Tu trato con los animales hablará de ti mejor que tus palabras -R.M.J.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Fernando, el perro que venció al olvido - Resistencia, Argentina

Esta historia comenzó al despuntar la década del 50, un día que el recuerdo no ha registrado. En Resistencia, capital de la provincia del Chaco, apareció un forastero con una guitarra al hombro, y un perrito blanco que no se despegaba de su lado. El hombre entró a una humilde pensión, y con voz serena preguntó si ahí se podían hospedar él y su perro. El dueño, tras mirarlo de reojo, le respondió:
-Si vos no cantás y el perro no ladra, pueden.
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Jornadas después, el artista ambulante del cansancio pasó al descanso eterno. El propietario de la pensión se quedó frío con un cadáver aún caliente. La Municipalidad dio sepultura al cantor desconocido. En tanto, el dueño y algún vecino, compasión en ristre, resolvieron quedarse con el perro. Vano intento. El perrito no se sometía a nadie y al instante tomó la ciudad como su casa.
Poco a poco aquel valiente cuzquito de espíritu callejero, se fue adueñando del cariño de la gente. Sus andanzas y alegría calaron hondo, pues entregó su amistad a los niños y su compañía a los ancianos. Pero seguía siendo libre. De todos obtenía buen trato, y respeto por la libertad que demandaba.
Mas, un aciago día, al perrito blanco lo atropelló un automóvil, y lo dejó a orillas de la muerte. Los niños quedaron estupefactos y doloridos. Ellos sabían que el perro necesitaba un doctor, y sólo conocían a Pipo Reggiardo (un médico que en la Plaza Belgrano, a veces jugaba un ratito a la pelota con ellos). Se lo llevaron. El doctor Reggiardo lo auxilió con presteza, y, al tratarse de un animal sin dueño, lo "internó" en su consultorio adentro de una caja de cartón. La entrega del médico y el preciso tratamiento, en pocos semanas consiguieron la total recuperación.
El animalito volvió a la calle enarbolando su natural propensión a la amistad.
Así, el simpático vagabundo, fue dejando tras de sí una estela de modestia, agradecimiento y saber estar.
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Sin embargo, no es posible interpretar la historia de este perrito, sin conocer a su amigo del alma: el cantante Fernando Ortiz.
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(Fragmentos de una larga entrevista concedida por el cantor unos años antes de su fallecimiento)
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-Lo conocí en el 51 en el Bar Los Bancos, junto a la plaza. Era un perrito blanco, chiquito, y
tenía más o menos un año. Cuando lo vi lo comparé con un capullo de algodón. No lo llamé, pero él vino directamente a echarse a mis pies. Los mozos me preguntaron si molestaba. Les respondí que no. Se quedó a mi lado, y cuando salí me siguió hasta el Hotel Colón, donde yo vivía. A la mañana siguiente lo encontré debajo de mi cama. Como hacía calor y no cerraba la puerta, seguramente entró mientras dormía. Entonces lo bañé, le di de comer, y comenzó la amistad.
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-En el hotel, al principio, yo disimulaba su presencia. Hasta que Coco Lucas, el dueño, lo descubrió. Coco, conmovido por mi mirada y la mirada del perrito, en vez de echarlo le hizo colocar una cucha para que pudiera descansar.
-Yo actuaba en Los Bancos con una orquesta, y cuando actuábamos, el perro se iba a echar detrás del piano. No se separaba de mí. A la salida, siempre me ladraba de manera especial. Yo sabía que era su forma de invitarme a la Plaza San Martín, donde cumplía una especie de rito: perseguir a los gatos. No los agredía. Jugaba corriéndolos.
-En una oportunidad hubo una reunión de artistas. El perro se sentó junto a mí en la punta de la mesa. Los muchachos decidieron ponerle mi nombre. Él respondió bien al nombre de Fernando y jugó con todos ellos. En la amistad era como los humanos. A mí me parecía un ser humano vestido de perro.
