela, te cuento que existe una posibilidad de mejora para Micaela, por lo menos de mayor alivio. Es un tratamiento de acupuntura. He visto el resultado en un gatito con la columna dañada, que ni siquiera tenía sensibilidad en sus patitas. Mejoró mucho. No camina aún pero al menos recuperó la sensibilidad. En perros con problemas de discos, o en los huesos, también funciona muy bien”.
Cuando nací, mi dueño no sabía qué nombre ponerme. Mi madre se llama Canija y mi padre Bandido, aunque no tiene nada de malhechor. Son los nombres típicos que nos suelen poner, a los galgos. Cuando a nuestros dueños se les acaban las ideas, nos ponen nombres de otros animales, o de cosas como Gusano, Lagartija, Culebra, Cartucho, Veneno, Zurrón… En fin, como no somos gran cosa, ya se sabe...
Nací junto a mis ocho hermanos, un frío día de Diciembre, cerca de Toledo. La mano, dura y áspera del galguero enseguida nos alzó para examinarnos de cerca. Esto es para detectar a los que valemos para cazar, para criar, o para nada. Yo no supe que no valía para nada hasta que tuve seis meses de vida, para entonces ya tenía el cuerpo cubierto de cicatrices y de golpes. Mi dueño me apartó del costado de mi madre en cuanto pude comenzar a corretear. Mama, la pobre, me observaba con mucha tristeza desde su jaula, donde la mantenían apartada.
Una caricia me despertó. Una voz muy suave me estaba hablando. Noté cómo colocaba algo caliente sobre mi cuerpo y me levantaban en brazos. Unas voces amigas me decían cosas bonitas mientras me subían a una mesa de metal y un señor con bata verde me examinaba de arriba abajo.
Tras curarme las heridas de la última paliza, mirarme los dientes, y ponerme un collar que 






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“Chindo”, el perrillo de sangre ruin y de nobles sentimientos, estaba muerto al pie del majuelo de rojas y brillantes bolitas que parecían de cristal.
En cierta isla de las Antillas, había una vez una casa y junto a ella, un bosquecillo. En la casa moraba un viviseccionista, y en los árboles una tribu de monos antropoides. Vino a suceder que uno de éstos fue capturado por el viviseccionista, que lo tuvo un tiempo metido en una jaula en su laboratorio. Allí, el mono tuvo ocasión de espantarse mucho de lo que vio, pero también de interesarse profundamente por todo lo que oyó. Como tuvo la fortuna de escaparse en una fase temprana del experimento (que tenía el número 701), y de volver con los suyos con apenas una ligera herida en una pata, en conjunto pensaba que había salido ganando.
Nada más volver, dio en llamarse a sí mismo doctor y empezó a importunar a sus vecinos con una pregunta: "¿Por qué no son progresistas los monos?".
Pero cuando el mono científico consiguió estar a solas con los machos más jóvenes, le escucharon con más atención.
El doctor explicó en detalle lo que había presenciado en el laboratorio, y algunos de sus oyentes se mostraron encantados, pero no todos.
Esa misma tarde, el doctor volvió al jardín del viviseccionista, sustrajo una de sus navajas por la ventana del tocador y después, en una segunda expedición, se llevó a su bebé del moisés de la habitación de los niños.
Y cuando se lo hubieron contado, se pasó la pata por la frente, y empezó a dar voces:
Así que llevaron al bebé al jardín ante la casa. El viviseccionista (que era un estimable hombre de familia) se llenó de contento, y fue tal su alivio, que emprendió tres nuevos experimentos en su laboratorio antes de que hubiera acabado el día.