-A Fernando le gustaban mucho los picantes y el azúcar, y eso no podía ser bueno para un perro. Como era blanco se ensuciaba mucho, y en cualquier casa lo bañaban. Hasta tres o cuatro veces por semana. Y eso tampoco podía ser bueno para un perro.
-Una noche que hacía mucho frío se me ocurrió darle grappa con azúcar. Al principio no le gustó, pero al rato, empezó a pedir más. Cuando nos fuimos, le costó bajar de la silla, y caminaba de costado, borracho.
-De vez en cuando visitábamos a un gran amigo; el pintor René Brusseau. Fernando se hizo muy amigo de René. Otro de sus amigos fue el escultor, Víctor Marchese. Con Juan de Dios Mena, iba al Fogón de los Arrieros. En el Fogón, lo aceptaron y lo hicieron socio de la institución. Allí destacó como crítico musical. Su mayor virtud era su oído. Como nadie captaba la belleza de los sonidos.
-Para él lo fundamental era la noche. Recorría el Bar Sorocabana, el Bar Los Bancos y el Club Social. Y si oía música se acercaba. La música le encantaba. Pero si no le gustaba algún artista se iba. Y la gente lo seguía.
-No se perdía ninguna fiesta. En los conciertos se colaba y se iba a echar cerca de la orquesta, o del solista. Cuando meneaba la cola aprobaba la actuación, pero ante las pifias gruñía, y a veces aullaba. Él nunca fallaba. Y los músicos admitían haber metido la pata en el punto indicado por el perro. Era un crítico riguroso. Y ninguno se atrevía a pedir que lo pusieran de patitas en la calle, porque la gente se fiaba de su oído.
-Recuerdo que el maestro, Hermes Peresini, eximio violinista, sabía ponerlo a prueba. Tocaba un fragmento de la Czardas, de Monti, y en algún momento colocaba mal alguna nota. Fernando respondía dando un salto y se ponía a gruñir, mientras el maestro se reía. El perro tenía un oído musical muy desarrollado. Quizás esa fue la herencia que le dejó el artista que lo trajo a Resistencia.
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Como perro que era, Fernando se ceñía a su código de costumbres: pernoctaba en la recepción del Hotel Colón (en ocasiones en El Viejo Rincón), a primera hora de la mañana entraba con los empleados al Banco de la Nación, y se dirigía al despacho del gerente, donde éste le hacía servir el desayuno: café con leche y medialunas. Después iba a visitar la peluquería de al lado del Bar Japonés. A continuación, dormía un rato en el Sorocabana sin que nadie lo molestara. Almorzaba en El Madrileño (junto al Sorocabana). En casa del doctor Reggiardo hacía la siesta (un ladrido y un arañazo a la puerta era la contraseña para entrar). Y tras la siesta cruzaba a la Plaza 25 de Mayo, a divertirse hostigando a los gatos. Al atardecer corría al Bar La Estrella, a merendar lo que le daban los dueños y la clientela.
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En La Estrella, le ocurrió un desagradable episodio cierta vez que un "chistoso", pasado de vinos, le pegó una patada. A su aullido de dolor replicó, Alberto Rulli (cantor y dibujante), increpando fieramente al agresor. Y atrás de Rulli, llegó Deolindo Bittel (el que fuera dos veces gobernador de la provincia), a quien hubo que frenar para que no la emprendiera a golpes. La trifulca se saldó con la expulsión del tipejo, y con Fernando comiendo maníes bajo una mesa.
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No obstante, fue en el Bar Japonés dónde vivió su más dura experiencia. Fernando habíase enamorado de una perrita del vecindario. Un día copularon quedándose abotonados en la puerta del bar. Los presentes los espantaban, y, al no conseguir que se desengancharan, alguien les arrojó agua hirviendo, que Fernando recibió de lleno en el lomo, en tanto otro le asestó una cuchillada en un costado.
Envuelto en sangre lo transportaron al Club Social, donde el doctor Reggiardo lo atendió de urgencia. Después, fue alojado en el Club Progreso. Lo cuidaron con dedicación y ternura. Cual respuesta a la cruel agresión, el amor de la gente hacia su perrito salió a la superficie: a toda hora niños y mayores se aproximaron al club, ansiosos de conocer la evolución curativa del animal. De este modo quedó bien claro, que tenía muchos amigos pero ningún dueño.
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Fernando volvió a callejear por la ciudad. No hubo evento artístico o social que no contara con su asistencia. Todo le atraía: fiestas, tertulias, conciertos, espectáculos, bailes populares, y él, sirviéndose de su don para hacerse querer, recalaba en cualquier reunión.
Con su presencia alegró bodas y cumpleaños, y fue motivo de orgullo para aquellos que lo recibían en sus casas.
En los velorios pasaba otro tanto; si asistía era un honor, pero si no aparecía derivaba en desdoro para el fallecido y sus familiares.
En las exposiciones pictóricas, los organizadores temblaban al verlo entrar. Si Fernando recorría la sala y luego se echaba en un rincón, todos contentos. Mas, si se marchaba, el pintor ya podía descolgar sus cuadros.
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ALGUNAS DE LAS ANÉCDOTAS QUE LO LLEVARON AL BRONCE
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En 1954 (y en un momento de alarma social, pues habíanse producido muertes de niños por mordeduras de perros), la vacuna antirrábica llegó al Chaco. Se estableció la obligatoriedad de vacunar a todos los canes. En la Municipalidad se llevó a cabo el cometido, y a la Municipalidad acudió Fernando sin que nadie lo llevara. Por propia voluntad dejó que el doctor Andreu lo inmunizara. Tal actitud, impropia en un animal, obtuvo su justo premio: le concedieron la patente número uno, y lo nombraron "Primer perro civilizado de Resistencia".
Sin embargo, la patente número uno ni el título de "Perro civilizado", lo libraron de un aciago incidente. Una mañana, los hombres de la perrera lo cazaron, y medio dormido lo introdujeron en la jaula del camión. Mas, la providencial intervención de Tatalo Dominguez (campeón chaqueño y argentino de boxeo) y de Moisés Zaín (promotor de espectáculos artísticos y deportivos) trastocó las cosas, porque además de reprender a los perreros, instaron a otras personas a unirse a la protesta. Se armó un alboroto. Hasta que una mano anónima abrió la puerta de la jaula. Entre los aplausos y las risas de la gente, Fernando, como un balazo se metió en el Sorocabana seguido por el resto de perros capturados.
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En el Bar La Estrella, una noche de invierno oíase una audición de tangos, que el bullicio y la humareda no invitaban a escuchar. O al menos eso pensó uno de los dueños del bar, ya que apagó la radio. Al instante retumbaron los ladridos de Fernando. Se hizo un breve silencio. Conectaron nuevamente el receptor. El perro se calló y se tumbó junto al mostrador a deleitarse con la música.
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Una mañana muy temprano, la Plaza 25 de Mayo tembló con los ladridos de Fernando. Los taxistas que estaban en la parada acudieron a ver qué ocurría, y encontraron un señor mayor tirado en el suelo. Uno de los taxistas, hábil en primeros auxilios, le practicó ejercicios de reanimación. Luego, en uno de los taxis llevaron al anciano al Hospital Perrando. A Fernando le impidieron el paso, mas él quedó merodeando. Los taxistas regresaron contentos; el señor, que había sufrido un infarto, se salvó.
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Aún se recuerda su "colaboración" con el Coro Polifónico de Resistencia (galardonado dos veces en certámenes internacionales en Italia: Arezzo-1968, y Pescara-1974). Ocurrió en el Teatro Sep. Iba a dar comienzo la función y Fernando subió al escenario. Miró uno a uno a los cantantes, y luego de agitar la cola ante la mítica directora, Yolanda de Elizondo, fue a tenderse al lado de la candileja. La señora de Elizondo captó el mensaje de anuencia e inició la actuación.
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Durante una representación teatral, y en el momento que la protagonista era acosada por un hombre-lobo, Fernando entró en escena y lamió la cara de la actriz, Delma Ricci, tal si le dijera:
-No tengás miedo, aquí estoy.
En ese punto concluyó la obra. El perrito conoció el aplauso.
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Cuenta el periodista y escritor chaqueño, Mempo Giardinelli:
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-El 57 o el 58, visitó Resistencia un famosísimo pianista polaco apellidado, Pederewsky, y ofreció un único concierto en el Teatro Sep, y por supuesto mis padres me llevaron. La sala estaba repleta, y Fernando se acomodó bajo el piano de cola (los organizadores siempre explicaban a los músicos visitantes de la ineludible presencia del cuzquito). Y a la vista de cientos de personas, se diría que Pederewsky y Fernando comenzaron el concierto. Nunca alvidaré la impresión de aquel público, cuando en medio de una sonata de Beethoven, Fernando se puso de pie alzando las orejas y soltó un gruñido. Pareció que el mundo se detenía, pero Pederewsku, todo un profesional, siguió como si nada. Hacia el final nuevamente el perrito sacudió las orejas y miró fijo al pianista, como diciéndole:
-Oiga, la está pifiando.
Entonces, Pederewsky, con europea elegancia, detuvo las manos, miró al perrito y le dijo en duro castellano:
-Tiene razón, equivoqué dos veces.
Hizo un da capo y repitió la sonata, que le salió perfecta. El concierto acabó con una ovación, un par de bis, y el discreto mutis de Fernando.
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(A la siguiente anécdota, mucho tiempo se la consideró otra versión de la anterior. Hasta que, Miguel Devoto -un marxista que en aquellos años se atrevía a decirlo-, lo aclaró pues él fue testigo presencial)
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-Un afamado violinista europeo, en tournée por el noreste del país, se presentó en el Teatro Sep. Fernando asentó su alba figura entre la primera fila y el escenario. El concertista tocaba con dulzura, y el perro, como buen melómano, disfrutaba con la música. De pronto abrió los ojos, levantó las orejas y lanzó un aullido. El músico había errado unas notas y el animal lo percibió. El hombre, contrariado, interrumpió la actuación, abandonó el escenario, y entre bambalinas exigió la inmediata evacuación del perro. La respuesta, muy a la chaqueña, fue tajante:
-Fernando sabe lo que hace -le dijo uno de los responsables.
-Así que, tocás bien o el que se va sos vos -agregó otro.
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Agonizaba la década del 50, y a fin de inaugurar unas obras visitó Resistencia el presidente del país, general Aramburu (militar golpista). En el Club Social se organizó un acto. Comparecieron el presidente y las autoridades provinciales. Aramburu ocupó la cabecera de la mesa, y a su derecha se sentó el gobernador. De repente, sobre el alfombrado apareció Fernando. Su irrupción provocó estupor, murmullos y risas. Entonces, ante la confusa mirada de Aramburu y su séquito, el gobernador se puso de pie, y tal si presentara un embajador en el Vaticano, dijo en voz alta:
-Señor presidente, el perro Fernando.
Fernando miró a todos y se retiró. Él no comulgaba con el poder.
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René Brusseau (prestigioso artista plástico) y Fernando, establecieron una agradable relación de amistad. Muchas veces el perro le hacía compañía en su estudio mientras él pintaba. Mas, una tarde del año 1956, Fernando salió a la calle poseído de una repentina urgencia. Sus ladridos y movimientos extrañaron a la gente. Comprendiendo que algo pasaba, varias personas entraron al estudio, y encontraron tirado en el suelo el cuerpo sin vida del pintor. Su mano izquierda aún sujetaba la paleta.
Se ignora cómo, pero Fernando supo que René iba a ser velado en el Fogón de los Arrieros. Cuando el vehículo fúnebre llegó con el cuerpo, el perro estaba esperando.
Pasó la noche junto al ataúd del amigo. Al otro día acompañó el cortejo. Tras el entierro, todos abandonaron el cementerio. Pero, Fernando no; él se quedó unas horas más.
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Los perros abrazan una vida breve, y Fernando no podía escapar a ese designio. La mañana del 28 de Mayo de 1963, Chacho Escalante (taxista amigo de artistas y bohemios), el que tantas veces lo llevó a los bailes donde actuaba, Fernando Ortiz, lo halló agonizando delante del Banco Español. A las pocas horas Fernando se marchaba de la vida, dejando su ejemplo de soledad y amistad. Al conocer su muerte, Resistencia se hundió en la tristeza. El amado perrito se había ido, aflorando en los pechos la más tiernas palpitaciones.Su funeral detuvo la ciudad. El pueblo, enternecido, lloraba su pérdida. Lo sepultaron en la puerta del Fogón de los Arrieros (institución de la que era socio de honor). Fue una ceremonia solemne. Una compacta multitud cubrió la calle, para darle un sentido adiós al perrito más querido. Algunos comercios bajaron sus persianas. Las viviendas vestían crespones en sus frentes. La Banda Municipal ejecutó una marcha fúnebre. Las campanas de la Catedral tocaron a muerto. Los poetas desgranaron versos por él. Los artistas, compungidos, se encerraron en el silencio. Después, la vida continuó. Fernando ya formaba parte de la historia de Resistencia.
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En su tumba, la gente del Fogón de los Arrieros puso una escultura y una placa recordatoria con esta leyenda:
"A Fernando, un perrito blanco que errando por las calles de la ciudad despertó en infinidad de corazones un hermoso sentimiento".
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A su vez, el escultor, Víctor Marchese, lo inmortalizó en una estatua de bronce (instalada en una esquina de la Casa de Gobierno). Al acto de inauguración acudió el gobernador de la provincia.
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Transcurrido un tiempo, Víctor Marchese explicó porqué la escultura está situada de espalda a la Casa de Gobierno:
-Fernando era un libertario. Nunca se sometió a ningún poder. Por eso nadie lo vio entrar a una iglesia ni a ninguna comisaría. Estar de espalda al poder refleja su verdadero espíritu.
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Al derivar en bronce, la BBC de Londres homenajeó a Fernando, emitiendo una crónica del periodista Arturo Barea.
Se publicó un libro: "Fernando, un perro de verdad", de Hugo Ditaranto, traducido al italiano, griego y ruso.
El notable cantaautor, Alberto Cortés, en su canción Callejero, lo hizo poesía y lo hizo música:
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Era un callejero con el sol a cuestas,
fiel a su destino y a su parecer.
Sin tener horario para hacer la siesta
ni rendirle cuentas al amanecer.
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También su historia se paseó en una pieza de títeres, por salas de Resistencia y escuelas de la provincia.
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Ahora se habla de llevar su vida al cine.
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En el diario La Capital, de Rosario, Mario Candioti escribió, El perro que se convirtió en el mito de un pueblo:
"La historia de Fernando, el inolvidable perro que se transformó en personaje popular, no puede dejar de ser contada. El 28 de Mayo de 1963 dio su último salto, su último ladrido, pero la ciudad lo evoca y lo nombra, al punto de conmemorar cada aniversario de su desaparición. Y a la distancia, es inevitable el recuerdo de Fernando Ortiz":
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-Cuando murió vinieron a mi casa a avisarme. Yo no quise asistir. Era un golpe demasiado grande para mí. Lo lloré mucho. Hasta los gatos de la Plaza San Martín, que Fernando acostumbraba perseguir, ese día lloraron por él.
Esa noche, con la calle ya desierta, fui a su tumba a explicarle mi ausencia. Volví a llorar. Creo que Fernando lloró conmigo. Está enterrado frente al Fogón de los Arrieros. Pienso que él también habría escogido ese sitio para descansar.
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En Resistencia (llamada "ciudad de las esculturas", por las casi quinientas esparcidas por sus calles, avenidas, plazas y parques), el perro Fernando posee dos estatuas esculpidas con la fuerza del amor: la de su sepultura en la vereda del Fogón de los Arrieros, y la más significativa delante de la Casa de Gobierno. En las dos, cada 28 de Mayo, aparecen ofrendas florales depositadas por manos anónimas.


Hoy, al viajero que nos visita, un gran cartel en la vía de acceso lo saluda con estas palabras:Bienvenido a Resistencia, la ciudad del perro FernandoEs el reconocimiento de todo un pueblo, a aquel perrito vagabundo que vivió con nosotros en los años 50 y comienzo de los 60, y que a todos supo robarnos el corazón.
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Ricardo Muñoz José
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Las fotos que ilustran el texto fueron tomadas de:
http://www.chaco.com.ar/ y de http://travel.webshots.com/

Reminiscencia elaborada con la historia y las imágenes tomadas de Internat.

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miércoles, 3 de septiembre de 2008

El preso, la prisa y la prosa



Se llama “Niño”. Su casa dorada se levanta a un metro del suelo. Canta de alegría en las mañanas y de tristeza en las tardes. Languidece en soledad hace un par de años. Es blanco y hermoso. Dos hilos grises lo recorren desde el hombro hasta la punta de sus alas. Igual que yo, es un prisionero. Si la libertad no significara su muerte ya lo habría liberado.
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Hoy salí al patio para saludarlo. Inmóvil frente a él, lo observaba con una mezcla de pesar y alegría. Quizás por mi quietud, el otro personaje de esta historia no percibió mi presencia. “Niño” se agitaba inquieto. Afiló su pico contra el travesaño y de tres saltitos recorrió su celda.
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De pronto, un soplo de libertad verde iridiscente que agitaba sus alas con velocidad se detuvo junto a nosotros. Minúsculo y burlón miró hacia la jaula con aire de conmiseración. Detrás de los barrotes, “Niño” leyó los caminos del colibrí en sus ojitos de botón y su alma de canario sonrió. El néctar resbalaba por el pico del recién llegado..
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En ese momento, el pajarillo me descubrió. Le hizo una venia a su amigo y se alejó con rapidez dejando un zumbido verde en el recuerdo. Por largo rato, los ojos del canario siguieron clavados en el firmamento. Luego, me miró.
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Sentí una profunda tristeza por él y por mí. Era tarde. Apenas tuve tiempo de ponerme mi traje a rayas blancas y negras y de ajustarme con firmeza los grilletes a los tobillos. Agarré mi maletín, me tomé una taza de café y salí a trabajar con la misma prisa petulante del colibrí.
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CARLOS EDUARDO VÁSQUEZ - Colombia
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Carlos Eduardo Vásquez, es también autor del relato "Un libro sobre mí mismo", que aparece en Linde5-Galería de Las Letras.

Mis dos perras


Bueno, al principio no eran mías.

Se supone que eran de mis hermanas que son quienes las querían. Ellas las iban a cuidar y a pasear, las iban a lavar y a peinar y atender y llevar al veterinario…, en fin, todo el trabajo que conlleva tener dos perras (las perras no mis hermanas). El caso es que se han echado novio (mis hermanas, no las perras) y ahora el que las cuida, las pasea, las atiende y las lleva al veterinario (a las perras no a mis hermanas) soy yo.

Son dos perras schnauzer enanas, pero que no lo oiga mi madre. Mi madre prefiere decir que son schnauzher miniatura; a ella le debe parecer menos ofensivo y políticamente correcto, como si las perras fueran a protestar por el insulto.

Mis perras se llaman Dana (por Dana Scully de Expediente X) y Elfa (por El Señor de los Anillos). Y son listísimas. Si, ya sé que todos los dueños de perros dicen que los suyos son los más listos del mundo; pero es que las mías lo son y, además, hablan. Incluso estuve pensando en mandarlas a la UAX (Universidad Alfonso X el Sabio) pero no me concedieron las becas.

Son madre e hija. Dana es la madre de Elfa. Y el caso es que Dana ya está mayor, apenas quiere andar la pobre. Cuando hace calor se queda espatarrada y pegada contra el suelo en una posición que parece una rana aplastada y no hay quien la mueva. Bueno, porque siempre fue un poco terca además. Jamás he conseguido que si ella va por un lado de una farola y yo con la correa por el otro se de la vuelta ella; siempre tengo que volver sobre mis pasos yo e ir por donde ella quiere.

El caso es que ahora no anda, ya digo. Se queda quieta y se pone a mirar hacia atrás como señalando algo; esperando, con la mirada cansada y perdida. Entonces es cuando se produce el milagro y mis perras hablan. Elfa se acerca a ella y le dice algo muy bajito al oído, algo que yo no he podido oír aún, pero me imagino que le dirá algo así como “venga, mamá, que te viene bien para tu reuma”, o alguna frase de ánimo parecida; pero entonces y sólo entonces, Dana, después de pensarlo un rato, reanuda la marcha y va, de mala gana, hasta el final del paseo.

Ahora estoy muy triste. Temo por ella y temo que se vuelva para mirar sintiendo que es la muerte la que tiene detrás, cada día un poco más cerca.
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THIAGO - Madrid, España
http://elblogquethiago.blogspot.com/
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Thiago, es también autor del relato "TA CO NA TA", que se puede leer en Linde5-Galería de Las Letras.

Ventanas gatunas


-Deseo tantas cosas, deseo que las sombras de los fantasmas ruidosos huyan lejos de mi campo de juego, que las piedras sirvan sólo para posarse mientras llueve en el patio del vecino. No sé, tantas veces he pensado que asomarme a la ventana fue la mejor idea, veía tanto adentro de la otra realidad. Tenía hambre. Tenía frío. Empezaba a llover nuevamente y yo debajo de una hoja roída. ¿Qué hacer? Nadie me mira, nadie sabe qué soy.
Mientras tanto la corriente subía en la zanja, yo no sabía nadar, casi me ahogo. Tenía hambre, y una rata alrededor estaba hambrienta también. Tenía que huir… Pero el agua… La cerca… La ventana. Decidí. Allá vooooy! Me enganché de la malla metálica cerca de donde estaban los "otros", sabía que no eran gatos, pero tenían comida. Tenía miedo de morir sola, lejos del hogar, donde sea que eso sea. Cualquier compañía o gesto de amor era bienvenido.
Un día decidí acercarme a la puerta, mientras una mujer tendía unos trapos. Por primera vez en días sentí calor y probé bocado. Dentro de la puerta había música, niños, comida, y una cama para mí. ¿Me estaban esperando? Tuve mi primer baño, un collar con mi nombre, vacunas, me cortaron las uñas y tengo todo un pequeño reino para mi. ¡Qué loca es la vida! ¡Cómo cambia la vida al mirar por la ventana!

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Cuatro meses han pasado desde que se asomó a la ventana y la adoptamos. Mota sigue con nosotros. Nos ha hecho tan felices! Mi madre contenta porque finalmente tiene una "nieta" con quien jugar, mis hermanitas porque tienen a quien corretear, a mi otra hermana porque le despierta el instinto maternal, y bueno, a mí, porque simplemente es el tipo de compañía que disfruto. Aún esta adaptándose a nuestro ambiente, aunque me imagino que se siente bien porque ronronea todo el tiempo. Ella ama su espacio y le gusta estar entre nosotros como una más del clan. A veces creo que nos habla porque cuando le decimos "¿quién es la gatita más linda de este mundo?", ella, de dramática, cierra los ojos y dice: miau.

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-"No ser nada para nadie es quizás la peor suerte que cualquiera puede pasar. Mucho peor cuando no se puede hablar"-

Quizás esas hubieran sido las palabras de Mota, mi gata, si un día de agosto no se hubiera puesto a llorar bajo un aguacero… Su llanto era más que eso, era como el eco del dolor nauseabundo y solitario que tantos pasan en la calle.
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Mar Alzamora - Ciudad de Panamá, Panamá.
http://zalemm.livejournal.com/
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Mar Alzamora, es también autora del poema "El día que no hubo noche", y del relato "Polvo cósmico", que aparecen en Linde5-galería de las letras.

La lección


- Papá, ¿en qué árbol crecen las balas ? -preguntó el hijo a su padre, un perro labrador experto en detección de explosivos del ejército inglés en Afganistán.
- No hijo, quién te metió esas ideas, las balas no crecen en los árboles -le explicaba el padre.
- Pero entonces como es que crecen, como se vuelven tan venenosas ? -vuelve a preguntar el perrito, de solo 10 meses de edad.
- ¿Venenosas ? No, las balas no son venenosas -le intenta explicar, tratando de disimular la gracia que le provocaban esas preguntas.
El padre, un perro ya adulto y con mas de 5 años de experiencia en el ejército intuía hacia donde quería llegar su hijo.
Hacía una semana el perro líder del escuadrón antibomba había muerto al ser alcanzado por una bala durante un fuego cruzado con supuestos terroristas. La muerte del líder del escuadrón había hecho ascender al padre del pequeño hasta el puesto de nuevo líder, algo que había esperado desde que entró a la fuerza, pero al parecer esto preocupaba a su pequeño hijo.
- Pero las balas matan papá, deben ser venenosas, además yo vi una el otro día, y parecen bellotas, deben ser de algún árbol -continuaba explicando su razonamiento el pequeño.
El padre decide explicar con mayor detenimiento y así terminar la conversación que ya se le estaba haciendo algo incomoda.
- Las balas no crecen en los árboles hijo mío, las balas las hace el hombre, él las fabrica con materiales que solo él sabe manejar, y tampoco son venenosas, las balas matan porque provocan mucho daño al entrar en el cuerpo.
El hijo miraba con ojos grandes, asombrado de su nuevo descubrimiento, pero era demasiado curioso como para detenerse en ese momento.
- Y para que usan las balas los hombres ? -volvió a preguntar el perrito.
- Para combatir a sus enemigos -replicó el padre-, por ejemplo en una guerra -agregó después.
- ¿Guerra? ¿Qué es la guerra ? -seguía preguntando el perrito.

El padre intentaba explicarle lo complicado que es la guerra, dándole una explicación lo suficientemente confusa como para que su hijo abriera los ojos tan grandes como podía y ya perdiera el control de su lengua que le colgaba de la boca abierta al máximo de sus posibilidades.

Luego de un rato de quedar así, el perrito comienza de nuevo.
- ¿Y por qué los hombres hacen guerras papá ?
- Hay muchas razones, pero sobre todo se inician cuando un grupo de hombres quieren algo que otros tienen -le responde ya cansado el padre.
- ¿Y por qué no lo piden prestado ? -pregunta inocentemente.
- Porque lo quieren sólo para ellos, no lo quieren devolver -responde rápidamente el padre.
- Pero eso esta mal papá, y además, ¿por qué lastiman a los que sí lo tienen?
- Porque los que lo tienen no siempre quieren entregarlo, puesto que saben que no lo van a ver más -responde el padre que cada vez se sentía mas raro al responder estas preguntas.

Y al fin el hijo hizo la pregunta que el padre esperaba:
-¿Y por que mataron al perro jefe de la brigada, si él no tenía nada?
- No lo querían matar a él, eso fue sin querer, él estaba con los amos, cuidándolos.
- Pe-pe-pero... ¿cómo qué sin querer? Si la guerra es con los amos, ¿por que le dispararon? - preguntaba con un nudo en la garganta el pequeño, los ojos comenzaban a achicarse y a empañarse por el llanto que aparecía.
- Es que los hombres cuando van a la guerra no piensan bien, y lo que comienza como avaricia pasa a ser odio, y luego no ven a donde disparan, sólo les importa disparar y hacer daño -el padre no podía creer lo que acababa de decir, cosas que siempre vio pero nunca las pensó de esa forma, su cabeza estaba más confusa que la de su hijo.
-¿Y a ti también te van a matar papá? -preguntó el pequeño perrito, ya sentado en sus patas traseras y con un par de lágrimas corriéndole en el hocico.
El padre tembló al escuchar esa pregunta de la boca de su hijo.
- No, por supuesto que no -respondió el padre para que su hijo se tranquilizara, pero por dentro el miedo lo recorría.
- Dejemos de hablar de eso -dijo por fin el padre intentando acomodarse, y llevó a su hijo a buscar algo de agua para lavarse la cara y luego ponerse a jugar, intentando olvidar la conversación.

Ese día ambos padre e hijo aprendieron algo, el hijo aprendió que las balas no crecen en los árboles ni son venenosas, y el padre aprendió que las balas crecen en los árboles de la avaricia que el hombre cultiva, y que el veneno del odio con el que las riega todos los días las hace tan mortales.
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WILSON CRUZ - Montevideo, Uruguay.
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La pintura que ilustra el texto es obra de:
Pescador: título "Pacchamamma".
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Wilson Cruz, es también autor del relato "La boda", que aparece en Lide5-Galería de Las Letras.
Pescador, participa de Linde5-Galería de Arte.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Caballos Falabella - Pcia. de Buenos Aires, Argentina.

Estos son los caballos más pequeños del mundo:
LOS CABALLOS FALABELLA
No, estás viendo bien. No son perros, son los caballos Falabella.

Es importante destacar, que los caballos Falabella no son ponis. Aun siendo de pequeñas dimensiones, conservan las mismas características (en proporción), hábitos y alimentación de los caballos normales.








































































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En algunos lugares se los ve paseando por las calles.

¿Cuál es más alto, el perro o el caballo?

Aquí lo tienes junto al caballo más alto del mundo.

Ya es conocido internacionalmente.

¿Será la mascota del futuro?


Establecimiento productor:

www.satlink.com/usuarios/j/jmgfall/esp_.htm

www.falabella.info/foto002.htm

www.falabella.info/visitas.htm

www.falabella.info/registro.htm

Un cuento taoista.


Un hombre se esforzaba cada día de administrar aceite de hígado de bacalao a su perro, porque le habían dicho que eso era bueno para los perros. Cada día sujetaba fuertemente entre las rodillas la cabeza del animal y, entre forcejeos, le obligaba a abrir la boca y a tragar una buena cucharada sopera de aquel remedio.

Un día el perro consiguió soltarse y el aceite fue a parar al suelo. Entonces, ante el asombro de su dueño, el perro lamió el aceite derramado con mucha tranquilidad y dio luego un par de golosos lengüetazos a la cuchara. Fue entonces cuando aquel hombre entendió que lo que el perro rechazaba no era el aceite, sino el modo de administrárselo.

Cuento taoista: "El perro, una parábola sobre la educación".